martes, 13 de julio de 2010
UNO U OTRO* - Segunda parte
*por J. Ventoso - Artículo publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico"
Transferencia salvaje
El acting-out es definido, en la orientación de Lacan, por su dirección hacia el Otro. Muestra aquello que no pudo ser articulado en la palabra; en este sentido, el acting-out es un llamado a la interpretación. Lo cual no implica que ella sea posible, que estén dadas las condiciones favorables; pero en tanto es portador de esa dirección hacia el Otro, puede ser definido como “transferencia salvaje”.
Por otra parte, si bien pone en juego el ser objetal, implica una salida de la elección del "no pienso". No es la identificación masiva y ciega al objeto de goce, como ocurre en el pasaje al acto, sino mostración de la verdad de ese objeto, y tentativa de reintroducirlo en una escena simbólica. En este sentido, es crucial distinguir la vertiente del pasaje al acto, la salida fuera de la escena (incluso en una vertiente suicida), del consumo bajo la modalidad del acting-out, cuando aún tiene posibilidades de ser traducido como un llamado.
Por otra parte, hay en esa mostración un acento cuestionador. Recordemos el ejemplo tomado por Lacan entre los casos de Freud: la joven homosexual, que se dedica a cortejar a una dama de dudosa reputación ante las narices mismas de su padre, despertando su ira, y haciendo que él la lleve a la consulta del analista. La elección de la homosexualidad era para esa muchacha un estandarte que esgrimía contra el padre, demasiado ciego para lo que está en juego en el amor.
El uso de drogas cumple muchas veces un papel similar. Tiene en común con la posición de la joven homosexual el ser una elección de goce que se aparta de la norma-lidad establecida por el Amo. Es la rebelión de la particularidad, contra las imposiciones de lo que debe ser para todos. Pero adquiere además un cariz "cínico": no cree en los semblantes -los ideales, las costumbres, las tradiciones, todos los artificios simbólicos, culturales y sociales que regulan la circulación y la distribución del goce en una comunidad. Vistos desde lo real de la satisfacción pulsional, corporal, son semblants (término francés que sólo muy aproximadamente puede ser traducido como "apariencias"), aunque son inherentes al funcionamiento del discurso, del lazo social.
El toxicómano, en su "cinismo", esgrime lo real del goce como argumento contra esos semblantes. Al modo del protagonista del film Trainspotting, los toma uno por uno: casarse, trabajar, tener hijos, ganar dinero, etcétera, y los interroga: “¿por qué tengo que hacerlo?” No es una posición basada en una crítica ideológica, sino en su goce: sabe que no es necesario hacer todo ese rodeo por el Otro para obtenerlo.
El goce es ante todo goce del Uno; el pasaje por el Otro, por las complicaciones del deseo y el amor, es un circuito secundario, sobreagregado. En esto, el toxicómano se parece al retrato que nos da Freud del alcohólico, quien se preguntaría: “¿por qué reemplazar a la botella por la mujer?” A tal pregunta, quizá sólo el recorrido de un análisis podría responder, pero de una forma invertida: “prefieres la botella porque La mujer no existe...” Es un modo de rechazar la elección de una mujer, que implica atravesar la castración, la inexistencia de una complementariedad ideal de los goces del varón y de la mujer.
El imperativo cínico de nuestros tiempos se articula así: la única verdad es el goce, como goce del Uno, y has de obtenerlo bajo la forma de un objeto del mercado. Si algo ocupa el sitio del Otro universal, es el mercado, cuyo mecanismo es fundamentalmente diferente de otras regulaciones simbólicas. De esa máxima, en el sentido kantiano del término, el toxicómano se hace portavoz. Pero él agrega un matiz, contrario a los designios del Amo moderno: el goce no podría ser capturado totalmente por lo universal del mercado; es preciso introducir una condición de segregación, para buscar eso que escapa, que se sustrae al imperativo del “para todos igual”. Por eso la propuesta de que la droga salga de esa condición segregativa, que su consumo sea legalizado -que se la pueda adquirir en el mercado como un producto más- es una falsa solución, pues permanece dentro de la misma lógica colectiva.
En semejante encrucijada, lo que golpea a los sujetos es la angustia de verse reducidos también ellos a objetos, especialmente cuando no hay coordenadas simbólicas que regulen la inserción en la producción y en el intercambio, incluida la elección del partenaire sexual. De ahí el momento crítico que es la adolescencia. El acting-out suele ser, en estos casos, un modo de mostrar esa verdad del objeto al que se ven reducidos, en tal "odioso cambalache", cuando fracasan los semblantes.
Al mismo tiempo, llaman a la puerta del Otro, encarnado por la familia o por otras instituciones; buscan hacerle falta. Puede ser una oportunidad, y no debemos desperdiciarla. La jugada es hacer lugar a ese llamado a la interpretación; pero no “interpretando” en el sentido vulgar que ha tomado ese término, sino leyéndolo como signo de un sujeto.
Transferencia salvaje
El acting-out es definido, en la orientación de Lacan, por su dirección hacia el Otro. Muestra aquello que no pudo ser articulado en la palabra; en este sentido, el acting-out es un llamado a la interpretación. Lo cual no implica que ella sea posible, que estén dadas las condiciones favorables; pero en tanto es portador de esa dirección hacia el Otro, puede ser definido como “transferencia salvaje”.
Por otra parte, si bien pone en juego el ser objetal, implica una salida de la elección del "no pienso". No es la identificación masiva y ciega al objeto de goce, como ocurre en el pasaje al acto, sino mostración de la verdad de ese objeto, y tentativa de reintroducirlo en una escena simbólica. En este sentido, es crucial distinguir la vertiente del pasaje al acto, la salida fuera de la escena (incluso en una vertiente suicida), del consumo bajo la modalidad del acting-out, cuando aún tiene posibilidades de ser traducido como un llamado.
