"Belle de Jour" de Luis Buñuel (1967)

jueves 4 de febrero de 2010

BELLE de JOUR - Primera Parte

por  Olga G. de Molina ( Miembro de la AMP )

Y en un vaso, olvidada se desmaya una flor.



Rubén Darío

Abordar la anorexia como uno de los modos de la relación de un sujeto con su síntoma nos permite ubicar el concepto de partenaire-síntoma para situarlo en particular en la posición femenina. J. A. Miller señala(1) que la pareja síntoma del parletre femenino toma la forma de la erotomanía, es decir que su dilema es resolver la cuestión del amor, más precisamente la palabra de amor. Mientras que la pareja síntoma del hombre toma la forma del fetiche.

A partir de la construcción lógica de la sexuación que desarrolla Lacan, se demuestra que la posición femenina está orientada a lo ilimitado del goce, y si bien no trabajaremos aquí la formulación lógica que lo define, podemos encaminarnos a sostener que esa condición de lo ilimitado del goce, en el que el Todo no hace Uno, tiene influencia sobre la frecuencia de la anorexia en el parletre en posición femenina.

La demanda de amor está en consonancia con la posición del parletre frente al goce, demanda infinita factible de retornar bajo la forma del estrago cuando el partenaire del amor no responde a lo imposible de esa demanda.

Es entonces que la demanda de amor se dirige al sujeto mismo, a la vez sujeto y objeto en una relación que Freud trata en “Enamoramiento e hipnosis”(2), escrito en el que denota que cuando el objeto “ha ocupado el lugar del ideal del yo”, se produce ese fenómeno que se diferencia del enamoramiento para pasar a la hipnosis, punto en el que el sujeto no es ya reconocido como tal.

Es el punto en el que la demanda de amor retorna bajo la forma de un goce que recicla y repite la relación narcisista en la que el amor se dirige a una imagen de sí que olvida el propio cuerpo.

Disociación entonces entre imagen de sí y cuerpo propio, falla en la constitución de lo imaginario que se refleja en un cuerpo en el que no se registra la necesidad, un cuerpo que es el negativo de la biología, mientras que la imagen de sí revela y focaliza como posible un ideal femenino inscripto como tal.

La imagen del cuerpo se organiza entonces al modo de un cuadro que se enmarca para ser visto despojado de lo vivo, viviendo; latiendo, como testigo mudo, sin palabras ,casi sin aliento, testimoniando de ese modo que aquello que podría alimentarlo ya no tiene importancia, solo toma cuerpo esa mostración extrema de la desvitalización más cruel.

La ciencia llega en su auxilio construyendo el escenario adecuado para montar el espectáculo de la sombra de la caballería que solía salvarnos en las películas en las que “los malos” eran siempre los indios; ahora son “los medios”, “la moda”, los artilugios de la estética cirugía que nos devuelve rostros alargados, labios tirantes, cuerpos esculturales, mientras “Ella” haciendo su propia cirugía, resiste el embate de lo vivo y persiste en la creencia de un cuerpo que no es, persiguiendo la imagen del cuerpo que espera ser.

“¡Diagnostiquemos!”, “¡Clasifiquemos!”, es la consigna de la cultura en el intento de resolver aquello mismo que su operatoria produce. No están solas nuestras anoréxicas de la vida, se acompañan de otros sujetos muertos, de pánico, según la manera actual de nombrar la angustia. O bien pueden estar acompañadas de nuestros adictos… a todo… cualquier gadget cumple el objetivo de producir por un instante la ilusoria felicidad de un sujeto libre de angustia.

Las neurociencias aportan lo suyo; convencidos de que el misterio de la vida se esconde detrás de los neurotransmisores, su terapéutica, en consecuencia, sigue la línea del desajuste biológico como responsable de la sintomatología que aqueja al hombre del Malestar en la cultura. Siempre es bienvenido el recuerdo del ilustre maestro que se animó a pensar a contrapelo de su época.

Podríamos perdernos en un enfoque sociológico que no alcanza más que para comprender el problema desde los diferentes ángulos en que se presenta, para hacer valer una terapéutica como la psicoanalítica que aporta una clínica orientada al sujeto en su peculiar modo de padecer el síntoma.

(Artículo publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")

"Adelina" por Gustavo Dessal*


*Nacido en la Argentina, reside en Madrid desde 1982, donde ejerce una práctica analítica privada. Es AME de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y coordinador del Nuevo Centro de Estudios de Psicoanálisis del Instituto del Campo Freudiano. Ha publicado más de un centenar de articulos en España, Inglaterra, Francia, Argentina y Brasil.)




