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miércoles, 27 de agosto de 2014
Dejarnos enseñar por el autismo* - Útlima parte
*
Por Claudia Lijtinstens
5-Algunas
reflexiones finales:
El
cálculo institucional requiere bascular en esa tensión entre el
sujeto y la presencia de ese real.
La
intervención más propicia -tanto frente al goce homeostático
inercial como al desborde de un real insoportable- es la introducción
de un freno, de una pausa cuando el sujeto se ubica como condensador
de goce, identificado al objeto.
Ese
NO o puntuación que se sostiene en la presencia del cuerpo
institucional, del equipo, del interviniente como partenaire real,
introduce nuevos circuitos metonímicos de los objetos, acerca la vía
discursiva como una forma de tratar los
ruidos perpetuos de la lalengua,
de lo cual el sujeto de defiende.
Se
requiere, entonces, realizar un doble movimiento: por un lado,
acompañar el hecho de que la lengua tome a su cargo el goce, el
trabajo interpretativo; establecer ese lugar del Otro, es decir,
permitimos el abrochamiento que localiza el goce, autorizamos la
instalación del lugar del Otro
pero,
a la vez, apuntamos a la puntuación, a la estabilización, a la
homeostasis; apuntamos a la posibilidad de que se produzca un corte,
que la lengua sea menos compacta u holofraseada.
Se trata de producir pausas que puntúen la holofrase
significante infinita.
Apuntar
al síntoma es, justamente, volver sobre los significantes,
aislarlos, separarlos de la cadena, darles todo su lugar y centrarse
en el acontecimiento de cuerpo que representa ese significante, los
signos que denotan alguna tenue satisfacción,
aislarlos
a la manera del fenómeno elemental. Acoplarse al trabajo del sujeto
para leer cómo se conforma, en cada caso, ese real.
Es
sólo a partir de ese trabajo que su tratamiento permite hacer
ingresar un intercambio, la elaboración de una secuencia discursiva
y definir verdaderos espacios de sujeción.
Se
trata entonces, como lo recalca Laurent, de hacerse partenaire
real del sujeto autista1
(al igual que ese objeto), no apelando ni al maternaje
ni a la dimensión educativa (aunque los cuidados sean ineludibles y
los aprendizajes se desplieguen), es decir, no tomando lugares
enmascarados ni por el saber ni por el amor, sosteniendo una barrera
a la invasión de goce que posibilite desplegar algún tipo de
empalme
con el objeto y con el Otro.
A
diferencia de las prácticas que apuntan a la normalización y la
compensación de aquello que permanece bajo un déficit o
desadaptación, la orientación lacaniana introduce la vía de la
enunciación.
Se
propone elevar aquello que funciona para el sujeto como solución o
defensa, a la dignidad de una metáfora de la posición subjetiva,
elevar el problema del autismo a una condición de sujeto, poniendo
de relieve las soluciones que él mismo nos proporciona.
Entonces,
dejarse enseñar por eso que el sujeto autista nos proporciona, pero
también por aquello que la experiencia
de un psicoanálisis personal enseña a un practicante, “una
potente herramienta para situar su acción respecto de los sujetos
autistas, en la adecuada distancia de los ideales de normalización o
de normalidad. (Miller,
Judith).
Es
esta una condición ineludible para desplegar un acompañamiento
fecundo, no masificante, del sufrimiento en la infancia, que abra el
camino a nuevos espacios más libres de las constricciones
autísticas.
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Autismo,
Clinica con niños
miércoles, 20 de agosto de 2014
Dejarnos enseñar por el autismo* - Tercera parte
*
Por Claudia Lijtinstens
Ejemplos
de una práctica institucional
La
función de “partenaire
fuera de toda reciprocidad imaginaria1,
diversa
al
modelo o patrón a imitar que se propone desde la pedagogía,
es encarnada por un equipo pluralizado que se acopla, de una manera
activa pero a la vez prudente, al trabajo que realiza un sujeto
autista en el marco de un alojamiento institucional de día.
Un
joven de 15 años, luego de aproximadamente un año de trabajo en la
institución -con un lenguaje acelerado y de una modulación aguda y
perseverante y con un cuerpo en continuo movimiento- se dirige a sus
acompañantes con expresiones que, fuera de sus monólogos
ecolálicos, se limitan a lo estrictamente vinculado a los intereses
más inmediatos.
Ahora
bien, desde el primer momento, algo de lo que repite incesantemente
empieza a ser circunscripto por el equipo a partir de la presencia
regular ofrecida, una pregunta que acompaña el tocar algunos
objetos.
Frente
al incansable “¿qué
es esto…?
que C.
enuncia repetidamente se advierte que señala especialmente aquellos
objetos “que
hacen borde”2,
que recubren las partes del cuerpo de sus educadores (ropas, adornos,
objetos del cuerpo) ritualizándose un juego con el que va nombrando
un contorno que claramente arma y delimita un objeto
fuera-del-cuerpo3
y que puede plegarse al suyo propio.
Se
van diseñando, frente a estos elementos, las primeras escansiones en
el dispositivo de trabajo: horarios, espacios definidos, momentos
para la realización de actividades (lecto-escritura, cálculo,
recreativas), siempre con la presencia sostenida y prudente de un
interviniente que modera el balanceo, el baile desenfrenado o la
repetición infinita. El recorte espacio y tiempo, anudado a la
presencia cercana del educador, produce un marco organizado por donde
transitar, aquietándolo.
Otro
signo presente es su deambular sigiloso y casi imperceptible por la
institución: entra o sale de la cocina, se escabulle de la sala de
un taller, se desliza hacia el patio o adentro de la administración
y nadie parece percatarse inmediatamente de ello. Y en cada lugar,
perfectamente advertido de quien lo ocupa, “extrae algo”. A veces
cosas de gran valor, otras de carácter insignificante, pero siempre
guarda y esconde esos objetos entre sus ropas.
En
ocasiones llena sus bolsillos de piedras, en otras de papeles; a
veces lo hace con prendas de vestir ajenas, teléfonos celulares,
libros, agendas, etc.
