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miércoles, 6 de abril de 2011
Violencia y literatura: Entrevista a Jorge Santiago Perednik * - Última parte
* por Edit Tendlarz (publicado en el Aperiódico Psicoanalítico)
−Cuando en los medios y en la calle se habla de una violencia sin códigos, entendiendo códigos como aquello que de alguna manera la sociedad justifica, ¿podríamos estar hablando de esa pulsión, una de las más antiguas que Freud llama en El porvenir de una ilusión, el gusto de matar?
−Ese gusto de matar, que el escrito freudiano considera una de las pulsiones más antiguas en el ser humano, es también según Freud una orden dada por la cultura. Lo anota una sola vez y como al pasar, pero tiene máxima importancia porque crea una tensión entre lo pulsional y lo cultural, que dejan escuchar órdenes distintas. Porque al mismo tiempo que la cultura dice “mata” emite otro mandato, "no matarás". Esto según Freud es cultural, y entra en la categoría de las prohibiciones, para mí también es pulsional; hay, con el gusto de matar, un horror a matar que es una pulsión fuerte, además de una prohibición de la cultura. Desde el interior y el exterior, por dos vías, se le ofrece a la persona esta contradicción, “mata”, “no mates”, que la sociedad no puede resolver, pero de la que no se puede desentender, para que sea resuelta en el ámbito del individuo. La cultura también ofrece a la contradicción, en cada época, modos de expresión distinta y modos de ocultamiento distintos. Cuando en una sociedad se incrementa el número de quienes gozan con el “mata”, hay que pensar qué está pasando. Estamos azorados hoy con el gusto por matar encarnado por la delincuencia de origen marginal, con el número creciente de adeptos a este gusto, pero ya nos olvidamos que en los 70, ayer no más, había un gusto de matar justificado por ideologías, esto es, que revestía formas culturalmente sofisticadas. Y que otra forma sofisticada recurrente en la historia y madre de las peores crueldades es el gusto de matar alentado desde las religiones contra adeptos a otras religiones. Alarma a muchos en la actualidad que para tantos individuos sea más fuerte el gusto matar que su contrario, y alarma a muchos también otro fenómeno asociado y es que la sociedad desde sus instituciones, al mismo tiempo, se haya desentendido en los hechos del problema, ejerza uno de los niveles más bajos de contención delincuencial desde el poder. Cabe preguntarse hasta dónde estos fenómenos no están vinculados, hasta dónde una violencia que era despiadadamente estatal durante la dictadura, ahora que el Estado decide abstenerse de intervenir, sin que nada en las circunstancias lo justifique, no emerge bajo otra forma, el estatismo por omisión. Y hasta donde esta conducta omisiva no está ligada a un uso delincuencial del Estado por parte de los funcionarios. Como si la corrupción gubernamental no quisiera meterse con su reflejo marginal o encontrara allí nuevas posibilidades. Esto se relaciona con la pregunta anterior, y habría que decir que los funcionarios practican una doble política con el nombre del padre: son kleinianos, si vale la broma, disponiendo de un nombre del padre bueno y uno malo según los momentos y los hijos.
−El psicoanálisis al brindar la posibilidad de abrir un espacio privilegiado de diferenciación con el otro, ¿podría operar como un paliativo hacia la violencia?
−El psicoanálisis, como la literatura, son instancias de diferenciación con el otro y también de mediación con uno mismo, y como tales, sin duda, paliativos contra la violencia. Pero las preguntas que aquí se formulan tienen un contexto que no es la violencia, un componente usual en toda sociedad, sino el exceso de violencia, la hiperviolencia cotidiana, la violencia plus, un momento excepcional en la vida de las sociedades. Es una respuesta de lo real de la marginación a un pedido imposible de la ficción de los objetos: cómprenme, y si no pueden, consíganme de manera fácil. O a un pedido del camino de éxito que marca la sociedad: enriquézcanse, y si no pueden mediante el trabajo, busquen alguna otra vía. La pregunta de lo real es: cuando un ladrón sube a un colectivo y después de robar al chofer le corta varios dedos, o cuando asalta la casa de un viejito y después de robarle todo lo ata y le prende fuego, en eso consiste la violencia plus, ¿qué pueden hacer la literatura o el psicoanálisis, qué pueden paliar? Estarán las sesiones de consulta profesional y los libros a disposición del chofer o el viejito y como paliativos a sus convalecencias, pero también estarán el espejo y los ojos para ver las quemaduras y los dedos que faltan. Peor son esos casos cada vez más numerosos en que las víctimas de robo son asesinadas sin necesidad, porque sí, ilustraciones casi perfectas de una hipótesis de Freud que uno quisiera exagerada: el gusto por matar convertido en gesto cultural. Hoy leo en internet, en la página de Clarín.com este titular: “Le roban las zapatillas y el celular y luego le pegan un balazo en la cabeza.” Ese “luego” termina de armar la violencia plus como un movimiento de dos pasos: ya tenían las zapatillas y el celular, ya realizaron el mandato del consumismo; el segundo momento, gratuito, es darle un tiro en la cabeza. Pedir que el psicoanálisis o el arte cambien este aspecto de la cultura, algo que los excede por completo, es proponer, porque los paliativos no cambian el mundo, que no queda nada por hacer. Sin embargo, cuando el presente trágico alcanza tamaña magnitud, al revés de lo que afirmaba el diseño griego clásico de la tragedia, queda todo por hacer, aunque no sea tarea del psicoanálisis o la literatura. ¿Cuál es el hacer de los funcionarios sobre el hacer de la violencia? Sacarle provecho: en el caso menos criticable considerarlo un buen tema para los discursos.