Todas las tardes del verano, cuando el suplicio del sol aflojaba un poco, a Adelina la sacaban de paseo. Primero asomaba la cabeza, luego parpadeaba unos instantes con sus ojillos miopes de alfiler, y por fin, asida a la cansada mano de su madre, se aventuraba fuera. El médico había dicho que Adelina tenía que moverse un poco, porque últimamente estaba engordando demasiado, y de seguir así sus músculos acabarían por atrofiarse.
A Adelina nunca le gustó caminar. En la niñez había tardado mucho hasta aprender a ponerse de pie, tanto que sus padres llegaron a pensar que no lograría andar, una desgracia más para añadir a la larga lista de defectos con los que Adelina llegó al mundo. Pero al fin, cuando estaba por cumplir los cinco años y tenía ya su definitiva cara de vieja, sorprendió a todos echándose a caminar, terca y torpe como lo era para todo.
Sordomuda, con los años aprendió a hacerse entender algo a través de unos extraños sonidos que arrancaba de su garganta, y cuando no la comprendían, o cuando se enfadaba por alguna contrariedad, cosa que sucedía con bastante frecuencia, soltaba unos lloros y unos alaridos que daban miedo, como si la estuvieran descuartizando viva. Sus padres, aplastados por todos esos problemas que jamás pudieron asumir, albergaron la atroz e inconfesable esperanza de que Adelina no viviría mucho tiempo. Pero el tiempo los defraudó, porque Adelina creció fuerte y vigorosa, aunque nunca dejó de hacerse caca encima, ni de caminar como un pato, ni de chillar como una posesa en la mitad de la noche. Era un trozo de materia bruta, informe y puro, en el que casi ninguna marca humana se había escrito, sin otra ley que la primitiva y ciega naturaleza del cuerpo vivo.
En invierno era aún más difícil convencerla para que saliese. La lluvia le infundía pavor, no se dejaba vestir, se quitaba el abrigo a cada rato, y había que sacarla a rastras, lo que significaba soportar todo el camino ráfagas intermitentes de aullidos que aterrorizaban a los transeúntes y los hacían huir espantados. Esto no podrá durar siempre, se consolaban sus padres en la intimidad de sus pensamientos, pero la realidad no les hacía caso, y el día en que cumplió veinte años Adelina asistió al entierro de su padre, que prefirió morirse antes que soportar el martirio de seguir viviendo. Madre e hija se quedaron solas, la madre hundida en su aneblada tristeza, la hija rabiando y persiguiendo moscas con su trote de pato.
Adelina odiaba las moscas. Sentía hacia ellas una furia implacable, y a fin de evitar los estropicios que solían producirse como consecuencia de sus desaforadas cacerías, todas las mañanas la madre rociaba el aire con insecticida. El médico era incapaz de explicar por qué Adelina se comportaba de ese modo, aunque la razón era bastante sencilla. Para Adelina el mundo era algo totalmente incomprensible, un agitado caos en el que las personas, los objetos y los animales se mezclaban en un torbellino que daba vueltas sin principio ni fin. En esa terrible confusión, Adelina había introducido un mínimo principio de orden, consistente en separar las cosas que se movían de aquellas que permanecían quietas. Las segundas eran más soportables, las primeras le causaban una inquietud y una ferocidad que aumentaba según la velocidad del objeto. Las moscas eran demasiado rápidas para su gusto.
Del mismo modo en que odiaba las moscas con toda la intensidad de su misterioso ser, su madre la odiaba a ella. Adelina representaba su dolorido fracaso, la derrota de todos sus sueños de juventud, el naufragio de lo bello y lo bueno que la vida es capaz de ofrecer. Toda la injusticia que puede caber en la existencia se había derramado sobre ella como un torrente sin pausa, un espeso alud que acabó enterrándola viva. Aún así, jamás dejó de atender a su hija en todo lo necesario, puesto que la amargura y el resentimiento no interferían para nada el ejercicio de sus obligaciones maternas. Lo que no conocía, lo que nadie habría podido exigirle, era ese sentimiento inmenso y dichoso que suelen experimentar los padres hacia sus hijos, esa paradójica forma del amor que en su extremado egoísmo no duda en realizar los mayores sacrificios. También esta madre llevaba a cabo los suyos, pero con la diferencia de que el impulso motor lo extraía del amargo pozo de su encono. Cuántas noches no se acostó sumida en el llanto, ahogada por el odio que le revolvía las entrañas, cubriéndose los oídos con las manos para no escuchar los alaridos de Adelina, y la propia voz de su conciencia remordiéndole los sesos.
Algún día no podré más, se decía, y acababa por dormirse de puro asco y agotamiento, harta de limpiar tanto moco y tanta regla inútil.
Cuando Adelina cumplió los cuarenta años, su madre resolvió matarla. No fue una decisión súbita ni fácil, pero tampoco habría sido fácil seguir como estaban, muerta ya la una en la oscuridad de su idiotez, la otra en la tumba de su agria desesperanza. Matarla, eso era, cumplir el silencioso deseo que había enhebrado cada uno de sus días y sus años en un siniestro collar, aniquilar aquella cosa que le había arrebatado la sangre, la risa, su vida. La cuestión era cómo hacerlo. Adelina era fuerte como una mula, por ende habría sido imposible estrangularla, ni siquiera mientras dormía. Quizás fuese más sencillo apuñalarla en la cerviz, cuando agachaba la cabeza de cepillo para sorber el plato, pero la madre no tenía suficiente coraje para empuñar un arma. Durante varias noches dio vueltas en la cama y en la cocina, tratando de encontrar un método, mientras Adelina dormía a pata suelta, la boca abierta, como siempre, soltando unos ronquidos que atronaban en el silencio de la casa. Por fin, después de trazar desesperados planes y cábalas, dio con la solución.
Si algo bueno tenía Adelina era su apetito. No bien nació, de poco sirvieron los pechos de su madre y los refuerzos de biberones y sopitas. Su voracidad no tenía límites, toda ella era un inmenso agujero en el que podían echarse paletadas de comida sin lograr que se saciara. A nada le hacía asco, y cuando le salieron los dientes había que vigilar para que no masticase trapos, papeles de periódico, o la pata de una silla. Devorando, aullando como una maníaca o rebuznando durante el sueño, Adelina era la viva representación de una boca desmesuradamente abierta, un insondable abismo en cuyo fondo se agitaba el enigma de lo que faltó para hacer de ella el ser humano con el que su madre había soñado alguna vez.
El apetito de Adelina. Esa era la respuesta. Le daría de comer cuanto quisiera sin parar, hasta conseguir que reventase como un sapo y, si fuera posible, que lo hiciese al menos un día antes de morir ella misma, para poder asistir al funeral y gozar aunque más no fuera de un único día en toda su asquerosa vida.