Es
entonces ahora esta sustracción la que es elevada a la condición de
una verdadera manipulación significante (y no de una mera conducta
insidiosa como podría sugerir una lectura centrada en lo
comportamental) por medio de la cual el joven introduce un menos
como tratamiento del Otro, precisamente en la mirada, a la vez que
logra proveerse cierta satisfacción a partir de esa especie de
armadura corporal mediante esos objetos.
Algunos
meses más tarde se realiza en el taller de plástica la construcción
de un muñeco de tamaño real utilizando diversos materiales para
cubrir el contorno de ese cuerpo, entre ellos, papeles de diario.
El
joven se mostró sumamente fascinado por esta figura, en un primer
momento asexuado, participando activamente en su construcción,
realizando una singular actividad: al mismo tiempo que aplica –con
pegamento- papeles de diario sobre los contornos del cuerpo del
muñeco intercala esta acción aplicando, con la misma técnica
papeles sobre su propio cuerpo, en una especie de reproducción de la
acción de construcción de ese cuerpo en el suyo propio.
De
una forma excepcional, el joven realiza este “armado” de un
cuerpo, en un trazado que rodea realmente el cuerpo, apelando a este
“objeto de síntesis”, a la construcción de un “doble” como
forma de suplencia de la relación con aquello que no está, su
cuerpo, su nombre, un ideal”4.
Los
papeles, en este caso, son hoy los elegidos como objeto de
intercambio, de sustracción; circula con bolsas llena de recortes
que va escamoteando de aquí y de allá y que lleva y trae
diariamente desde y hacia su casa, elementos que se introducen en una
suerte de intercambio en la institución: pueden (con mucha
dificultad) ocultarse por algunos momentos en un rincón, usarse para
algunos trabajos de plástica, confiar su resguardo a algún miembro
del equipo en particular, introduciéndose en un circuito que alivia
su transitar en la institución.
Es
decir, se van diagramando con el equipo, pautas que le permiten
ordenarse en la institución pero que no van en la vía de la
imposición de una regla “por anticipación” de carácter
colectivo, de una norma basada en el sentido común (“En
la institución no se permite robar o sacar objetos ajenos”!!)
sino que, por el contrario, se estructuran en el sentido de un
principio de funcionamiento que da lugar –sin poner en riesgo lo
“instituido”- a lo singular de un trayecto : “Aquí,
en Avenir, es posible hacer circular los objetos!!”.
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Autismo,
Clinica con niños
miércoles, 13 de agosto de 2014
Dejarnos enseñar por el autismo* - Segunda parte
*
Por Claudia Lijtinstens
No
contando entonces con el aparato
del discurso
que permitiría decodificar los mensajes, cada niño autista instaura
una vía de defensa contra eso no simbolizado que le retorna
invasivamente a partir de diversas, y muchas veces insondables,
modalidades.
Para
quienes nos ocupamos de niños o jóvenes autistas -tanto en las
Instituciones como en la práctica de consultorio- se nos hace
ineludible descifrar., leer,
detectar, la presencia de ese modo singular e irrepetible que adopta
su lengua
privada y su medio singular de protección.
Este
armazón defensivo puede ser captado –aunque parezca desestimable
desde otras perspectivas de intervención- a partir de la repetición,
del golpeteo o los gritos sin sentidos, de la insistencia del
significante
sólo, de
los objetos o pedazos de objetos elegidos entre otros, pues es allí,
en esos detalles, desde donde se pueden rastrear los signos de ese
“tratamiento” que el niño –como lo precisa A. Stevens- ya
viene realizando para defenderse de aquello que lo invade y no puede
poner en palabras.
Ese
acoplamiento del sujeto a un objeto bizarro
explica la manera cómo el cuerpo puede volverse un medio para
“pegarse” al otro, en la medida en que no ha producido los medios
simbólicos capaces de organizar una relación al prójimo que le
permitan una decodificación de la demanda y del Otro.
El
sujeto, al no contar con la norma de ordenamiento del espacio y del
tiempo como construcciones simbólicas, se desplaza adhiriéndose
desmedidamente al otro y a los objetos, defendiéndose –en el
mismo paradójico movimiento- de los fenómenos alucinatorios (mirada
y voz) de los que padece.
Frente
a esto se intenta evitar que el sujeto quede constreñido por estos
fenómenos a una repetición infinita, pero se realiza evitando
provocar una nueva constricción, esta vez por parte de un supuesto
método de reeducación. En
ningún caso se trata de dejar al niño ser el juguete, por ejemplo,
de sus estereotipias, repeticiones, ecolalias, considerándolas como
un primer tratamiento elaborado por el niño para defenderse; se
trata de introducir allí, en una presencia discreta, nuevos
elementos que van a complejizar “el mundo del autismo”. Miller,
Judith. Comisión de iniciativas del Instituto psicoanalítico de la
Infancia.
Las
intervenciones entonces, prudentes, asentadas en un territorio que se
esboza a partir de referencias espaciales no estandarizadas, atentas
a las cadencias o repeticiones que advierten sobre la proximidad o
distancia del otro, que privilegian un uso discreto de la voz y de la
mirada, se apoyan en una distracción intencional de ese operador
que pone al resguardo a algunos sujetos autista de esa presencia
perturbadora que pueden encarnan los otros.
Serán
metáforas de clasificaciones y separaciones que escanden ese
continuum,
embragues que encadenan el pasado y el futuro, espacios re-apropiados
transformados en su sentido, significantes que se transmutan en su
intencionalidad, una apuesta dirigida no a generar perplejidad o
enigma sino a provocar un encuentro -no anticipado- con el signo más
genuino de cada sujeto.
Desde
esta perspectiva, toda intervención –todo cálculo de una
intervención- debería orientarse a producir en primer lugar, una
pausa
en la deriva metonímica a la que tan frecuentemente se enfrenta el
sujeto autista, al establecimiento de las condiciones más o menos
exactas, más o menos acordadas que permitan la amplificación del su
mundo y de los objetos, y, en ese marco, promover una nominación
singular que
le permita circular entre algunos otros.
Esta
vía permite acercarnos a la cifra
específica de su modo de aproximarse o defenderse del otro, como un
modo de introducir la ligazón del significante al cuerpo para hacer
posible elucidar el acontecimiento
de cuerpo
y las maneras en las que un sujeto responde a lo imposible del
encuentro con el Otro y se protege de los equívocos de la lengua.