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miércoles, 30 de marzo de 2011
Violencia y literatura: Entrevista a Jorge Santiago Perednik * - Tercera parte
* por Edit Tendlarz (publicado en el Aperiódico Psicoanalítico)
−¿Cree usted entonces que la sociedad actual estimula la violencia? Relacionando lo dicho con la declinación del nombre del padre, en cuanto a un orden institucional decadente y demás, ¿cómo impacta en la familia y en su decadencia como institución? ¿Genera violencia?
−Sí, y por varias vías. Si se delinque para tener un celular último modelo, o comprarse el par de zapatillas que está de moda, o conseguir droga, es porque la sociedad impone tales objetivos. Y todos los días en muchos puntos de las grandes urbes, hay bandas de muchachos que se dedican a robar para satisfacer estos estímulos que no apuntan a una necesidad primaria, a comer. La voracidad por el consumo es uno de los grandes generadores de violencia. La sociedad ordena: “consume” o mejor, porque no guarda respeto por los receptores: “consumí”. Los receptores acatan la orden como pueden y en la medida que pueden, pero hay una posibilidad de hacerlo rápidamente y con el menor esfuerzo, delinquiendo. En otros ámbitos esta eficiencia se expresa mediante la corrupción, el otro gran generador de violencia. Con tal de seguir enriqueciéndose en la función pública el político y el funcionario cambian de partido, de idea política, de valores, de convicciones, de líderes, de discurso. Y lo mismo hace el empresario. Este modelo del corrupto, el que se enriquece sin esfuerzo y a costa de los demás, es un gran generador de violencia entre los que necesitan un esfuerzo mayúsculo para apenas sobrevivir. Lo que los de arriba hacen mediante la corrupción, conseguir dinero de manera rápida y sin esfuerzo, con una eficiencia sin ley, los de abajo lo copian como pueden: cada vez más mediante acciones delictivas contra las personas y sus bienes. Otra fuente de violencia plus es el clientelismo, que junto con la corrupción llevan a hacerse la pregunta de si la política en ciertas zonas del país no se reduce a eso, clientelismo y corrupción. Este modelo propone a la sociedad una suerte de feudalismo en plena era post-industrial, y al cliente un chantaje siniestro, someterse a una cuasi-servidumbre personal y política a cambio de un mal pago, lo que también alimenta una violencia plus. El funcionario o el político ejecuta obras o dice favorecer a su cliente, pero necesita perpetuar las condiciones de marginación y extrema pobreza que permiten la relación clientelista. De manera que su política social apunta a eso, a que los cambios en definitiva dejen intactas las condiciones para que los clientes existan y se multipliquen. Finalmente hay una falla de la sociedad en la construcción de un orden simbólico, que entonces es reemplazado por la cruda realidad de los objetos como modos de satisfacción. Se me ocurre que las cosas llegaron a un punto que reedita la ya añosa contradicción que proponía Sarmiento entre civilización y barbarie. Hoy la barbarie estaría encarnada por estas mini-hordas violentas que provocan inseguridad, desde la toma de calles y caminos, pasando por las ocupaciones de terrenos y viviendas hasta el robo y el homicidio masivos. Esto conmociona las aguas que quieren ser tranquilas de la civilización. La pregunta es si estas fuerzas perturbadoras no son la manifestación de una rebelión, que excede las intenciones o programas del patronazgo de sus líderes, contra lo que la civilización construye como su cotidianeidad. Si no habría que considerarlas, entonces, bajo una dimensión política. Si no será que se la llama “barbarie” porque se quiere volverla extranjera, poner en otros lo nuestro que no queremos ver. Ya la denominación de barbarie es un contra-efecto de borradura por generalización en virtud del cual todos los bárbaros son iguales y todas las barbaries también, un recurso para no pensar el fenómeno. A lo que hay que agregar cierto efecto anonadador: lo mismo que provoca la violencia plus en la víctima, el mismo aturdimiento, lo provoca la presencia de la mini-horda en la sociedad.