Por otra parte, hay en esa mostración un acento cuestionador. Recordemos el ejemplo tomado por Lacan entre los casos de Freud: la joven homosexual, que se dedica a cortejar a una dama de dudosa reputación ante las narices mismas de su padre, despertando su ira, y haciendo que él la lleve a la consulta del analista. La elección de la homosexualidad era para esa muchacha un estandarte que esgrimía contra el padre, demasiado ciego para lo que está en juego en el amor.
El uso de drogas cumple muchas veces un papel similar. Tiene en común con la posición de la joven homosexual el ser una elección de goce que se aparta de la norma-lidad establecida por el Amo. Es la rebelión de la particularidad, contra las imposiciones de lo que debe ser para todos. Pero adquiere además un cariz "cínico": no cree en los semblantes -los ideales, las costumbres, las tradiciones, todos los artificios simbólicos, culturales y sociales que regulan la circulación y la distribución del goce en una comunidad. Vistos desde lo real de la satisfacción pulsional, corporal, son semblants (término francés que sólo muy aproximadamente puede ser traducido como "apariencias"), aunque son inherentes al funcionamiento del discurso, del lazo social.
El toxicómano, en su "cinismo", esgrime lo real del goce como argumento contra esos semblantes. Al modo del protagonista del film Trainspotting, los toma uno por uno: casarse, trabajar, tener hijos, ganar dinero, etcétera, y los interroga: “¿por qué tengo que hacerlo?” No es una posición basada en una crítica ideológica, sino en su goce: sabe que no es necesario hacer todo ese rodeo por el Otro para obtenerlo.
El goce es ante todo goce del Uno; el pasaje por el Otro, por las complicaciones del deseo y el amor, es un circuito secundario, sobreagregado. En esto, el toxicómano se parece al retrato que nos da Freud del alcohólico, quien se preguntaría: “¿por qué reemplazar a la botella por la mujer?” A tal pregunta, quizá sólo el recorrido de un análisis podría responder, pero de una forma invertida: “prefieres la botella porque La mujer no existe...” Es un modo de rechazar la elección de una mujer, que implica atravesar la castración, la inexistencia de una complementariedad ideal de los goces del varón y de la mujer.
El imperativo cínico de nuestros tiempos se articula así: la única verdad es el goce, como goce del Uno, y has de obtenerlo bajo la forma de un objeto del mercado. Si algo ocupa el sitio del Otro universal, es el mercado, cuyo mecanismo es fundamentalmente diferente de otras regulaciones simbólicas. De esa máxima, en el sentido kantiano del término, el toxicómano se hace portavoz. Pero él agrega un matiz, contrario a los designios del Amo moderno: el goce no podría ser capturado totalmente por lo universal del mercado; es preciso introducir una condición de segregación, para buscar eso que escapa, que se sustrae al imperativo del “para todos igual”. Por eso la propuesta de que la droga salga de esa condición segregativa, que su consumo sea legalizado -que se la pueda adquirir en el mercado como un producto más- es una falsa solución, pues permanece dentro de la misma lógica colectiva.
En semejante encrucijada, lo que golpea a los sujetos es la angustia de verse reducidos también ellos a objetos, especialmente cuando no hay coordenadas simbólicas que regulen la inserción en la producción y en el intercambio, incluida la elección del partenaire sexual. De ahí el momento crítico que es la adolescencia. El acting-out suele ser, en estos casos, un modo de mostrar esa verdad del objeto al que se ven reducidos, en tal "odioso cambalache", cuando fracasan los semblantes.
Al mismo tiempo, llaman a la puerta del Otro, encarnado por la familia o por otras instituciones; buscan hacerle falta. Puede ser una oportunidad, y no debemos desperdiciarla. La jugada es hacer lugar a ese llamado a la interpretación; pero no “interpretando” en el sentido vulgar que ha tomado ese término, sino leyéndolo como signo de un sujeto.
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"A-dicciones",
Psicoanálisis y psicoterapias
miércoles, 7 de julio de 2010
UNO U OTRO* - Primera parte
*`por J. Ventoso - Artículo publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico"
Las toxicomanías no son síntomas, al menos en su definición psicoanalítica: un significante enigmático, que representa al sujeto del inconsciente, y que -gracias al artificio de la transferencia- llama a un saber supuesto capaz de responder al enigma así surgido. A lo sumo, pueden ser "síntomas sociales", es decir, signos de lo que no funciona, de lo que se atraviesa en el camino, impidiendo que las cosas marchen al paso que marca el imperativo de la conformidad.
Desde el psicoanálisis, es preciso abordarlas, ante todo, como una satisfacción; esto es algo que sí tienen en común con el síntoma. Freud colocaba esa satisfacción libidinal propia de las toxicomanías bajo la rúbrica del autoerotismo. La masturbación sería su matriz primordial, origen y modelo de todas las demás adicciones (1, 2); es goce del Uno, que excluye al Otro como tal.
Siendo el Otro el lugar de la palabra -donde ésta es sancionada en sus efectos de verdad- y también el "tesoro del significante", el uso de drogas necesariamente interferirá con toda dialéctica que ponga en juego la verdad del sujeto. De ahí las dificultades para insertar al toxicómano en la función de la palabra y el campo del lenguaje, que definen la operación analítica.
Pero esta exclusión del Otro atañe en particular al Otro sexo. De ahí el nexo que Freud establecía con la masturbación, y que puede volver a ser verificado en nuestra práctica cotidiana. Es notorio que la masturbación es perfectamente compatible con la conservación de un vínculo libidinal en el fantasma; aquí debemos preguntarnos si el autoerotismo de esta práctica con las drogas se limita a ese plano, al refugio en lo imaginario, o si implica obtener una satisfacción real sin fantasma. El estricto uso de la sustancia para producir un efecto en el cuerpo, ¿está determinado por el inconsciente, e incluido en alguna escena fantasmática? A este interrogante es necesario responder de un modo no dogmático, desde el caso por caso.