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Autismo,
Clinica con niños
miércoles, 6 de agosto de 2014
Dejarnos enseñar por el autismo* - Primera parte
* Por
Claudia Lijtinstens
(Psicoanalista
y reside en Córdoba. Miembro de la EOL y la AMP. Miembro fundador de
la Fundación Avenir, para la asistencia y la investigación en salud
mental. Coordinadora clínica del Centro Educativo Terapéutico de
Fundación Avenir. Co-responsable y docente del depto de niños del
CIEC.)
Abordar
el autismo, no desde la perspectiva del déficit
sino poniendo el acento en la especificidad de su sufrimiento, nos
conduce a enfatizar la formación de los practicantes en tanto
capaces de escuchar
lo que ellos tiene para decir,
como operadores que se disponen, antes que a aplicar métodos de
“aprendizaje intensivo”, a dejarse enseñar por los signos más
genuinos de cada niño, localizando su particular modo de encierro.
Se
requiere entonces poner en ejercicio una
operación de lectura1,
de traducción de aquellas
manifestaciones
enigmáticas que irrumpen invasivamente en la vida de estos sujetos
–y en la de sus familias- y que traducen un desarreglo profundo a
nivel del cuerpo, de los vínculos y del discurso.
Si
nos ubicamos en una posición no ingenua, (el autismo es un problema
de complejidad y no simplemente una alteración neuroquímica) es el
mismo sujeto autista quien nos exige volvernos dúctiles e inventivos
para explorar posibles nuevas alianzas entre el sujeto y su entorno,
para construir recursos que le permitan salir del encapsulamiento
e introducir elementos nuevos que posibiliten la localización de un
borde, de una detención de la deriva significante que haga posible
un lazo social más humanizado.
La
arremetida tan generalizada, tanto a nivel local como internacional,
de propuestas político-legislativas que pretenden instaurar una
política estandarizada y
masificante de intervención con los sujetos autistas a partir de una
educación rigidizada y protocolizada-
hacen necesario introducir, primero, una interpretación de lo que
significa el autismo desde la perspectiva del sujeto hablante,
anudado a un cuerpo, para luego establecer algunas condiciones
propicias para su abordaje y tratamiento.
Como la
palabra no
se presenta articulada a un discurso, a un cuerpo, a un lazo social,
el cuerpo mismo es vivenciado
como ajeno, no funcionando como borde o superficie de inscripción.
Estos
cuerpos que padecen del contacto, de los ruidos, de los olores, de
las imágenes, manifiestan un sin
freno
que desregula ese contacto con el otro y no le permiten al sujeto
decodificar los acontecimientos del entorno.
La
palabra, reducida a un desenfreno metonímico sin puntuación -a
distancia del decir y de una enunciación- se reduce a un expresión
sin retórica de ciertos significantes repetidos al infinito, que no
remiten a nada ni parecen estar dirigidos a nadie, un torrente
significante de una continuidad sin puntuación ni separación,
elocuente también de una eternización
del presente en la que espacio y tiempo, como construcciones
simbólicas, se ven profundamente afectados.
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Clinica con niños
miércoles, 30 de julio de 2014
John Caracol Lewis. La creación de un nombre* - Última parte
*Por Gustavo Stiglitz
Donald muestra un modo de hacer con la lengua que produce un tipo de
sujeto, como respuesta de lo real.
Construye con los significantes de que dispone, un artefacto para
nombrar, que a juzgar por su evolución, le permitió invertir sus
limitaciones en efectos de creación.1
¿No es esto gracias a la orientación de los Lewis, que
no frenaron su obsesión?
Pero esta nominación tiene sus límites.
Difícilmente Donald podrá mantener una conversación que haga lugar
a la sugerencia, el enigma, el malentendido. Figuras de la
instalación de la enunciación en lo inacabado del lenguaje, donde
fuga el sentido. Sí será capaz – el informe lo demuestra- de
acopiar los datos necesarios para llevar adelante una carrera
universitaria, o para manejar una lista de nombres propios a los que
adjuntar un número de cuenta bancaria - una cantidad de dinero -
como cajero en el banco.
Un nombre un color, un nombre un animal muerto, un nombre un número
de cuenta. Lo que Donald nombra se vuelve un objeto inanimado, fijo,
idéntico a sí mismo, a diferencia del nombre propio que nunca
termina de nombrar del todo.
En los nombres de Donald no hay ese intervalo vacío, por el cual “un
nombre llama siempre a un complemento”.2
Hay un nombre en más -“Caracol”- resultado del trabajo de un
sujeto que no cuenta con un Otro barrado sino con uno sobre el que no
ha operado la extracción del objeto, opaco, que no sugiere sentido,
que escupe significantes que no llaman a ningún complemento. Este,
“Caracol”, creado por el sujeto, es el que inscribe a cada
elemento en una serie sin ley, en la que no existe la excepción que
hace conjunto. El de los caracoles muertos, por ejemplo.
Si llamamos “obsesión” a este empuje a nombrar, es porque nos
hacemos eco de lo dicho por otro sujeto “autista de alto
rendimiento” – Temple Grandin- que sabiamente afirma: “Mis
obsesiones disminuían mi excitación y me tranquilizaban (se
trataba, desde su infancia, de pensar y diseñar aparatos que
ejercieran una presión placentera en su cuerpo). Las obsesiones
pueden utilizarse de forma constructiva. Eliminarlas es quizá
desaconsejable. Así como un mal hábito que se suprime suele ser
reemplazado por otro mal hábito, lo mismo ocurre con una obsesión.
Una obsesión referida a un tema particular puede llevar a la
comunicación: quizá una comunicación sin interlocutor, pero al
menos un progreso en la comunicación. Con una guía adecuada un niño
puede ser motivado por una obsesión.”3
Resuena aquí el concepto lacaniano de sinthome.
Hay sujetos que nunca salen del autismo lo que no les impide
desplegar algún recurso sintomático para humanizar a su Otro y
crearse su propio modo de estar con los otros.