Decidió aplicar sus escasas fuerzas a la preparación diaria de ingentes cantidades de comida. Por la mañana se levantaba temprano antes de que Adelina se despertase, y se iba al mercado a comprar. Regresaba con el carro repleto y empleaba el resto del día en guisar con grandes peroles de hierro que había adquirido para ese propósito. Entretanto, Adelina se despertaba, se comía los panes remojados en leche que ya estaban dispuestos para ella, y daba vueltas por la casa, entraba en la cocina a olfatear los vapores de las cacerolas y, sin dejar de chillar, pateaba las puertas o rompía a llorar con furioso desconsuelo. Algunas veces los platos llegaban a la mesa a medio hacer, pues era preferible dárselos un poco crudos que soportar sus ataques de voraz impaciencia, lo que por otra parte importaba poco, ya que su paladar era insensible a cualquier diferencia entre un filete o un zapato viejo.
Al cabo de una semana, la madre comprendió que algo en sus planes no marchaba bien. Adelina había engordado un poco, sin duda, pero era inevitable que todo lo que cargaba por la boca tarde o temprano habría de desagotarlo por abajo, de modo que el cambio de pañales, el hedor pestilente, los lavados y los baños forzosos, aumentaron de forma espantosa. Transcurrido un mes la situación se agravó hasta alcanzar el límite de lo insoportable. Adelina había aumentado quince kilos, sus deposiciones, siempre abundantes, podían competir ahora con las de una elefanta, su violento apetito creció desmesuradamente y su madre, al borde de la extenuación irreversible, empezaba a experimentar de modo cada vez más acuciante el impulso de arrojarse por la ventana, pero no llegó a hacerlo porque en su enloquecida desesperación ideó una fórmula nueva para rectificar el curso de los acontecimientos.
Una de las grandes ventajas de los supermercados, en oposición a quienes sostienen que el progreso ha matado el encanto del pequeño comercio, es que en ellos uno puede comprar lo que le de la gana sin despertar sospechas o verse asediado por preguntas indiscretas. Mientras leía la etiqueta de la caja de raticida, la madre imaginó el diálogo que podría haberse desarrollado en el local de don Martín, que no se mordía la lengua y querría saber, y usted para qué quiere este producto, no me dirá que tiene ratas en el piso, no, ratas no, entonces, me pareció oír un ratón por las noches, para ratones tengo algo menos fuerte e igual de efectivo, que esto es muy peligroso, mujer, sí, ya lo veo en la etiqueta, pero a lo mejor es un ratón muy grande, cómo de grande, señora, que no va a ser como un cocodrilo, tendrá que ser un ratoncillo de nada, no irá a matarlo con una bomba. Una bomba, pensó la madre. Una bomba.
Y volvió a su casa con el paquete metido en el fondo del carro de la compra.
Desde ese día puso una bolita de matarratas en cada plato de comida. Adelina lo devoraba y lo rechupaba todo sin inmutarse, abriendo grande la boca como la gruta del Averno.
Así pasaron algunos meses. La madre fue aumentando la dosis gradualmente, a fin de que el médico que certificase la defunción no frunciera el ceño y empezara a hacer preguntas molestas, como don Martín. Pero no daba la impresión de que el médico fuera a preguntar nada, al menos de momento, puesto que Adelina no mostraba el menor signo de enfermedad, molestia o descomposición. El raticida parecía abrirle aún más el apetito, la mantenía más horas despierta, y sin duda intensificaba la hediondez de sus evacuaciones, que hasta la orina olía ahora a caballo muerto.
Al cabo de un año Adelina había consumido cuatro cajas de raticida, que hubieran sido suficientes para envenenar a una manada de hipopótamos, pesaba cuarenta y cinco kilos más, y como no se fabricaban tallas tan grandes su madre tuvo que improvisar los pañales con sábanas, al principio viejas, luego compradas diariamente en el mismo supermercado en el que se proveía del raticida. La madre no podía admitir la infructuosidad de su acción, y comenzó a dudar si el producto no estaría defectuoso o caducado. Para cerciorarse decidió probar ella misma, molió una bolita con cuidado, mezcló la mitad del polvo en un vaso de leche, y lo bebió de un trago. Media hora más tarde los espasmos y los vómitos la arrojaron al suelo, y tuvo que guardar cama dos días, aquejada de horribles dolores en el vientre.
Adelina seguía indiferente a todo. Ahora resultaba imposible sacarla a la calle, y al más mínimo intento espantaba a su madre con alaridos y flatulencias. Por fortuna, seguía aceptando el baño. La ducha le horrorizaba, sentía ahogarse, por lo que sólo admitía los baños de inmersión. En la bañera no podía estarse quieta, agitaba los brazos y las piernas, chapoteaba con energía, y desalojaba tanta agua que el vecino de abajo solía tener perfecta noticia del día en que Adelina se bañaba, pero el hombre no protestaba, sabiendo cuánta desgracia se juntaba allá arriba.
Viendo que el veneno sólo conseguía aumentar la vigorosa brutalidad de Adelina, la madre intentó un par de veces ahogarla en la bañera, pero fue inútil. Al sentir que le presionaban la cabeza hacia abajo, Adelina lo tomó como un juego y tiró de su madre con tal fuerza que la mujer terminó patas arriba dentro del agua, a punto de partirse el cráneo.
Era preciso idear otros modos de matarla, pero la falta de práctica en el oficio de asesina no contribuían a perfeccionar su imaginación. Probó electrocutarla mientras dormía, acercándole a los pies un cable pelado, pero no obtuvo ningún resultado. Por algún motivo la electricidad no pasaba y el contacto de los hilos de cobre con la planta de los pies despertaba a Adelina, que la emprendía a manotazos y escupidas con lo primero que se le ponía a tiro.
Una noche, mientras encendía el fuego para preparar el segundo quintal de arroz en la jornada, tuvo una iluminación. El gas. La bomba. Una gran explosión de gas y que todo vuele por los aires. La casa convertida en una bomba y Adelina dentro, reventando en mil pedazos.
El supermercado tenía de todo. Encontró cinta adhesiva y compró una docena de rollos. En el camino de vuelta se imaginó comprando la cinta en la tienda de don Martín, no me va contar para qué quiere tanta cinta, es que se va a mudar o piensa forrar el techo para que quede todo de plástico, qué exageración, se lleva toda la cinta y no me deja ni un rollo para otro cliente, para qué quiere tanta, y otros comentarios igual de estúpidos.
Al llegar la noche, cuando Adelina llevaba más de dos horas dormida, la madre se puso a trabajar y tuvo el minucioso cuidado de no dejar ni un solo hueco ni rendija de ventanas y puertas sin cubrir con la cinta adhesiva. Sólo faltaba abrir el gas, salir del piso, y tapar las juntas de la puerta desde afuera con otro poco de cinta, pero Adelina se adelantó, porque una mosca le cosquilleaba la nariz. Gruñendo bajito se levantó de la cama e intentó a tientas perseguir a la mosca. Alertada por los ruidos, su madre acudió a la habitación justo en el momento en que Adelina asía una banqueta y la estrellaba con todas sus fuerzas, pretendiendo aplastar a la mosca. La muerte fue instantánea. No sabiendo qué hacer, Adelina sacudió el cadáver de su madre y se sentó a su lado. Permaneció así un día entero, hasta que las punzadas del hambre la obligaron a incorporarse. Dio vueltas por toda la casa, pero no quedaba ya nada para comer.
Entonces regresó junto a su madre y la olisqueó un poquito.