No obstante, la especial dificultad que el uso de drogas implica para el análisis, el rechazo del inconsciente que acarrea, nos inclina a pensar en un autoerotismo "puro", sin fantasma. Esto supone un grado máximo de obturación de las preguntas que suscita la sexualidad. De un modo más radical, diremos que el recurso a estas sustancias permite esquivar el imposible que subyace, velado, en el encuentro de los sexos: la no-relación sexual, forma real de la castración.
Este es el beneficio primario de la toxicomanía, al que el sujeto no se muestra dispuesto a renunciar fácilmente. La sustancia tóxica funciona como tapón de una falla, de un agujero, el mismo al que se refería Freud al decir que hay una "rajadura" inherente a la pulsión sexual, que impide la satisfacción plena.
La neurosis nos enseña que en ese mismo lugar de falla, pueden surgir el síntoma, la inhibición, o la angustia. Y de esos huéspedes molestos puede emanar también la demanda de saber qué es lo que "eso" quiere decir. Al suturar esa hiancia con la apelación al tóxico, en el mismo movimiento se evacua la posibilidad de la pregunta. Es una opción, la de no querer saber nada de eso. Ante la elección forzada: O no pienso o no soy, el toxicómano se inclina por el "soy" que implica "yo no pienso"; es el pensamiento inconsciente el que así resulta rechazado, y el sujeto persevera entonces en su (falso) ser de goce.
Claro que esa ignorancia -auténtica "pasión del ser"- no es específica del uso de drogas. También está presente en el síntoma, al menos durante el tiempo en que no suscita una demanda de análisis. Pero el síntoma es solidario de la falla misma en la que se ha alojado, y por eso es una ignorancia fracasada; aversión, horror de saber, que sin embargo conserva ese saber como inconsciente. El retorno de lo reprimido puede plantear entonces su pregunta al sujeto, y llevarlo al análisis. No sucede lo mismo con las toxicomanías, que no suscitan una demanda de sentido.
El objeto-droga no es un significante que localice una pregunta; es, al contrario, una respuesta que antecede a la pregunta misma, impidiendo que se formule. Es por esta función de tapón de la falta en el Otro, que resulta tentador aproximar la droga al fetiche. Cuando esa función es exitosa, nos encontramos ante "verdaderos” toxicómanos, para quienes la droga es un partenaire satisfactorio y privilegiado, a la vez que pueden recurrir indistintamente a las múltiples sustancias que el mercado les ofrece (3). Con las drogas, logran paliar suficientemente la inexistencia de La mujer. Para tales sujetos parecen cerrarse las puertas que llevan a un psicoanálisis.
Otros casos, más favorables, son aquellos en los que el uso de la droga no realiza plenamente esa aportación de goce, sino que hay una brecha por la cual el sujeto puede aún ser sensible a las intimaciones del inconsciente. Dos coyunturas pueden resultar propicias para la intervención psicoanalítica: el acting-out y el síntoma.
Las toxicomanías no son síntomas, al menos en su definición psicoanalítica: un significante enigmático, que representa al sujeto del inconsciente, y que -gracias al artificio de la transferencia- llama a un saber supuesto capaz de responder al enigma así surgido. A lo sumo, pueden ser "síntomas sociales", es decir, signos de lo que no funciona, de lo que se atraviesa en el camino, impidiendo que las cosas marchen al paso que marca el imperativo de la conformidad.
Desde el psicoanálisis, es preciso abordarlas, ante todo, como una satisfacción; esto es algo que sí tienen en común con el síntoma. Freud colocaba esa satisfacción libidinal propia de las toxicomanías bajo la rúbrica del autoerotismo. La masturbación sería su matriz primordial, origen y modelo de todas las demás adicciones (1, 2); es goce del Uno, que excluye al Otro como tal.
Siendo el Otro el lugar de la palabra -donde ésta es sancionada en sus efectos de verdad- y también el "tesoro del significante", el uso de drogas necesariamente interferirá con toda dialéctica que ponga en juego la verdad del sujeto. De ahí las dificultades para insertar al toxicómano en la función de la palabra y el campo del lenguaje, que definen la operación analítica.
Pero esta exclusión del Otro atañe en particular al Otro sexo. De ahí el nexo que Freud establecía con la masturbación, y que puede volver a ser verificado en nuestra práctica cotidiana. Es notorio que la masturbación es perfectamente compatible con la conservación de un vínculo libidinal en el fantasma; aquí debemos preguntarnos si el autoerotismo de esta práctica con las drogas se limita a ese plano, al refugio en lo imaginario, o si implica obtener una satisfacción real sin fantasma. El estricto uso de la sustancia para producir un efecto en el cuerpo, ¿está determinado por el inconsciente, e incluido en alguna escena fantasmática? A este interrogante es necesario responder de un modo no dogmático, desde el caso por caso.
No obstante, la especial dificultad que el uso de drogas implica para el análisis, el rechazo del inconsciente que acarrea, nos inclina a pensar en un autoerotismo "puro", sin fantasma. Esto supone un grado máximo de obturación de las preguntas que suscita la sexualidad. De un modo más radical, diremos que el recurso a estas sustancias permite esquivar el imposible que subyace, velado, en el encuentro de los sexos: la no-relación sexual, forma real de la castración.