1
G. Belaga. Las psicosis infantiles: del “autismo” a la
psicotización. Virtualia No 16. Revista digital de la
Escuela de la Orientación Lacaniana. 2007
3
T: Grandin. Atravesando las puertas del autismo. Ed. Paidós
Buenos aires. 2006
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miércoles, 23 de julio de 2014
John Caracol Lewis. La creación de un nombre* - Tercera parte
*Por Gustavo Stiglitz
J.C.Maleval1
afirma que la disociación de la voz y el lenguaje está al principio
del autismo, como protección ante la presencia sonora, Real, de un
Otro demasiado angustiante.
El hablar caricatural, vacío, no dirigido a un partenaire, el
rechazo de la posición de enunciación, son el efecto de la defensa
ante lo Real, la envoltura formal de esa defensa.
Se trata de extraer, de la variedad de
envolturas que el espectro autista muestra, el mecanismo que cada uno
inventó para atemperar al Otro y hacer su vida vivible.
¿Cómo hacen soportable el traumatismo que la lengua infringe al
cuerpo los sujetos que no ceden su voz a la articulación pulsional
con el Otro?
A través de objetos. Los objetos hacen de órgano intermediario
entre el sujeto y el Otro, lo ponen a distancia.
En la clínica vemos que algunos autistas llegan ya con un objeto del
que no se separan por nada, otros lo toman del consultorio o del
propio analista. En ocasiones ese objeto-órgano está hecho con la
materialidad del significante, es una elucubración a partir de los
elementos de la lengua.
Montado en su obsesión de combinar nombres comunes y propios, Donald
identifica los objetos en lo real a partir de lo simbólico.
John Caracol Lewis es una creación para fijar, detener, el goce de
la lengua que funciona sola en la repetición del significante
“muerto”, que insiste al infinito. Es una elaboración con
elementos de la lengua, en la que lo muerto del significante se anuda
de alguna manera con la vertiente de la vida. Lo muerto de una
contabilidad vacía con lo vivo encarnado en el acto de nombrar y
alojar los cuerpos-restos de los animales muertos, dándole a cada
uno una existencia.
1
Jean-Claude Maleval. “Plutot verbeux” Les autistes.
Ornicar? Digital No 299.
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Clinica con niños
miércoles, 16 de julio de 2014
John Caracol Lewis. La creación de un nombre* - Segunda parte
*Por Gustavo Stiglitz
¿Cómo es que no somos todos autistas?
Eric Laurent dice que los nombres agujerean el sentido a un tiempo
que lo enganchan.1
Enganchan la materialidad de la lengua al sentido, lo que permite
hacer lazo.
Para ello es necesario que entre la lengua -presencia sonora- y el
viviente se produzca un vacío. La extracción del objeto voz como
pura sonoridad invasora. La pulsión invocante recorrerá ese vacío
en su circuito por el campo del Otro.
Sin esa extracción, tal es el caso del autismo, el Otro es de una
compacidad tal que su presencia sonora invade al sujeto.
La caída del objeto hace que el sujeto pueda soportar la voz del
Otro y la propia, que pueda hablar y ser hablado porque la voz queda
enganchada en el decir, en el lenguaje productor de sentido. El
objeto deja su lugar al sentido.
El lenguaje es portador de un vacío que no existe al nivel de la
lengua.
Esta operación no se produce en el autista. El sujeto, al no ceder
su voz como objeto de un decir utilizando los significantes del Otro,
paga el precio de su desenganche. Borrándose del campo del Otro, no
está representado por un significante para los otros. El lenguaje no
sirve a la comunicación, se cierra en una autosuficiencia sin valor
semántico, no produce sentido.
1
E. Laurent Curso de J.A.Miller 2000-2001 El lugar y el lazo.
Clase del 7/3/01
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miércoles, 9 de julio de 2014
John Caracol Lewis. La creación de un nombre * - Primera parte
*Por Gustavo Stiglitz
« Habría que retomar el psicoanálisis de niños
a ese nivel mínimo donde el cuerpo aparece de manera privilegiada
como un cuerpo de significante. Significante, ciertamente, pero donde
lo real tiene todo su lugar a partir del objeto (a), y si el sujeto
aparece como un efecto de real, eso es claro en el niño. »
Rosine y Robert Lefort1
En 1971 Leo Kanner publicó el
Estudio de seguimiento de once casos de niños autistas
originalmente comunicado en 1943.
Allí dice: “Tal ha sido la suerte de los once niños (que)
sugerían la delimitación de un síndrome específico. Los
resultados invitan a interrogarnos seriamente sobre el abanico de
evoluciones que van desde el deterioro completo hasta una adaptación
profesional y social limitada pero suficientemente buena.”2
Este abanico muestra que el fundamento del autismo no depende de
ningún déficit cognitivo, sino que éste será una consecuencia.
Uno de esos niños -Donald- fue enviado por sus padres a vivir en la
granja del matrimonio Lewis, quienes detectaron en él un hacer
estereotipado, que podía articularse a la vida en la granja.
Por ejemplo, contabilizaba animales muertos sin parar y le dieron la
tarea de hacer un cementerio.
El niño escribía sobre cada tumba un nombre. Así escribió “John
Caracol Lewis”, en la tumba de un caracol..
A los 36 años, Donald es soltero y vive
con sus padres. “Desde que aprobó sus estudios universitarios
trabaja como cajero en el banco local. No tiene ningún deseo de
promoción y está contento...Juega al bridge, pero nunca comienza
una partida. La falta de iniciativa parece ser su secuela más
importante. Participa poco en las conversaciones y no muestra ningún
interés por el sexo opuesto.”3
Casi 30 años antes4,
Kanner consigna que Donald, de 5 años, nombra 5 botellas de colores
de pintura, con los nombres de unas quintillizas famosas. Al azul lo
llamó Annette, al rojo Cecile, etc.
Como una especie de Adán, Donald inventa nombres para los objetos de
su interés. Explora el campo del anudamiento de la lengua con los
objetos, de lo simbólico con lo real. Es justamente una falla en el
anudamiento lo que anima su exploración.
1
Analytica Nº 44. Le
CEREDA: Centre de recherche sur l´enfant dans le discours
psychanalytique.París. 1986.