(Cuento publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")

miércoles 3 de febrero de 2010

Entrevista a Massimo Recalcati* - Cuarta parte

*Massimo Recalcati reside en Italia.
  Director Científico del “Istituto di Ricerca di Psicoanalisi” (IRPA)
  Fundador de “Jonas: Centro de investigación de nuevos síntomas”
  Docente CEPUSPP (Centre Einseignement Postgradue en Psychiatrie et
  Psychotherapie) de Lausana


 ¿Cómo llegan a análisis las o los anoréxicos?


La labor del psicoanálisis en la cura de la anorexia-bulimia tiene como objetivo fundamental restablecer el sujeto del inconsciente. Esto significa considerar que la anorexia es una operación de purificación del inconsciente. Sorprende en estos pacientes el carácter híper-voluntarista de sus posiciones. El objeto no cede, no es transferido al campo de Otro. La ausencia de este movimiento, que Lacan en el Seminario XI definió como “transferencia primaria”, hace difícil la articulación de una cura analítica. El amor de transferencia falta en su apoyo fundamental. Solo la transferencia (salvaje) inviste el objeto-comida o el objeto-imagen. La monada de goce se opone radicalmente a la experiencia de amor como anudamiento de goce y deseo. La monada de goce rechaza el lazo con el Otro. Por esta razón la clínica de la anorexia nos enseña, a nosotros los psicoanalistas lacanianos, sobre la irrenunciabilidad de la categoría ética y clínica del deseo. Los mayores movimientos en una cura no se producen merced a la interpretación –desde este punto de vista ya Hilde Bruch aconsejaba actuar con estos pacientes más en virtud de la ignorancia que del saber– sino por una revitalización del deseo. Pero esta revitalización vuelve inevitable el pasaje delicado a través de la turbulencia de la transferencia negativa. La experiencia de odio es una constante en la cura analítica con pacientes anoréxico-bulímicos. El analista encarna de hecho la alteridad de objeto al que la anoréxica querría poder gobernar autónomamente. Sobrevivir al odio, y a la angustia para la supervivencia del paciente que se encuentra en una experiencia radical de odio bajo transferencia, se vuelve así, como indicó Winnicott, una tarea esencial del analista. Encarnar la alteridad de un objeto que, más allá del odio, puede causar el deseo. Por otra parte sabemos bien que los movimientos de erotización transferencial que vitalizan el deseo del sujeto son aquellos más propicios a desencadenar la interrupción de la cura.