Este es el beneficio primario de la toxicomanía, al que el sujeto no se muestra dispuesto a renunciar fácilmente. La sustancia tóxica funciona como tapón de una falla, de un agujero, el mismo al que se refería Freud al decir que hay una "rajadura" inherente a la pulsión sexual, que impide la satisfacción plena.
La neurosis nos enseña que en ese mismo lugar de falla, pueden surgir el síntoma, la inhibición, o la angustia. Y de esos huéspedes molestos puede emanar también la demanda de saber qué es lo que "eso" quiere decir. Al suturar esa hiancia con la apelación al tóxico, en el mismo movimiento se evacua la posibilidad de la pregunta. Es una opción, la de no querer saber nada de eso. Ante la elección forzada: O no pienso o no soy, el toxicómano se inclina por el "soy" que implica "yo no pienso"; es el pensamiento inconsciente el que así resulta rechazado, y el sujeto persevera entonces en su (falso) ser de goce.
Claro que esa ignorancia -auténtica "pasión del ser"- no es específica del uso de drogas. También está presente en el síntoma, al menos durante el tiempo en que no suscita una demanda de análisis. Pero el síntoma es solidario de la falla misma en la que se ha alojado, y por eso es una ignorancia fracasada; aversión, horror de saber, que sin embargo conserva ese saber como inconsciente. El retorno de lo reprimido puede plantear entonces su pregunta al sujeto, y llevarlo al análisis. No sucede lo mismo con las toxicomanías, que no suscitan una demanda de sentido.
El objeto-droga no es un significante que localice una pregunta; es, al contrario, una respuesta que antecede a la pregunta misma, impidiendo que se formule. Es por esta función de tapón de la falta en el Otro, que resulta tentador aproximar la droga al fetiche. Cuando esa función es exitosa, nos encontramos ante "verdaderos” toxicómanos, para quienes la droga es un partenaire satisfactorio y privilegiado, a la vez que pueden recurrir indistintamente a las múltiples sustancias que el mercado les ofrece (3). Con las drogas, logran paliar suficientemente la inexistencia de La mujer. Para tales sujetos parecen cerrarse las puertas que llevan a un psicoanálisis.
Otros casos, más favorables, son aquellos en los que el uso de la droga no realiza plenamente esa aportación de goce, sino que hay una brecha por la cual el sujeto puede aún ser sensible a las intimaciones del inconsciente. Dos coyunturas pueden resultar propicias para la intervención psicoanalítica: el acting-out y el síntoma.
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"A-dicciones",
Psicoanálisis y psicoterapias
miércoles, 30 de junio de 2010
Efectos terapéuticos-Efectos analíticos* - Tercera parte
*Por Osvaldo L. Delgado (AME de la Escuela de la Orientación Lacaniana. Profesor Titular Regular de la Cátedra Psicoanálisis Freud I, Facultad de Psicología, UBA. Comisión de Maestría en Psicoanálisis, Facultad de Psicología, UBA. Profesor Titular de la Cátedra Práctica Profesional: "Hospital de Día y Problemáticas Clínicas Contemporáneas". Director del Programa de Actualización de Posgrado: "El lugar del analista y los efectos del discurso contemporáneo". )
Orden de razones
Freud, diferencia tajantemente al psicoanálisis, de toda práctica psicoterapéutica al final de su texto “Recordar, repetir y reelaborar”, asentándolo en la elaboración del quantum pulsional (lo que del goce no se articula en el significante). Verdadero núcleo de la Regla de Abstinencia.
Efecto terapéutico, efecto analítico; no refieren a un mismo campo epistémico. El primero, tiene como partenaire a la medicina o más ampliamente al campo “Psi”; el segundo, a la ética.
Un psicoanálisis es una experiencia ética, estar mal en el bien, “se sostiene en el saber hacer ahí con el síntoma, e implica un duelo por el Otro” (Aramburu).
Bien decir y bien estar no se intersectan.
El efecto analítico, implica una ruptura subversiva con la ética tradicional (estar bien en el bien como lo señala Epicúreo) y con la ética “conformista”, de estar mal en el mal (Kant, Sade).
Lacan lo señala, cuando ubica al Soberano bien situado en Das Ding.
La clínica de la no relación sexual, problematiza de un modo inédito el “efecto por añadidura”.
El límite freudiano, el impasse fálico; por su misma lógica permitía una posible articulación a partir de la referencia paterna.
El lado mujer de la fórmula de la sexuación, nombrando el agujero sin taponarlo, sitúa a “lo terapéutico” como un semblante epocal.
Ambos son “efectos”, pero no responden a una misma conceptualización de la “causa”, incluso nombran la diferencia causa- determinación con perspectivas que no se “ligan”.
“Terapéutico”, no es un concepto psicoanalítico. Es un significante que refiere al origen del Psicoanálisis, a su ubicación en las Ciencias de la Naturaleza, al desvío errático del postfreudismo, al debate actual con los intentos de reglamentación.
Refiere tanto a los ideales de la modernidad, como a la eficacia del pragmatismo neoliberal, con sentidos distintos.
Efecto terapéutico, es un desván donde hay de todo, una melange residual, tiene múltiples sentidos.
Efecto analítico, es una división del sujeto, como efecto de la puesta en función del deseo del analista. Esto, y sólo esto.
En “El lugar y el lazo”, Miller hace caer las categorías Psicoanálisis puro y Psicoanálisis aplicado, en tanto una refiere al pase y la otra al síntoma. Caen a partir del centramiento que realiza de la denominada ultima enseñanza de Lacan. La caída del orden del sentido y del punto de capitón, arrastra esta distinción, y según mi criterio, la de efectos terapéuticos. Categoría no psicoanalítica, que solo tiene un valor instrumental para el debate con el Otro social. No hay “relación sexual” entre unos efectos y los otros. Pretender hacerlo, nos lleva a múltiples “impasses”,ya que introducimos así, una versión moral del discurso del amo, y mas precisamente un residuo de la ciencia ,a la cual Lacan llama “fantasma”.