3
Ibid
4
L. Kanner. Child Psychiatry. 3rd edition. Thomas. Sprinfield
1960
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miércoles, 16 de octubre de 2013
TODOS A LA ESCUELA* - Última parte
*Por Laura Kiel
(Psicoanalista, Miembro de la EOL y de
la AMP, Coordinadora del Posgrado de Psicoanálisis con
Especialización en Educación de Causa Clínica, Coordinadora de la
Pasantía: Una práctica interdisciplinaria en el campo escolar,
Seretaria.Extensión, Facultad Psicología, UBA)
Para cerrar
La lectura de la demanda dirigida al integrador, un cálculo sobre la
propia posición del profesional, el reconocimiento de los recursos
defensivos propios del niño y la dimensión pulsional como
fundamento de la presencia perturbante del Otro son algunos de los
aportes del psicoanálisis que fueron construyendo a lo largo de
estos años las coordenadas de cada integración.
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Educación
miércoles, 9 de octubre de 2013
TODOS A LA ESCUELA* - Cuarta parte
*Por Laura Kiel (Psicoanalista, Miembro de la EOL y de la AMP,
Coordinadora del Posgrado de Psicoanálisis con Especialización en
Educación de Causa Clínica, Coordinadora de la Pasantía: Una
práctica interdisciplinaria en el campo escolar,
Seretaria.Extensión, Facultad Psicología, UBA)
Una viñeta, a modo de ejemplo.
Quiero hablar de un niño, al que llamaremos Juan, aún lo recuerdo
con esos ojos grandes que expresaban angustia pero no sostenían la
mirada, escondido debajo del escritorio de su maestra esquivando los
signos de la presencia del Otro, con un balanceo estereotipado y un
mutismo pertinaz, su mochila aún sobre sus espaldas y atento a la
puerta de salida.
La escuela consulta porque estábamos en setiembre y este niño
estaba cada vez más aislado del contexto y sumido en sus
estereotipias. ¿Cómo habíamos llegado hasta esta altura en estas
condiciones? Nadie podía darme algún dato relevante sobre los
primeros meses del año. Luego de un tiempo de entrevistas con la
directora, la maestra, los profesionales del Equipo de Orientación
Escolar, me encuentro con los cuadernos de Juan. Para mí sorpresa,
hasta junio se encontraban completos, prolijos y con buena letra.
¿Qué había pasado? Tenía que haber ocurrido algún suceso que
desencadenara esta desconexión. La suposición de un sentido para
lo que le ocurría a Juan finalmente llevó a la docente a realizar
una indiscreción. La docente (a la que le hubiera correspondido ese
primer grado pero a causa de Juan se le designó otro curso) le había
dicho casi al oído durante un recreo que si no dejaba de correr, le
iba a bajar los pantalones en el patio delante de todos los chicos
para que le vieran la cola y se burlaran de él. Juan salió
corriendo, se escondió en posición fetal y a partir de ahí no
puede volver a participar de los recreos ni a soportar ser mirado por
sus compañeros. La contingencia hizo que este niño se topara con
ese goce oscuro, sin velos, bajo la forma de esas prácticas de
crueldad ya repudiadas aunque no necesariamente abandonadas. Los
recursos con los que contaba Juan para sostenerse en la escuela y
seguramente en la vida, no le alcanzaron para hacer frente a ese mal
encuentro y estallaron en una multiplicación de ojos que lo
perseguían.
Sin ánimo de justificar ese gesto, es probable que esta docente no
pudiera anticipar el daño que le causaría a este niño, y también
suponemos que cientos de niños en sus años de docencia padecieron
tratos similares, solo que Juan se encontraba más indefenso. Un
recorrido por las aulas nos enfrentaría con los resabios de viejas
metodologías encarnadas aún en los docentes más jóvenes:
posiciones renegatorias de la propia falta, miradas aguzadas para
encontrar la falla a corregir en el alumno y modalidades de
enunciación imperativas.
El modelo escolar en su conjunto empuja a los niños con compromiso
emocional a lo peor.
La solución que pedían los docentes de esa escuela era un maestro
integrador para que mirara y siguiera a Juan todo el tiempo.
La persona que acompañara a este niño debía estar advertida de lo
perturbante que resultaba su presencia y encontrara el modo de
mostrarle a Juan que no necesitaba defenderse de ella. Pero para
esto, era imprescindible que pudiera reconocer los recursos que había
encontrado Juan para mantener al Otro a distancia. ¿Cómo lograr
que este niño dejara de destinar tanta energía para protegerse de
ese Otro que le resultaba invasivo y abusador? En lugar de sumar
sabíamos que se trataba de restar, restar presencias, voces,
miradas, todos los signos de esa presencia del Otro intolerable. La
dirección que orientaba esta intervención consistía en Hacerle a
Juan soportable el Otro.
¿Cómo intervenir sobre ese efecto de significación que arrojó a
este niño a esa posición de resto, de objeto coagulado en ese
significado inefable que le vino del Otro? Se trataba de evitar toda
presencia enunciativa, y tomar como referencia la orientación de
Lacan en el Seminario XI, la falta en el Otro la encuentra el sujeto
en la propia intimación que ejerce sobre él el Otro con su
discurso, “en los intervalos del discurso del Otro surge en la
experiencia del niño algo que se puede detectar en ellos
radicalmente –me dice eso, pero ¿qué quiere?”
Allí donde un integrador es llamado a responder, a completar, a
reponer sentido, se trataba de hacer lugar a una intimación y una
convocatoria al sujeto desde ese lugar de la falta misma, desde una
posición que sabe no saber. Posición en falta que permita a ese
niño dedicarse a su esfuerzo de invención que le permita alcanzar
ese arreglo posible entre el sujeto, su cuerpo y su palabra, tal como
plantea Jacques Alain Miller en su comentario
sobre el caso de una niña Ana en Aperiodico, Autismo I.
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Educación
miércoles, 2 de octubre de 2013
TODOS A LA ESCUELA* - Tercera parte
*Por Laura Kiel (Psicoanalista, Miembro de la EOL y de la AMP,
Coordinadora del Posgrado de Psicoanálisis con Especialización en
Educación de Causa Clínica, Coordinadora de la Pasantía: Una
práctica interdisciplinaria en el campo escolar,
Seretaria.Extensión, Facultad Psicología, UBA)
La paradoja del rol.