¿La bulimia y la anorexia entre el amor y el deseo?



En "La última cena" propuse la idea de la anorexia como una enfermedad del amor. Para tener el signo del amor, de la falta del Otro, el sujeto anoréxico elige el camino desesperado del rechazo radical al goce. Aquí podemos aislar el rasgo histérico de la anorexia. También la bulimia me parecía orientada a la misma enfermedad: la ausencia del signo de amor viene compensada –como recuerda Lacan en el Seminario IV– por la devoración del objeto. Con La clínica del vacío me pareció necesario enfatizar otra dimensión, la del odio, el rechazo de la vida no como llamado de amor sino como ansias de muerte. Hay una gran diferencia entre la anorexia en tanto llamado de amor y la anorexia en tanto apetito de muerte. La reflexión de Lacan acerca de la anorexia reaparece siempre en los momentos tópicos de su enseñanza. Por ejemplo, cuando es evocada como figura clínica clave para acceder a la categoría de goce, come ocurre en los Complejos familiares, pero también en relación a la categoría de deseo, como vemos en el curso del Seminario IV y en su escrito sobre la Dirección de la cura. Sintéticamente, se puede considerar que esta suerte de doble lectura que propone Lacan del fenómeno de la anorexia (por un lado, lugar de un goce mortífero, melancólico-toxicómano; por el otro, estrategia de defensa y de separación del deseo del sujeto respecto del carácter sofocante de la demanda del Otro) enfatiza el doble ánimo que caracteriza al sujeto anoréxico como tal: manifestación del Todestrieb, apetito de muerte, deseo larval, ansias de destrucción, disminución radical, y aniquilación melancólica del sentimiento de la vida, nirvanización del principio de placer, pero también estrategia de separación orientada a diferenciar el estatuto del deseo al de la necesidad, carácter irreductible del deseo a la demanda del Otro, deseo como deseo de nada, deseo de Otro, enfermedad del amor, demanda radical del signo de amor.


Si en el amor convergen deseo y goce, la anorexia y la bulimia oponen deseo y goce y excluyen la conversión del amor. El deseo anoréxico es de hecho un deseo de muerte y el goce bulímico puede presentarse no solo como una forma de compensación sino también como una devastación pulsional.

(Entrevista publicada en el "Aperiódico Psicoanalítico")

martes 2 de febrero de 2010

Entrevista a Massimo Recalcati* - Tercera parte

 *Massimo Recalcati reside en Italia.
   Director Científico del “Istituto di Ricerca di Psicoanalisi” (IRPA)
   Fundador de “Jonas: Centro de investigación de nuevos síntomas”
   Docente CEPUSPP (Centre Einseignement Postgradue en Psychiatrie et
   Psychotherapie) de Lausana



¿Qué relación hay entre el cuerpo y el objeto a? ¿Cuál es el destino del objeto a en la bulimia y la anorexia?

Desde un punto de vista fenomenológico, anorexia y bulimia representan el derecho y el revés de una misma figura. Nosotros escribimos “anorexia-bulimia”, con guión, para indicar la pertenencia recíproca. La anorexia es, desde este punto de vista, una bulimia virtual, mientras que la bulimia sería la descompensación del proyecto de dominación pulsional de la anorexia. Desde el punto de vista del objeto pequeño (a) encontramos sin embargo entre ambas oscilaciones el mismo punto de vacío que caracteriza la actividad de la pulsión oral. La anoréxica lo incorpora, lo siente en el estómago, lo anhela activamente rehusándose a comer, o, mejor, como afirma Lacan, comiendo la nada, mientras la bulímica lo puede hallar solo en el clímax del goce: devora todo para alcanzar el vacío del objeto-seno. Quiere poner bajo los dientes el vacío de la Cosa, ese vacío que es imposible comer, en torno al cual se da siempre la actividad de la pulsión oral.

Particularmente, la anoréxica parece estabilizar una tensión especial entre alienación y separación. Mi tesis es que en la anorexia tenemos una separación-contra-alienación. ¿Qué significa esto? La anorexia invoca y practica de manera aparentemente radical la separación. En principio la separación respecto a la demanda del Otro y de modo más general a toda forma posible de demanda. No demanda nada, rechaza todo. Por otra parte, esta separación parecería que se produce sin pérdida -la cual es estructuralmente efecto de la pérdida del significante; el objeto pequeño a parece quedar del lado del sujeto en vez de ser trasferido hacia el campo del Otro. Es este el carácter radicalmente determinado que caracteriza a la elección anoréxica. La exigencia de la separación adviene por negación de la pérdida y no por su aceptación subjetiva. Se podría decir, acaso con un tono más kleiniano, que en la anorexia la separación adviene sin que vaya acompañada por un trabajo efectivo de luto. Se trata de una separación por voluntad y no por deseo.