Bibliografía:
- Aramburu Javier. El deseo del analista. Editorial Tres Haches, Argentina, 1999.
- Miller J. A. Clínica psicoanalítica. “Psicoterapia – Psicoanálisis”. Instituto del Campo Freudiano, Madrid. 1995.
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Psicoanálisis y psicoterapias
miércoles, 23 de junio de 2010
Efectos terapéuticos-Efectos analíticos* - Segunda Parte
*Por Osvaldo L. Delgado (AME de la Escuela de la Orientación Lacaniana. Profesor Titular Regular de la Cátedra Psicoanálisis Freud I, Facultad de Psicología, UBA. Comisión de Maestría en Psicoanálisis, Facultad de Psicología, UBA. Profesor Titular de la Cátedra Práctica Profesional: "Hospital de Día y Problemáticas Clínicas Contemporáneas". Director del Programa de Actualización de Posgrado: "El lugar del analista y los efectos del discurso contemporáneo". )
En tanto psicoanalistas, cada inicio de análisis lo pensamos desde una concepción del final.
En algunos casos es posible esa conclusión, en otros nos retiramos en silencio y con todos los respetos como decía Freud, cuando el sujeto es feliz por vivir como nos enseña Lacan en sus conferencias en EE.UU.
Para el Otro social, la posición del sujeto es una enfermedad, para nosotros una “decisión inconciente que sigue una lógica ignorada. Descubrirla, permite al deseo liberarse para hallar otras opciones” (Rosa Masip Arcilaga).
Nos inmiscuimos por ese “demasiado trabajo” que se dan los sujetos para la satisfacción pulsional. Ya que nadie enferma por una fijación pulsional, en sentido freudiano, sino cuando se ve constreñido a abandonarla.
Más allá de lo que demande el Otro social; si es privado, el restablecimiento del consumidor; si es estatal, el aseguramiento de un derecho del ciudadano; y más allá de hacer por parte de un analista, un Ideal del fin del análisis, podemos pensar los efectos terapéuticos en relación a lo que afirma Miller: “En un caso afloja las identificaciones ideales cuyas exigencias asedian a un sujeto. En el caso en el que el yo es débil, extrae de los dichos de un sujeto con que consolidar una organización viable. Si el sentido está bloqueado, lo articula, lo hace fluido, lo introduce en una dialéctica. Si el sentido se desliza sin detenerse en ninguna significación sustancial, instala puntos de detención, puntos de capitón, como decimos a veces, que darán al sujeto un armazón de sostén”.
Podría agregar, una operación sobre el Ideal que le exige gozar como se debe, y no como lo hace mediante, parafraseando a Aramburu, de su diferencia limitada, su síntoma.
“Los modos de contracción de neurosis” de Freud nos enseña esto cabalmente.
Pensar los efectos terapéuticos es un modo de no autosegregarnos, de hacer valer la eficacia de nuestro saber hacer en el mundo, y de horadar el Ideal del fin del análisis como un a priori de máxima pureza, que también puede llevar a lo peor. Cuando Freud anuncia el mezclar el oro con el cobre, o cuando habla de la psicoterapia para el pueblo, no se refiere a ninguna capitulación de los principios, ni a ninguna degradación en el rigor de la práctica clínica, sino que, a mi entender, está afirmando que no todos son “candidatos”, que no para todos somos “didactas”, que no en todos, está en juego el advenimiento de un nuevo analista.
Una única interpretación puede tener efectos para la vida de un sujeto (una interpretación inolvidable, según E. Laurent), la caída de un significante amo que sostenía un campo de significación anudando un goce, la resolución de la angustia como único modo de anudamiento, la superación de una inhibición, un desplazamiento sintomático, una sintomatización, la elaboración de un saber en el lugar de la verdad que pueda impedir la inminencia de un pasaje al acto, la elaboración de un proceso de duelo, una determinada posición de un analista ante un decir psicótico que crea condiciones para una estabilización, etc.; podemos leerlos como efectos terapéuticos, cuestiones posibles incluso en un breve lapso de tratamiento.
El Otro social no demanda efectos analíticos. sí efectos terapéuticos. Podemos demostrar que nuestro saber hacer que incluye el deseo, al sujeto, es de eficacia superior a otros abordajes clínicos.
Esto no degrada nuestros principios, sino que por el contrario hace valer nuestra ética en el mundo.
Desde nuestra perspectiva, en la medida en que el efecto analítico da cuenta de una operación respecto al goce y una ganancia en el plano del deseo, su resultado es terapéutico, aunque conlleve por un momento la presentificación contingente de un monto de angustia que le es inherente.
En tanto psicoanalistas, cada inicio de análisis lo pensamos desde una concepción del final.
En algunos casos es posible esa conclusión, en otros nos retiramos en silencio y con todos los respetos como decía Freud, cuando el sujeto es feliz por vivir como nos enseña Lacan en sus conferencias en EE.UU.
Para el Otro social, la posición del sujeto es una enfermedad, para nosotros una “decisión inconciente que sigue una lógica ignorada. Descubrirla, permite al deseo liberarse para hallar otras opciones” (Rosa Masip Arcilaga).
Nos inmiscuimos por ese “demasiado trabajo” que se dan los sujetos para la satisfacción pulsional. Ya que nadie enferma por una fijación pulsional, en sentido freudiano, sino cuando se ve constreñido a abandonarla.