Tal como ya planteáramos, cada niño con su integradora es la
condición para ser “recibidos” en las escuelas. Se trata de
profesionales de distintas disciplinas -psicopedagogos, psicólogos
en su mayoría- que ingresan a los ámbitos escolares tomando a su
cargo un mandato que se esconde en los recovecos de una sintaxis
despojada de enunciación: que estos niños puedan y puedan igual que
el resto o en todo caso, si no pueden, que no se note tanto.
“Que la integradora le copie, lo saque del aula, lo ayude a
completar, se siente al lado, esté todo el tiempo, lo acompañe al
baño” son algunas de las frases que dan cuenta del lugar otorgado
a ese profesional.
Ya sea que esta demanda se exprese de manera más o menos explícita
o absolutamente inconsciente, el integrador suele ser llamado para
suturar, hacer desaparecer, borrar la dimensión de la imposibilidad
que estos niños hacen manifiesta.
Si el integrador se esfuerza por lograrlo, está reforzando o
empujando al niño a una posición de objeto, en tanto, ese punto de
imposibilidad es condición misma del sujeto. Los
puntos de imposible varían según los sistemas simbólicos y varían
según los mandatos y los significantes privilegiados que los
vehiculizan.
Es imprescindible, para plantear la orientación de trabajo,
reconocer bajo que términos se constituye ese punto de imposible en
la particularidad de cada intervención.
¿Cómo hacer uso de los semblantes para no responder linealmente a
la demanda del Otro sabiendo que ese mandato es imposible?
¿Cómo constituirse en ese Otro del niño que hace las veces de esa
garantía que la escuela reclama sin intervenir de manera
irrespetuosa y avasallante sobre sus posibilidades subjetivas? ¿Cómo
sostener el punto de imposibilidad interno al discurso educativo,
respetando esa dimensión del goce que va a permanecer
insociabilizable?
La apuesta consiste en que el profesional -orientado por el discurso
psicoanalítico- pueda construir las coordenadas lógicas que
orienten la integración. Y a su vez, que su posición le muestre al
docente un camino posible para acercarse a estos niños.
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miércoles, 25 de septiembre de 2013
TODOS A LA ESCUELA* - Segunda parte
*Por Laura Kiel (Psicoanalista, Miembro de la EOL y de la AMP,
Coordinadora del Posgrado de Psicoanálisis con Especialización en
Educación de Causa Clínica, Coordinadora de la Pasantía: Una
práctica interdisciplinaria en el campo escolar,
Seretaria.Extensión, Facultad Psicología, UBA)
Presentación
AUTISMO y ESCUELA, ambos conjuntos han sido históricamente
excluyentes, sin embargo hoy, esa intersección está creciendo de
manera exponencial, en procesos desprolijos; sin políticas escolares
orientadoras ni medidas públicas que anticipen o por lo menos
acompañen esos ingresos.
Los proyectos de integración constituyen un engranaje que conlleva
necesariamente a la patologización de los niños, quienes en muchos
casos, necesitan su certificado de discapacidad, la medicación
correspondiente para tranquilidad de todos y una maestra integradora
sin excepción, que los lleve de la mano para ingresar a las
escuelas. Resulta preocupante que se estén otorgando con tanta
liviandad diagnósticos de retraso madurativo o de trastornos del
lenguaje a niños que aún no alcanzan los dos años.
No se trata para mí de estadísticas ni legajos escolares sino de
recuerdos e imágenes de cientos de niños a los que conocí
recorriendo las escuelas y pude reconocer en sus movimientos y
balanceos, en sus miradas perdidas o esquivas, en sus cuerpos
agitados y a la defensiva, en esos deditos que se mueven al compás
de un sufrimiento profundo, en sus caminatas solitarias alrededor del
patio en los recreos, en sus capuchas puestas a modo de una armadura
protectora, en esos bunkers que a veces les permiten armar con bancos
para mantenerse a distancia del resto y por supuesto, también en la
inmanejable ferocidad con que en ocasiones se estrellan contra las
paredes o contra los cuerpos de los otros niños.
El Estado está cumpliendo con su deber de garantizar el derecho a la
educación a todos en la escuela común. Sin embargo, la lógica
bajo la cual lo intenta, introduce a los niños en una maquinaria
trituradora de sujetos en la medida que necesitan contar con su
certificado para ingresar a ese TODOS, y lo hacen precisamente, en
tanto “discapacitados”, aplastados bajo esa nomenclatura que los
congela.
A esta altura, ya estamos en condiciones de reconocer las
consecuencias para estos niños arrojados a dispositivos escolares
sin contemplación de su subjetividad por tendencias fundamentalistas
de empuje al Todo. Podríamos sintetizar esta perspectiva en el
siguiente dicho: “todo es poco, todo y más. Si se puede todo
porqué no?”. Reconocemos en este enunciado, la fórmula del
mandato superyoico actual. Porqué no?
No se trata solamente de disquisiciones teóricas; los efectos de
estas preguntas se hacen carne en los cuerpos de los niños
mortificados por una medicación como respuesta o los condena a
perder la dignidad en manos de las TCC transformándose en poco más
que ese perro de Pavlov que respondía a estímulos, reforzamientos,
adiestramientros de las conductas.
Frente a las prácticas intervencionistas, acciones directas, que van
desde los reforzamientos de las caritas tristes y la aplicación de
correctivos hasta el avance de la medicalización, los psicoanalistas
nos acercamos “al esfuerzo de cada sujeto por tratar su síntoma y
a su recepción en las instituciones que, sin nosotros, tendrían
tendencia a querer tratarlo como categoría”, al decir de E.
Laurent.1.
En general, la presencia de un profesional
orientado por el psicoanálisis lacaniano introduce cierta pausa y
moderación en los modos precipitados de intervenir en los ámbitos
escolares, pero en la particularidad de estos niños comprometidos en
su constitución subjetiva, esta presencia hace una diferencia
sustancial en tanto subvierte la lógica reinante y la posición de
los adultos.