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miércoles, 23 de marzo de 2011
Violencia y literatura: Entrevista a Jorge Santiago Perednik * - Segunda parte
* por Edit Tendlarz (publicado en el Aperiódico Psicoanalítico)
−¿De qué manera la literatura se compromete, por así decirlo, en reflejar el mundo en el que vivimos? ¿Es que acaso hay alguna posibilidad de hacerlo?
−La mayor parte de la literatura se dedica a eso, a reflejar el mundo en el que vive, a ser un reflejo. Incluso a veces llama a ese reflejo “compromiso”. A mí me interesa otra cosa, un poco más compleja. Para dar vuelta el chiste, más que la literatura comprometida me gusta la literatura soltera, que sería la que en primera instancia no asume compromisos más que con la literatura misma, apunte o no a temas sociales. A esto en la antigüedad griega lo llamaban virtud. La virtud de la literatura consiste en un hacer antes que nada literario. En cuanto a reflejar la realidad, si es anoticiar sobre lo que pasa, hay otro discurso cuya función y virtud es ésa, el periodismo. La literatura, al dedicarse a esa tarea, hace del periodismo su modelo, tal vez cautivada por la masividad de sus lectores; hubo tiempos en que las cosas eran al revés, cuando los periodistas admiraban e imitaban a los escritores. Hay otro caso notable, digno de estudio: el de una literatura que se anticipa a lo que sucede y describe cosas, hechos o situaciones que tardarán años en ocurrir; me acuerdo ahora de La naranja mecánica como un ejemplo preanunciador de la violencia plus: muchos episodios de la novela relatan lo que décadas más tarde aparece cotidianamente en los diarios. En estos casos la realidad copió a la literatura, “la naturaleza imitó al arte”. Lo que permite por el absurdo un segundo chiste de extrema seriedad: hablar o exigir, en vez de una literatura comprometida con la realidad, una realidad comprometida con la literatura. Pedirle a la realidad que lleve su compromiso hasta decidir qué historia literaria elige reflejar y luego emprenda su construcción.
−En este mundo, donde la inseguridad es un imperativo del que no podemos escapar ¿qué posibilidades tienen las distintas disciplinas artísticas para gritar, para llorar, para frenar algo de esto?
−El arte, una realización plástica o musical por ejemplo, tiene todas las posibilidades de expresarse por cualquier vía que la imaginación pueda concebir, pero nunca por ese camino va a frenar la violencia social, porque ése no es su papel. Si en algún caso hace menos virulento lo que pasa en la sociedad, como en mi hipótesis, no es mediante lo que se dice sino por efecto de lo que se hace, por la violencia de las formas, y con resultados que no superan el nivel individual. Para decirlo con Aristóteles, el arte cura, o tiene efectos purgativos, persona por persona; las curas sociales son cosa de otras disciplinas, tal vez en última instancia de la política. Pero el empeño purgativo de la polis sobre las personas suele hacer tales desastres, empujar a la violencia de tal modo, que luego la sociedad necesita ser curada de su cura. Es lo que ocurre en la actualidad, con una violencia plus que sólo se puede explicar como reacción o producto de diversas prácticas políticas, todas negativas porque parten del principio de alienación. Alienan a la persona de toda participación activa en la sociedad que integran. En cuanto a la inseguridad estoy de acuerdo en que es un imperativo, o en otras palabras, que es propia de la realidad humana, e incluso de todo lo vivo. La cultura trata de borrar esto y dar una ilusión de seguridad; lo interesante es impedir que se nos arrebate esta conciencia de inseguridad permanente, pero a la vez vaciarla de un contenido negativo, aprender a no reaccionar ante ella con temor, verla como el espectáculo de lo siempre distinto. Claro que acá se trata de otra cosa: de la inseguridad que provoca ese prójimo en las sombras que aparece en cualquier momento y te manda al hospital o te mata.
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miércoles, 16 de marzo de 2011
Violencia y literatura: Entrevista a Jorge Santiago Perednik * - Primera parte
* por Edit Tendlarz (publicado en el Aperiódico Psicoanalítico)
−¿Usted cree que la literatura, en la actualidad, da cuenta, de alguna manera, de la situación de violencia que está viviendo nuestra sociedad?