Más allá de lo que demande el Otro social; si es privado, el restablecimiento del consumidor; si es estatal, el aseguramiento de un derecho del ciudadano; y más allá de hacer por parte de un analista, un Ideal del fin del análisis, podemos pensar los efectos terapéuticos en relación a lo que afirma Miller: “En un caso afloja las identificaciones ideales cuyas exigencias asedian a un sujeto. En el caso en el que el yo es débil, extrae de los dichos de un sujeto con que consolidar una organización viable. Si el sentido está bloqueado, lo articula, lo hace fluido, lo introduce en una dialéctica. Si el sentido se desliza sin detenerse en ninguna significación sustancial, instala puntos de detención, puntos de capitón, como decimos a veces, que darán al sujeto un armazón de sostén”.
Podría agregar, una operación sobre el Ideal que le exige gozar como se debe, y no como lo hace mediante, parafraseando a Aramburu, de su diferencia limitada, su síntoma.
“Los modos de contracción de neurosis” de Freud nos enseña esto cabalmente.
Pensar los efectos terapéuticos es un modo de no autosegregarnos, de hacer valer la eficacia de nuestro saber hacer en el mundo, y de horadar el Ideal del fin del análisis como un a priori de máxima pureza, que también puede llevar a lo peor. Cuando Freud anuncia el mezclar el oro con el cobre, o cuando habla de la psicoterapia para el pueblo, no se refiere a ninguna capitulación de los principios, ni a ninguna degradación en el rigor de la práctica clínica, sino que, a mi entender, está afirmando que no todos son “candidatos”, que no para todos somos “didactas”, que no en todos, está en juego el advenimiento de un nuevo analista.
Una única interpretación puede tener efectos para la vida de un sujeto (una interpretación inolvidable, según E. Laurent), la caída de un significante amo que sostenía un campo de significación anudando un goce, la resolución de la angustia como único modo de anudamiento, la superación de una inhibición, un desplazamiento sintomático, una sintomatización, la elaboración de un saber en el lugar de la verdad que pueda impedir la inminencia de un pasaje al acto, la elaboración de un proceso de duelo, una determinada posición de un analista ante un decir psicótico que crea condiciones para una estabilización, etc.; podemos leerlos como efectos terapéuticos, cuestiones posibles incluso en un breve lapso de tratamiento.
El Otro social no demanda efectos analíticos. sí efectos terapéuticos. Podemos demostrar que nuestro saber hacer que incluye el deseo, al sujeto, es de eficacia superior a otros abordajes clínicos.
Esto no degrada nuestros principios, sino que por el contrario hace valer nuestra ética en el mundo.
Desde nuestra perspectiva, en la medida en que el efecto analítico da cuenta de una operación respecto al goce y una ganancia en el plano del deseo, su resultado es terapéutico, aunque conlleve por un momento la presentificación contingente de un monto de angustia que le es inherente.
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Psicoanálisis y psicoterapias
miércoles, 16 de junio de 2010
Efectos terapéuticos-Efectos analíticos* - Primera Parte
*Por Osvaldo L. Delgado (AME de la Escuela de la Orientación Lacaniana. Profesor Titular Regular de la Cátedra Psicoanálisis Freud I, Facultad de Psicología, UBA. Comisión de Maestría en Psicoanálisis, Facultad de Psicología, UBA. Profesor Titular de la Cátedra Práctica Profesional: "Hospital de Día y Problemáticas Clínicas Contemporáneas". Director del Programa de Actualización de Posgrado: "El lugar del analista y los efectos del discurso contemporáneo". )
Estado del Problema
Efectos terapéuticos, refieren al alivio y/o desaparición de un padecimiento del cuerpo y/o del pensamiento.
Desde cierta perspectiva su inscripción refiere a la salud pública y dentro de ella a la salud mental.
Es algo que requiere el Estado, el cuerpo social, los órganos públicos como un bien para el ciudadano, o una mercancía según las empresas privadas.
Queda articulado a la serie del “arte de curar”.
Es lo que estos estamentos (públicos o privados) le exigen como eficacia, a los así llamados agentes de salud.
Para estos estamentos, los efectos analíticos no existen. No sólo que no tienen ningún valor ni importancia, sino que radicalmente no existen.
La eficacia del saber hacer, refiere únicamente a la dimensión terapéutica. El reconocimiento de autoridad profesional, se sostiene en el eje: éxito o fracaso terapéutico.
Efectos analíticos, refiere a una modificación en la relación de un sujeto con sus dichos, el sostenimiento de un espacio entre los enunciados y la posición de enunciación. Claramente una experiencia del inconciente.
Su orientación, es ese forzamiento que implica el deseo de saber y no aporta ningún bienestar.
Por lo tanto, así como Miller afirma, que “el psicoanálisis no puede estar al servicio de ninguna finalidad superior a la operación analítica misma” y “solo puede estar al servicio del deseo del analista”; podemos sostener la contraria: para los órganos públicos y/o privados de salud mental no hay ninguna finalidad superior a la eficacia psicoterapéutica misma.
Para estos órganos el comentario de Freud en el cap. IV del Esquema del Psicoanálisis que dice: “los resultados curativos producidos bajo el imperio de la transferencia positiva están bajo sospecha de ser de naturaleza sugestiva”, no tiene ninguna importancia. Para nosotros ,esto implica un debate clínico, epistémico y político.
Estado del Problema
Efectos terapéuticos, refieren al alivio y/o desaparición de un padecimiento del cuerpo y/o del pensamiento.
Desde cierta perspectiva su inscripción refiere a la salud pública y dentro de ella a la salud mental.
Es algo que requiere el Estado, el cuerpo social, los órganos públicos como un bien para el ciudadano, o una mercancía según las empresas privadas.
Queda articulado a la serie del “arte de curar”.
Es lo que estos estamentos (públicos o privados) le exigen como eficacia, a los así llamados agentes de salud.
Para estos estamentos, los efectos analíticos no existen. No sólo que no tienen ningún valor ni importancia, sino que radicalmente no existen.