En la bulimia y en la anorexia, ¿la intrusión de lo real en la cura, deja el objeto a de lado? ¿Qué relación se puede establecer entre la angustia y la anorexia?



Desde un punto de vista general se puede afirmar que la anorexia, tendencialmente, carece de angustia, porque opera con una estrategia de evasión de la angustia. La apatía anoréxica quiere subvertir el carácter estructural de la angustia. Si la angustia marca la emergencia del objeto pequeño a como índice del carácter pulsional del cuerpo, la anorexia es un intento de cimentar la imagen, de sustraerla a las perturbaciones de la angustia, de modificar por medio de ella una idea del sujeto como pura identidad. El ser se solidifica rechazando la alienación significante. Si para Lacan la angustia manifiesta el espesor real del cuerpo pulsional, la anorexia erige un dique imaginario que busca ocultar esta alteridad interna. Para la anorexia la única experiencia posible de la alteridad es la del alimento y las calorías. Solo en la descompensación de la bulimia, la pulsión emerge nuevamente infringiendo el dique del yo ideal y exhibiendo el carácter acéfalo del movimiento pulsional.

Desde este punto de vista, la anoréxica refuta freudianamente a Heidegger: no es la nada sino el cuerpo lo que angustia. Por eso su objetivo –el de la anoréxica– consiste en llevar a cabo, por oposición al pánico que puede surgir cuando se debilita la anorexia, un dominio yoico-voluntarístico del cuerpo. Se trata de alejar el objeto de la angustia. Por esta razón hallamos en nuestros pacientes fobias infantiles relacionadas a ciertos alimentos y podemos hablar del problema, más general, de las relaciones entre prácticas anoréxicas y sistema fóbico-obsesivo…
El intento por dominar al cuerpo adviene como idealización de la imagen especular. Con Lacan sabemos que una de las funciones fundamentales de la imagen es la de revestir el cuerpo pulsional dotándolo de límites (para Lacan el esquizofrénico es quien no tiene acceso al imaginario). Cuando el cuerpo pierde su imagen podemos tener distintos fenómenos clínicos. Por ejemplo la melancolía, que es de gran importancia para la clínica de la anorexia. Sin imagen narcisista, el cuerpo emerge como puro objeto-descarte, come kakon, real bruto, cuerpo privado del sentimiento mismo de la vida, cuerpo ya muerto.

Cuando el control anoréxico cede, se puede infiltrar la angustia. Es una infiltración que señala la imposibilidad para la imagen narcisista de revestir integralmente el cuerpo pulsional, el desprendimiento entre el cuerpo narcisista y el cuerpo erógeno. En la experiencia con el espejo, lo que puede angustiar se encuentra siempre en relación a un exceso de carne, de grasa que mancha la bella imagen, una suerte de residuo que encarna el objeto pequeño (a) como algo que resulta imposible de reflejar, algo que no puede ser especular. Por eso el tiempo de la pubertad continúa siendo un tiempo imbricado en el desencadenamiento de la anorexia. En la pubertad, es lo real del cuerpo lo que aflora en primer plano. El rechazo anoréxico no es aquí, ante todo, rechazo del objeto oral sino rechazo del cuerpo. Rechazo a tomar aisladamente las dos vías del rechazo del propio cuerpo en cuanto cuerpo sexual y rechazo del cuerpo del Otro en cuanto sede de goce y de deseo.

(Entrevista publicada en el "Aperiódico Psicoanalítico")

miércoles 27 de enero de 2010

Entrevista a Massimo Recalcati* - Segunda Parte

     
*Massimo Recalcati reside en Italia.
  Director Científico del “Istituto di Ricerca di Psicoanalisi” (IRPA)
  Fundador de “Jonas: Centro de investigación de nuevos síntomas”
  Docente CEPUSPP (Centre Einseignement Postgradue en Psychiatrie et Psychotherapie) de Lausana


 ¿Qué es la clínica del vacío? ¿Cómo se articula la clínica del vacío con la clínica psicoanalítica?