−La literatura es un ejercicio extremo de violencia. Pero de una violencia que no se ejerce contra el prójimo o el extraño sino a favor de lo extraño, o de lo próximo. Es una vía de corrimiento que, mediante la lectura de un texto, arranca abruptamente a la persona del aquí y el ahora, la sustrae de la cotidianeidad. Una cuestión central para lo artístico o lo literario, al menos en sus mejores intentos, es romper con lo inmediato, romper las relaciones de inmediatez que entablan las personas, y la violencia de la cultura apunta a ese objetivo. Otra cosa es la violencia en la cultura o en la sociedad. De ella también la literatura da cuenta, pero no con sus mejores exponentes. Digamos que la vertiente literaria menos interesante es la que se dedica a eso, a dar cuenta, que parecería ser misión de otros discursos, como la historia o las ciencias sociales. Por otro lado, paradójicamente, referirse a la violencia individual o social es, en sí, el momento menos violento del arte o la literatura, salvo si esas referencias son aparentes, falsas, una ficción para sacar al lector de su presente. En esos casos la literatura ejerce otro de sus forzamientos favoritos, que es el engaño − un engaño anunciado, que se confiesa al decirse literario. En cuanto a la sociedad hay una violencia institucional que está presente en todos los agrupamientos humanos complejos, siempre. También hay, para conjurarla, un tratado de paz a observar entre los vecinos, constitutivo de lo social, que muchos desean pero nadie firmó, y hoy por hoy tiene como garante a un Estado que se supone trata de hacerlo cumplir. Imponer la paz es en sí mismo un propósito violento, y esta es una paradoja. Otra es que las sociedades complejas se constituyan con una violencia original y un tratado de paz original, en tensión perpetua. Pero a lo que la pregunta se refiere es a una violencia individual, que también está presente en todas las sociedades pero con una intensidad variable, y que en Argentina se ha venido exacerbando en los últimos tiempos. Estamos pasando ahora por una etapa que me gusta denominar de violencia plus, y que consiste en un exceso insoportable respecto a las reacciones violentas propias de toda sociedad. Esa insoportabilidad de la violencia plus no es su aprovechamiento mediático, su publicidad, como algunos pretenden; es la gratuidad con que se ejerce, su no necesariedad, su ejercicio como don u ofrenda a las víctimas, y por su intermedio a una instancia superior que es la sociedad toda. La repetición de este plus, su insistencia, vuelve a la violencia una suerte de ritual laico, una especie de sacrificio a los dioses de la destrucción que las víctimas reciben con terror y la sociedad con horror, pero para los perpetradores es una ofrenda a su otro. La violencia plus practica un movimiento novedoso, el potlatch invertido. En el ritual del potlatch la donación a una persona es un gesto social receptado y valorado por todos. En su inversión violenta, al donar ese plus de castigo a la víctima, ni ella ni la sociedad pueden racionalizarla, y justamente ahí está su gratuidad, su imposibilidad de pensarle un valor; en cuanto al perpetrador obtiene con su ofrenda siniestra una satisfacción social, una reparación: al pasar a ser de víctima victimario, imaginariamente restablece el orden ideal del que la marginación lo había expulsado. Esta violencia individual y la del arte tienen algo en común, y es que en ambos casos hay un equívoco, algo dirigido a la sociedad que se desplaza y cobra cuerpo en un objeto individual. Ocurre en los ataques a las víctimas de robo, con el plus de violencia que sigue cuando el objetivo de la acción ya fue conseguido: tras robarle el auto a alguien le dan una paliza o lo matan sin motivo aparente, con un plus que funciona como una gratuidad o un regalo indeseable. En el arte o la literatura pasa otra cosa: el desplazamiento tiene como destino no un individuo sino una obra, y queda encapsulado allí, de modo que no lesiona los cuerpos de las personas. Por hipótesis, a medida que la violencia del arte entra a jugar para un artista o escritor, la individualización de la violencia social en él se neutraliza. En los lectores tiende a pasar lo mismo aunque me parece que en algún caso, en vez de conjurar la violencia, la puede disparar.
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miércoles, 13 de octubre de 2010
Sobre "El peso de la tentación" *
*por Ana María Shua (Escritora Argentina)
Luego de la lectura del libro de Ana María Shua, El peso de la tentación, el Aperiódico Psicoanalítico contactó a la autora para preguntarle cómo fue que se puso a escribir sobre esta temática, y de qué manera decidió cuáles serían las características centrales de la novela, en cuanto al argumento y al tipo de abordaje. Amabilísimamente, recibimos este texto por respuesta.