La eficacia del saber hacer, refiere únicamente a la dimensión terapéutica. El reconocimiento de autoridad profesional, se sostiene en el eje: éxito o fracaso terapéutico.
Efectos analíticos, refiere a una modificación en la relación de un sujeto con sus dichos, el sostenimiento de un espacio entre los enunciados y la posición de enunciación. Claramente una experiencia del inconciente.
Su orientación, es ese forzamiento que implica el deseo de saber y no aporta ningún bienestar.
Por lo tanto, así como Miller afirma, que “el psicoanálisis no puede estar al servicio de ninguna finalidad superior a la operación analítica misma” y “solo puede estar al servicio del deseo del analista”; podemos sostener la contraria: para los órganos públicos y/o privados de salud mental no hay ninguna finalidad superior a la eficacia psicoterapéutica misma.
Para estos órganos el comentario de Freud en el cap. IV del Esquema del Psicoanálisis que dice: “los resultados curativos producidos bajo el imperio de la transferencia positiva están bajo sospecha de ser de naturaleza sugestiva”, no tiene ninguna importancia. Para nosotros ,esto implica un debate clínico, epistémico y político.
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Psicoanálisis y psicoterapias
miércoles, 9 de junio de 2010
OBESIDAD: UNA MODALIDAD DE GOCE AUTISTA* - Quinta parte
* Trabajo presentado en el "I Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología, XVI Jornadas de Invesigación, Quinto encuentro de invesigadores de Mercosur " (2009) por Alicia Donghi, Osvaldo Rodríguez, Edit Tendlarz, Ana M. Oldecop, María Belén Silva, Ezequiel Weitzman.
• La caída del goce autista: el desierto del deseo.
Vemos en la obesidad una captura narcisística que produce un “mal-estar” en silencio. Podríamos pensar entonces que para este sujeto, la obesidad ya no se trata sólo del comer. Hay algo del Ser jugado en este objeto, en tanto esa nada es algo para él. El objeto adquiere el estatuto de gadget: estos se los debemos al discurso de la ciencia y su característica central es que uno se queda pegado a ellos. (Rabinovich, 2003: 25) Desde esta perspectiva vemos que se trata de todo lo contrario al don, que significa la reunión de la comunidad donde lo que prima es el intercambio social; su contracara estaría representada por el intercambio tecnológico como gadgets que permiten al sujeto mantenerse en un goce autista y auterótico que paralelamente lo obligan a masificarse como individuo. (Rabinovich, 2003: 25) Recordemos en este punto que es el cuerpo el que hoy por hoy “rompe el silencio”. Si la histérica rompía el discurso científico médico de principios de siglo XIX, son los trastornos alimenticios -en este caso particular, la obesidad- lo que rompe con la necesidad humana de quebrar el silencio. Una vez producida la pérdida hay algo que se muestra solo, en tanto, parafraseando a Lacan, el menú ya no es ordenado.
Ya Freud había reconocido en su obra temprana que una de las reacciones propensas frente a los ataques de angustia eran los atracones. (Freud, 1895 [1894]: 95) Hoy por hoy, no hay discurso sobre esto, ya que por un lado los seres humanos nos masificamos y por el otro nos sumergimos en un goce autista: el intercambio tecnológico ha suplido al intercambio social. De esta manera, cualquier tipo de intervención en este nivel puede llevar a que “si el núcleo real del yo le brinda su coherencia, tocar este a implica condenar al sujeto a su contrapartida: el goce (...) como perdido, es decir, el no-goce, el desamparo y la soledad.” (Rabinovich, 2003: 27)
Notas:
(1) Estudio publicado en The New England Journal of Medicine realizado por Nicholas Christakis de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard y James Fowler, de la Universidad de California en San Diego.
(2) Dicho de una paciente de un Hospital Público de la Provincia de Buenos Aires, en el conurbano.
(3) Dicho de un paciente en un grupo de “mantenimiento” de una clínica de adelgazamiento.
(4) ahíto: aplícase al que padece alguna indigestión o empacho/ saciado, harto. Utilizado también en sentido figurativo: rendirse en una disputa ante los argumentos del contrario.
(5) die Abfuhr: descarga, canalización, evacuación.
(6) La gran comilona, de Marco Ferreri, 1973, Francia
Bibliografía:
• Freud, Sigmund, Obras completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1998
• Freud, Sigmund, (1926 [1925]), “Inhibición, síntoma y angustia”, Obras completas , t. XX, Amorrortu, Buenos Aires, 1998.
• Freud, Sigmund, (1895 [1894]), “Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de neurosis de angustia”, en Obras completas , t. III, Amorrortu, Buenos Aires, 1999.
• Freud, Sigmund, (1895), “Proyecto de psicología”, en Obras completas, t. I, Amorrortu, Buenos Aires, 1998.
• Freud, Sigmund, Gesammelte Werke, Fischer-Verlag, Frankfurt am Main, 1999.
• Lacan, Jacques, (16/02/1966), “Psicoanálisis y medicina”, en Intervenciones y textos I, Buenos Aires, Manantial, 1999.
• Lacan, Jacques, ” (1936) “Más allá del principio de realidad”, en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI, 1988, p.78
• Lacan, Jacques, (1959- 1960), El seminario: La ética del psicoanálisis, Libro VII, Buenos Aires, Paidós, 2007.
• Lacan, Jacques, (1962- 1963), El seminario: La angustia, Libro X, Buenos Aires, Paidós, 2007.
• Lacan, Jacques, (1964), El seminario: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Libro XI Buenos Aires, Paidós, 2001.
• Lacan, Jacques, (1975- 1976), El seminario: El sinthome, Libro XXIII, Buenos Aires, Paidós, 2008.