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miércoles, 18 de septiembre de 2013
TODOS A LA ESCUELA* - Primera parte
*Por Laura Kiel (Psicoanalista, Miembro de la EOL y de la AMP,
Coordinadora del Posgrado de Psicoanálisis con Especialización en
Educación de Causa Clínica, Coordinadora de la Pasantía: Una
práctica interdisciplinaria en el campo escolar,
Seretaria.Extensión, Facultad Psicología, UBA)
Introducción
Agradezco esta oportunidad para transmitir mi preocupación por la
situación actual de muchísimos niños, que han sido ingresados o
mejor dicho, que están dentro de las escuelas comunes con ese
diagnóstico de amplio espectro conocido como TGD (Trastorno
Generalizado del Desarrollo).
A su vez, me gustaría compartir una inquietud que me acompaña hace
años: ¿qué tenemos para ofrecer los psicoanalistas a los docentes
a cargo de recibir y alojar a estos niños en las escuelas?
La experiencia que vengo realizando hace años en Educación me
brindó la oportunidad de acercar los aportes del
psicoanálisis a los ámbitos escolares; a su vez, ofreció la
ocasión a tantos docentes de verificar la eficacia y la potencia
del discurso analítico.
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miércoles, 30 de mayo de 2012
Los niños y los síntomas del siglo XXI * - Cuarta parte
*Por Graciela Giraldi (
Psicoanalista - Miembro de la EOL y AMP)
Cambios
en la familia
La misma familia del niño ha
cambiado. Lo muestra la obra de teatro de Antonio Gasalla titulada "Más
respeto que soy tu madre". La autoridad paterna caracterizada antiguamente
por su dirección verticalista en la que reinaba el temor de los hijos, pasó a
ser horizontal, donde la pareja de padres está enterada que asumir la autoridad
ante los hijos es lo contrario del autoritarismo.
Dicha metamorfosis de la
autoridad paterna tiene incidencias en el lazo actual de la familia del niño
con el pediatra, el maestro, el psicoanalista. No hay que desesperar, nuestra
civilización es más realista, porque se apoya en la inexistencia del padre
ideal de todo saber y poder, el que nos ordenaría la vida y nos sacaría las
papas del fuego. Ese
mismo agujero llama a la responsabilidad de cada practicante que responde a las
problemáticas infantiles, haciendo uso de la invención en nuestro trabajo
diario. La
subjetividad de nuestra época no sufre porque las cosas no funcionan como
quisiéramos, porque sabe que el malestar cultural es estructural. Nuestra
civilización padece de los impasses generados por las falsas ciencias, cuando
se evalúa, se clasifica y se etiqueta por igual a todos los niños y jóvenes en
base a un protocolo de preguntas y respuestas pre-establecidas: fracasado
escolar, drogadicto.
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miércoles, 23 de mayo de 2012
Los niños y los síntomas del siglo XXI * - Tercera parte
*Por Graciela Giraldi (
Psicoanalista - Miembro de la EOL y AMP)
¿Pero cómo son los chicos y
las familias que hoy nos llegan al consultorio, con qué dificultades del lazo
nos encontramos, y cuáles son las nuevas formas en que se manifiestan los
síntomas de los niños y adolescentes? Observamos que los calladitos y
reprimidos niños de anteriores épocas se transformaron en chicos parlanchines,
sin miedos, desatados y hasta desafiantes muchas veces ante la autoridad de los
adultos, lo que se manifiesta en el lazo con su pediatra y maestro.
El lugar del ideal que antes
ocupaba el niño para sus padres rotó al lugar del niño como objeto de goce de
la madre, de la familia y de la civilización. Estos niños "Amos"
fascinan por un lado a los mayores porque parecen saber lo que quieren, pero
por otro lado inspiran miedo a sus padres, quienes se muestran impotentes para
ponerles límites. Los dejan pasarse de revoluciones en su excitación, y en
ocasiones le piden al neurólogo que los medique por hiperactivo.
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miércoles, 16 de mayo de 2012
Los niños y los síntomas del siglo XXI * - Segunda parte
*Por Graciela Giraldi (
Psicoanalista - Miembro de la EOL y AMP)
Desde las neurociencias y
las psicoterapias cognitivistas y del adiestramiento de la conducta, la salud
mental se organiza excluyendo la subjetividad del paciente. De allí que se
quiera abortar al síntoma: anorexia, bulimia, problemas de aprendizaje escolar,
adicciones tóxicas, fenómenos psicosomáticos, angustia de pánico, autismo
infantil, degradándolo a un trastorno (TDAH, TOC, síndrome de Asperger) a una
disfunción o a alteraciones de la conducta, de la inteligencia, de la alimentación,
etcétera.
Dichos rótulos sobre los
fenómenos disfuncionales, al prescindir de la interrogación al niño sobre su
padecimiento, no son diagnósticos, en tanto el arte de diagnosticar se apoya en
el caso por caso.
Como al niño lo traen sus
padres a la consulta, ellos nos hablan angustiados o desesperados sobre lo que
consideran el síntoma de su hijo. Pero también tendremos que localizar qué dice
el niño sobre cuál es su padecimiento.
La otra cara del buen uso
del síntoma se pone en evidencia, por ejemplo, en el médico que no puede dejar
de atender a sus pacientes, porque su querer curar es más fuerte que él mismo.
O del niño que se traga los libros de cuentos, del joven que practica con
pasión un deporte, etcétera.
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viernes, 11 de mayo de 2012
Los niños y los síntomas del siglo XXI * - Primera parte
*Por Graciela Giraldi (
Psicoanalista - Miembro de la EOL y AMP)
¿Qué es la salud mental? Si
bien la Organización Mundial de la Salud no dispone de una definición oficial
científica, sí opone los términos de la salud mental a las enfermedades
nerviosas. En la perspectiva psicoanalítica la salud mental no existe, en tanto
los humanos estamos marcados en nuestro cuerpo y en nuestros pensamientos por
las palabras, nos sostenemos en la vida con nuestros pequeños delirios, y sin
llegar a ser psicóticos estamos todos un poco locos.
Según se aborde la cuestión
del síntoma en los niños, se puede aliviarlo a cronificarlo. Es común que si un
chico presenta problemas en la escuela se diga apresuradamente: síndrome de
hiperactividad, sin que nadie le pregunte antes al niño: ¿qué te está pasando?
En cambio, se medica y re-educa a todos los niños por igual.