La expresión “clínica del vacío” ha sido propuesta para definir en primer término una metamorfosis que ha investido al sujeto llamado post-moderno. Se trata de esa metamorfosis que tiende a reducir la dimensión subjetiva de la falta en ser y la del deseo, en la de un vacío, ya sin ningún lazo con el deseo. Por lo tanto debemos distinguir el propio vacío de la clínica del vacío, de la falta producida por el corte significante. La reducción de la falta a vacío comporta en primer término un efecto de falso dominio. La falta trasformada en vacío ofrece la ilusión de que el vacío se puede llenar, como ocurre en la bulimia o en otras formas de dependencia patológicas adictivas, o como ocurre con la anorexia, donde la ilusión es que ese vacío puede osificarse, volverse pleno y centro de gravedad –y de goce– del sujeto.
En segundo lugar, con la expresión “clínica del vacío” hemos querido definir una clínica que ya no puede ser pensada a través de la centralidad del binomio represión-retorno de lo reprimido –al que hace referencia la noción freudiana de síntoma–, sino que exige colocar en su centro el binomio angustia-defensa. Este cambio supone una cierta decadencia de la experiencia subjetiva del deseo frente a la emergencia, en lo social, del goce que se presenta siempre más imbricado con la actividad de la pulsión de muerte. El binomio angustia-defensa se orienta a entender el debilitamiento, la decadencia contemporánea del síntoma; la anorexia-bulimia, así como las estrategias pulsionales, al suprimir el lazo con el Otro y su inevitable inestabilidad, conducen exclusivamente a enfatizar un goce alternativo al sexual. Pero conducen también a encuadrar esos fenómenos psicopatológicos allí donde ya no se halla en el centro la ruptura del lazo social o la desviación de la norma, sino una adhesión excesiva. La clínica del vacío es en este sentido también una clínica de la falsa adaptación, del disfraz, del yo (moi), de la normalidad o, como diría Bollas, de la personalidad “normótica”  que, a diferencia de los cuadros clásicos de la psicosis, no rompen con la realidad cotidiana, sino que rompen el lazo con su deseo, alienándose en identificaciones sociales rígidas. Se trata de ese campo clínico que Lacan, en la Cuestión preliminar, llamó “psicosis sociales”, en las que no prevalece la ruptura con el “buen orden” sino su asimilación a-crítica. Es este el vértice teórico de lo que estudiamos en Italia, colaborando con el Ministerio de  las Políticas Juveniles: el poder del ícono social del cuerpo flaco en la difusión epidémica de la anorexia entre las mujeres jóvenes.
En síntesis: la “clínica del vacío” no es solo una clínica de la des-inserción (débranchement), para retomar un término propuesto por Miller, sino también una clínica de la adhesión excesiva a los semblantes sociales. Esto significa que en el uso que hacemos de esta categoría, no utilizamos la experiencia del vacío como indicio de una estructura determinada de la personalidad, como sí ocurre para Kernberg, quien considera el aspecto del “vacío crónico” o del “vacío difundido” como un rasgo específico de la personalidad border-line. La perspectiva de la “clínica del vacío” no supone la existencia de una personalidad border-line, sino que es ella misma la que se coloca como una clínica border-line. En este sentido adviene la centralidad del binomio angustia-defensa, puesto que ya no se coloca en su centro al sujeto del deseo, y se problematiza la discontinuidad del diagnóstico diferencial. De hecho, no es evidente si en los sujetos que se presentan a raíz de los llamados nuevos síntomas se halla en juego una clínica de la forclusión, por lo tanto reconducible a la clínica de la psicosis, o una clínica de la represión, reconducible a la clínica de la neurosis. Forclusión y represión solo raramente se manifiestan con fuerza de evidencia. Se trata entonces de considerar la dificultad del sujeto para ubicarse en el psicoanálisis en una relación de deseo con el Otro sin saber si esta dificultad es un indicio de una ausencia forclusiva del Nombre del Padre o de una dificultad del sujeto de vitalizar fálicamente su existencia. En este sentido la clínica del vacío es una clínica suspendida, border-line, radicalmente bajo transferencia, porque será solo la relación analítica la que va a orientar el diagnostico diferencial.


(Entrevista publicada en el "Aperiódico Psicoanalítico")

miércoles 20 de enero de 2010

Entrevista a Massimo Recalcati * - Primera parte



*Massimo Recalcati reside en Italia.
  Director Científico del “Istituto di Ricerca di Psicoanalisi” (IRPA)
  Fundador de “Jonas: Centro de investigación de nuevos síntomas”
  Docente CEPUSPP (Centre Einseignement Postgradue en Psychiatrie et
  Psychotherapie) de Lausana



 ¿Cómo definiría la anorexia y la bulimia en la contemporaneidad?


Uno de los rasgos fundamentales de la contemporaneidad consiste en un debilitamiento generalizado del lazo con el Otro. El sujeto contemporáneo aparece, en este sentido, como desprendido del Otro, a la deriva. Como muchos han señalado, la potencia simbólica del gran Otro se ha debilitado irreversiblemente, y el nuestro es un tiempo, como decía Adorno en Minima Moralia, del goce monádico, es decir de una exasperación del individuo que excluye la dimensión trans-individual del sujeto. Siguiendo a Lacan, debemos de hecho distinguir entre individuo y sujeto. Ante todo porque el sujeto se encuentra estructuralmente dividido en cuanto a lo que implica, en lo más íntimo suyo, la presencia del Otro (del deseo y de la alteridad con la que está constituido) y por lo tanto no es del todo asimilable al individuo que, por el contrario, ya desde su etimología significa un ente “sin división”. El goce de la monada es, en este sentido, una alternativa a la experiencia subjetiva del deseo como apertura hacia el Otro. En nuestros tiempos, la hegemonía del discurso del capitalista sostiene una nueva ilusión respecto al de la religión y de la razón positivista. Sostiene la ilusión del objeto del deseo como encarnado en el objeto de goce, es decir la ilusión de que es posible, por medio del consumo del objeto de goce, curar las heridas que inflige la realidad humana, y que la vuelve estructuralmente precaria y faltante.