• Diccionario de la lengua española, Madrid, Espasa Calpe, 1992.
• Slaby, Grossmann, Illig, Wörterbuch der spanischen und deutschen Sprache in zwei Bänden,”Deutsch- spanisch”, t.II, Wiesbaden, Brandstetter-Verlag, 1989.
• Duden, Deutsches Universalwörterbuch A-Z, Mannheim/ Leipzig/ Wien/ Zürich, Dudenverlag, 1996.
• Rabinovich, D.S., Una clínica de la pulsión: Las impulsiones, Manantial, Buenos Aires, 2003.
• http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=928911
• http://www.med.uchile.cl/apuntes/archivos/2004/medicina/apunte_obesidad03.pdf
• http://www.amazings.com/ciencia/noticias/230807a.html
• http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-88943-2007-07-31.html
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Obesidad
miércoles, 2 de junio de 2010
OBESIDAD: UNA MODALIDAD DE GOCE AUTISTA* - Cuarta parte
* Trabajo presentado en el "I Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología, XVI Jornadas de Invesigación, Quinto encuentro de invesigadores de Mercosur " (2009) por Alicia Donghi, Osvaldo Rodríguez, Edit Tendlarz, Ana M. Oldecop, María Belén Silva, Ezequiel Weitzman
• "Ser el gordito": De la respuesta estereotipada a la vacilación subjetiva.
Entonces, ser el gordito representaba un recurso para que la descarga, Abfuhr (5), se produjera en el nivel del impedimento en tanto el obeso no puede dejar de comer, pero a su vez ha caído en la trampa de la captura narcisística denunciando un objeto oral en su fijeza. Si bien hay algo de la retroactividad en juego, solamente podemos sostener que con la caída, el “no-ser”, hay algo que piensa en “¿Qué me quiere el otro?” y se produce la angustia. La detumescencia, la discontinuidad se denuncia en cuanto que el objeto a es algo que el sujeto, para constituirse, separó como órgano. De esta manera ahí donde este objeto aparece, lo hace como símbolo de una falta, en tanto contrapuesto al falo. Podríamos pensar que cuando cae este objeto oral, lo que se muestra es la nada que representa o, como lo plantea Lacan, que el sujeto se destetó de algo que ya no es nada para él. (Lacan, 1964: 110).
Podemos decir entonces que lo que se muestra continúa concerniendo a la pulsión oral en tanto erogeneidad de la boca (Lacan, 1962-1963: 78). Nos encontramos desplazándonos sobre un eje que aumenta en dificultad. El impedimento -señala Lacan- ya es del orden del síntoma. (Lacan, 1962-1963: 18) En este sentido, no se trata de función sino de lo que pasa en el sujeto a nivel de la angustia. De esta manera, se trataría de la relación entre ésta y el objeto. Es aquí donde se comprobaría que la dificultad aumenta provocando la vacilación del sujeto (Lacan, 1964: 33) en tanto Uno ilusorio; ya no se responde con el mismo acto: comer, comer, comer hasta reventar (6). La vacilación, expresada en la frase “Ya no soy el gordito pelotudo de antes”, parece demostrar que a partir de la discontinuidad hace irrupción el inconsciente; es a partir de ella que se devela lo inconsciente como fenómeno del inconsciente: la vacilación subjetiva. (Lacan, 1964: 33) No sólo remite al inconsciente como aquello que el mismo Lacan caracteriza como la boludez (Lacan, 1975- 1976: 109); en palabras del paciente, su propio “ser pelotudo”, se trataría de un real.
• "Ser el gordito": De la respuesta estereotipada a la vacilación subjetiva.
Entonces, ser el gordito representaba un recurso para que la descarga, Abfuhr (5), se produjera en el nivel del impedimento en tanto el obeso no puede dejar de comer, pero a su vez ha caído en la trampa de la captura narcisística denunciando un objeto oral en su fijeza. Si bien hay algo de la retroactividad en juego, solamente podemos sostener que con la caída, el “no-ser”, hay algo que piensa en “¿Qué me quiere el otro?” y se produce la angustia. La detumescencia, la discontinuidad se denuncia en cuanto que el objeto a es algo que el sujeto, para constituirse, separó como órgano. De esta manera ahí donde este objeto aparece, lo hace como símbolo de una falta, en tanto contrapuesto al falo. Podríamos pensar que cuando cae este objeto oral, lo que se muestra es la nada que representa o, como lo plantea Lacan, que el sujeto se destetó de algo que ya no es nada para él. (Lacan, 1964: 110).
Podemos decir entonces que lo que se muestra continúa concerniendo a la pulsión oral en tanto erogeneidad de la boca (Lacan, 1962-1963: 78). Nos encontramos desplazándonos sobre un eje que aumenta en dificultad. El impedimento -señala Lacan- ya es del orden del síntoma. (Lacan, 1962-1963: 18) En este sentido, no se trata de función sino de lo que pasa en el sujeto a nivel de la angustia. De esta manera, se trataría de la relación entre ésta y el objeto. Es aquí donde se comprobaría que la dificultad aumenta provocando la vacilación del sujeto (Lacan, 1964: 33) en tanto Uno ilusorio; ya no se responde con el mismo acto: comer, comer, comer hasta reventar (6). La vacilación, expresada en la frase “Ya no soy el gordito pelotudo de antes”, parece demostrar que a partir de la discontinuidad hace irrupción el inconsciente; es a partir de ella que se devela lo inconsciente como fenómeno del inconsciente: la vacilación subjetiva. (Lacan, 1964: 33) No sólo remite al inconsciente como aquello que el mismo Lacan caracteriza como la boludez (Lacan, 1975- 1976: 109); en palabras del paciente, su propio “ser pelotudo”, se trataría de un real.
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