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miércoles, 28 de diciembre de 2011
La respuesta a un discurso de violencia* - Última Parte
*Por Adela Fryd (Miembro de la EOL – AME)
Artículo publicado en el “Aperiódico Psicoanalítico”
Quisiera entonces destacar aquí que lo que se pone en juego son sujetos que deniegan, llegando a desconocer lo más oscuro e inquietante que los alberga. O, al decir freudiano, las pulsiones que los habitan. Pero si bien se trata de niños que no llegan a ningún reconocimiento ni de sí mismos ni del Otro, estigmatizados por una indiferencia atroz, su posición es una respuesta con la que cuentan frente al traumatismo producido por estos encuentros paradigmáticos del Otro que no existe en esta época.
Por ello, quedan fragilizados frente al hecho traumático y, a diferencia del caso de Claus y Lucas, en el cual la responsabilidad por la respuesta se plasma en las diversas actuaciones de la vida, en estos casos se trasluce una irresponsabilidad ante el propio goce, que a su vez redunda en una imposibilidad para poder responder o escuchar sus propias satisfacciones sintomáticas.
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miércoles, 21 de diciembre de 2011
La respuesta a un discurso de violencia* - Sexta Parte
*Por Adela Fryd (Miembro de la EOL – AME)
Artículo publicado en el “Aperiódico Psicoanalítico”
El niño nace en un vacío, en un lugar donde el Otro lo espera o no. Casi siempre vemos, cuando nos traen al niño a una consulta, que un otro lo alojó de alguna manera. Es ese encuentro lo que le va a plantear la entrada en un discurso parental. Le va a poner palabras a ese goce sin palabras, a eso que perdió al nacer y que nunca va a reencontrar. A ese encuentro, Lacan lo va a llamar “el niño traumatizado”, traumatizado por su goce, por sus satisfacciones, traumatizado por ese encuentro que no se sabe cómo va a recibir o escuchar. Existe un ejemplo importante en la clínica, que relata Lacan en el Seminario XI: “Ví con mis propios ojos el mutismo de un niño que no había sido escuchado en su voz en el momento oportuno”.[1] Lacan nombra la mirada, para poder decir que vio con sus propios ojos a un niño que no había sido escuchado precozmente, y en el momento su voz no había sido escuchada. Frente a este acontecimiento el niño entra en un mutismo total. Él no responde con su voz, porque no le respondieron a su voz.
Cuando ningún Otro regula, lo que aparece es un comandamiento, que resulta muy común en esta época, que impone el gozar. Lo vemos, por ejemplo, con las drogas; muchos chicos se sienten interpelados a probar ciertas drogas, o incluso a exhibir su capacidad de ser violentos. Se sienten obligados a mostrar frente a los otros la violencia. Éric Laurent lo plantea como una antinomia entre el goce narcisista y la disposición al Otro. Ubica a estos niños en una tiranía narcisista -como lo llamaba Lacan- donde lo que se produce es la tiranía de todos o el tormento del yo.[2]
Ante estas destituciones tan tempranas del Otro, aparece entonces como respuesta un empuje a la impulsión. El cuerpo propio del niño con su violencia aparece como un Otro. Si el niño rechaza tomar los significantes del Otro, podrá llegar a optar por una falsa separación en forma de una verdadera fuga por el lado motriz. Así es como las satisfacciones se presentan más directamente al sujeto a través de gadgets (como por ejemplo la Playstation, la Wii y los juegos de computadora). El gadget es prácticamente una práctica autista, condensa una satisfacción autoerótica, porque claramente no pasa por el Otro. Son niños que no pueden acceder a los productos de un discurso, como cuentos, historietas o montajes de ficción con muñecos. La satisfacción está tan ligada a los objetos que lo que muestran los gadgets es cómo “el objeto tiene más valor que el ideal.”[3]
[1] Jaques Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires: Paidós, 1987.
[2] Éric Laurent, “La tiranía narcisista”, en Uno por uno, n° 39, 1994.
[3] Éric Laurent y Jacques-Alain Miller, El Otro que no existe y sus comités de ética, Buenos Aires: Paidós, 2005.
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miércoles, 14 de diciembre de 2011
La respuesta a un discurso de violencia* - Quinta Parte
*Por Adela Fryd (Miembro de la EOL – AME)
Artículo publicado en el “Aperiódico Psicoanalítico”
Un niño irrefrenable de tres años que llamaremos S., con una llamativa lucidez dice: yo hago lo que quiero, yo decido lo que quiero y yo voy a decir lo que se tiene que hacer. Cuando organizan una salida y le piden que se ponga las zapatillas, él contesta: no, me voy a poner las zapatillas de papá. Este niño maravilló a los padres porque mostró una soltura muy diferente a sus otros hijos. Aparecía como un meteorito extasiando a la madre con su simpatía y se ubicaba como el ideal de su padre, ya que a su padre le hubiera gustado ser aquello que es su hijo. ¿Por qué vienen entonces a la consulta, si este niño es maravilloso?
El problema era que su hijo, supuestamente excepcional, se había tornado intratable; según ellos, pretendía ser reconocido a cada minuto en lo que decía, lo cual era una locura. Este niño era un revolucionario de sí mismo. Permanentemente tenía que estar justificado y autentificado por el Otro. Este exceso que estamos describiendo terminó siendo un exceso de goce para el niño mismo. Se encontraba excedido porque ninguna de las palabras que le ofrecía el Otro podía pacificarlo.
Este objeto precioso que, en un punto, fue para los otros también, es su responsabilidad quedar fijado a ello y creer que eso es posible y en principio, a éste niño le es difícil la separación con la madre, dificultando así la aparición de un objeto que intermedie entre el y ella, objeto guía de aquello que se perdió como goce con la madre.
El sujeto se constituye el lugar que llamamos “campo del Otro” tomando al Otro como lugar simbólico constituyente, de ahí que lo diferenciemos de cualquier otro que rodea al niño. No cualquiera puede instituir este lugar. El narcisismo también se constituye en el campo del Otro, y ello es una forma de investidura libidinal necesaria para la vida. El niño se encuentra con significantes que toma del Otro, con significantes que le permitirán nombrar lo innombrable para poder hacer algo con lo que a él le sucede y poder darle alguna significación.
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