La producción electrizada de la pirotecnia de los objetos-gadgets envuelve al sujeto híper-moderno en una atmósfera de manías colectivas. El lazo, la relación con el Otro y la dimensión del intercambio erótico-amoroso que esto implica cede lugar a la relación unilateral con la serie ilimitada de partners-inhumanos. La anorexia y la bulimia son dos declinaciones ejemplares de esta sustitución y de esta nueva (y post-humana) versión del lazo social. Para la anoréxica, el partner fundamental se vuelve su propia imagen idealizada. El mundo se reduce a la superficie lisa y aséptica del espejo. Su pasión es una pasión de consistencia: lograr ser idéntica a su imagen ideal. Su empresa es un dominio: gobernar el cuerpo, ejercitar un dominio de la voluntad sobre su apetito haciendo en realidad de esta voluntad el lugar superyoico de un goce pulsional. Eso que los Kestemberg han definido precisamente como el “vértigo de la dominación”, que perturba la posición pulsional del cuerpo regulado de la castración simbólica e impone la renuncia a un estilo de vida, a una forma invertida, post-humana, de dandismo. Y sin embargo sabemos que la prolongación de la abstinencia genera a su vez un fenómeno incontrolable del cuerpo, el de la producción de endorfinas que invisten al sujeto de una corriente de excitación.


Por el contrario, en el caso de la bulímica asistimos a la actividad pura de la pulsión, y no a su interdicción fanática, llevada a un primer plano: aquí no cuenta el objeto que se come sino solo la propia actividad de comer. Esta compulsión a comer todo constituye el punto de máxima convergencia de la bulimia con el nuevo imperativo social que regula el programa -los objetivos- de la Cultura: lo que cuenta no es qué objeto se consume sino la propia actividad de consumo, el “consumo del consumo”, como ha dicho Baudrillard. Es este el otro aspecto del súper-yo contemporáneo. Si el higienismo fundamentalista de la anorexia lleva a una exasperación pulsional de la voluntad kantiana, la devoración bulímica exalta la función sádica del goce como nueva forma del súper-yo social.

miércoles 13 de enero de 2010

Anorexia, angustia y duelo* - Última parte

*por Graciela Sobral (Madrid)


Algunas conclusiones

 
La estructura subjetiva, es decir, la coordinación del falo y el objeto a, la construcción del fantasma y la organización del deseo ponen freno a la pulsión de muerte, civilizándola. No obstante, la pulsión se manifiesta en la conducta del sujeto, a través del acto.


En nuestro caso, que tomamos como ejemplo de un desencadenamiento anoréxico a partir de una pérdida y que nos permite mostrar la relación entre anorexia y duelo, vemos que Marta es consciente de la falta que podría dolerle, pero no experimenta ese dolor. Como afirma sabiamente Freud en su Fenomenología de las dificultades del proceso de duelo, en Duelo y Melancolía, en este caso ella sabe que ha perdido un objeto pero no sabe lo que ha perdido subjetivamente con él. Si bien, en nuestro caso, no se trata de una melancolía como en el ejemplo freudiano. Marta hace un síntoma anoréxico que la sostiene hasta que éste se torna bulimia. Podemos observar que cumple la función de mantener oculto para ella lo que ha perdido con él. Todavía no sabemos en qué circunstancias se da el paso a bulimia, pero sí sabemos que ésta la desespera, es decir, la angustia. Marta intenta controlar todo en su vida y no soporta el descontrol del atracón. En lugar de la purgación, habitual en los casos de bulimia, toma un frasco de pastillas. No se trata de vaciarse, como una pérdida de goce, sino de un paso al acto para desaparecer de la escena que la angustia ¿Qué podemos decir de este paso al acto? De entrada podemos decir que pone de manifiesto algo que la anorexia mantenía oculto. Si la anorexia funciona como un fantasma, la bulimia constituye un movimiento que rompe el equilibrio fantasmático porque introduce un empuje pulsional que lo desborda. Si Marta hubiera continuado con el síntoma anoréxico seguramente este paso al acto no se hubiera producido. Frente a la desaparición de su abuelo debía surgir la pregunta tanto por su falta (¿Cómo vivir sin él?) como por el lugar de ella sin el sostén del abuelo (¿Dónde vivir sin la falta del Otro para alojarse? ¿Qué o quién es ella ahora, cuando ya no le falta al Otro?). Como hemos dicho, en lugar de las preguntas propias para iniciar el trabajo del duelo, surge el síntoma anoréxico. Cuando éste vira a bulimia y el atracón la angustia, no soporta la angustia y hace un paso al acto. De la relación de amor con el abuelo que la sostenía en un lugar de privilegio (i (a)), pasa a ser un objeto caído (a) en tanto que ha perdido el lugar que ocupaba en el Otro. Esto desvela un aspecto universal de la relación del sujeto con el objeto a, normalmente velado por (i(a)): el sujeto identifica su ser al objeto caduco, resto de la operación significante, que Lacan nombra con los términos tomados del caso de la joven homosexual de Freud, niederkomen lassen, el sujeto identificado al objeto que se deja caer.


En el caso de Marta, la dificultad para hacer el duelo la hizo pasar del sostén provisional de la anorexia (pseudofantasma) a devenir un objeto resto, caído del Otro. Como es frecuente en estos casos, el curso de las entrevistas ha llevado la cuestión a su dificultad con el amor en la relación con los chicos, según la lógica histérica y con las marcas provenientes del estrago.

(Artículo publicado en el " Aperiódico Psicoanalítico ")