Es difícil para un escritor entender sus propios “cómo” y “por qué”. Sobre todo los “por qué”. Aunque nunca fui obesa, la cuestión de comer o no comer siempre estuvo muy presente en mi vida personal.
En mi novela "El peso de la tentación" se cuenta la historia de un grupo de personas encerradas en un centro de adelgazamiento que utiliza métodos extremos y pesadillescos. Nunca estuve en un lugar así. De toda la novela, lo que es rigurosamente autobiográfico es la historia clínica de la protagonista: fui a todos los médicos, tomé todas las pastillas, siempre en lucha contra mi voracidad y tendencia al descontrol. Mi hermana era, igual que yo, una gordita dietera, hasta que hace treinta años se fue a vivir a Estados Unidos. Allí, la ausencia de presión social contra los gordos, tan deseable desde cierto punto de vista y tan peligrosa desde otro ángulo, le permitió convertirse en una mujer de 105 kg. con 1,52 m. de altura. Varias veces bajó más de treinta kilos, varias veces los volvió a subir.
A pesar de que la cuestión está presente constantemente en cada instante de mi vida (estoy siempre arrepentida de lo último que comí y pensando en lo próximo que voy a comer), no me parecía adecuado para una novela. Traté de resistirlo. El tema de los gordos no es prestigioso, no parece adecuado para escribir Gran Literatura, los gordos son ridículos, son cómicos, son objeto de burla. Ningún actor de tragedia podría ser gordo, un gordo es visto por la sociedad como una especie de payaso siempre en funciones. En cierto modo era un desafío y después de muchas dudas (pero uno no elige tanto lo que escribe) me decidí a encararlo.
Me preguntan mucho acerca de mis investigaciones. En general, fueron sobre mi propio cuerpo. Pero además, años de participación en grupos de gordos me hicieron conocer experiencias ajenas. Todo esto sin haber sido jamás una auténtica gorda, pero cada día, cada hora, cada minuto luchando por no serlo.
Desde otro punto de vista, a mí me interesa mucho escribir sobre grupos de personas en una situación de encierro, y sobre las relaciones de la gente con una autoridad injusta, ante la cual algunos se someten y otros se rebelan. Este tema de fondo reaparece en casi todas mis novelas. La medicina y la relación sado-masoquista entre médico y paciente también están presente en muchos de mis otros libros.
Creo que El peso de la tentación no sólo tiene que ver con la obesidad, sino, en general, con todas las adicciones. El abordaje psicológico de la adicción es útil desde el punto de vista del individuo, pero insuficiente desde el punto de vista de la sociedad. La droga no entra por demanda, entra por oferta. Todo tipo de droga. La comida no es una droga, pero sí lo es el comer demás. La industria alimentaria mundial necesita colocar sus productos a toda costa y la consecuencia es la epidemia de obesidad que se expande por el mundo entero, incluso entre los países más pobres: la obesidad en la pobreza es un hecho real y bien conocido por los investigadores.
Y dando un paso atrás, con más perspectiva, creo que El peso de la tentación es una novela acerca de la libertad y del libre albedrío. Como narradora, no tomo partido. En lo personal, no creo que entregarse inmoderadamente a la adicción sea una forma de libertad. Es la represión la que nos hace humanos. Tampoco estoy de acuerdo con los métodos coercitivos que intentan reemplazar la voluntad. Pero ceder nuestra libertad a otros no es menos riesgoso que cedérsela a una pizza grande. ¿Cuál es la solución? Soy una escritora de ficción, no es mi misión encontrar soluciones, sino plantear preguntas.
(Artículo publicado en el "Aperiódico psiconanalítico")
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miércoles, 14 de abril de 2010
"Fernando Pessoa: un retorno a la subjetividad." *
* Por Miguel Ángel Alonso (Miembro de la ELP)
Como contrapunto a una sociedad que rechaza con furor inusitado lo subjetivo, en la que se asienta con una fortaleza casi absoluta lo imaginario, impulsada por corazones que laten al ritmo de impulsos tecnológicos, como contrapunto a una sociedad en la que se ofrece todo como alcanzable eliminado la imposibilidad y el vacío que nos habita, se nos ofrece, sugerente, un estado del alma asomado al desconocimiento: Fernando Pessoa.
Es él uno de los poetas portugueses por excelencia. Sus palabras, setenta años después de su fallecimiento, perduran vívidas soportando melancólicas, pero nítidas y serenas, la marca indeleble de la verdad misma del ser humano.
La presentación de Fernando Pessoa sólo puede hacerse a través de sus heterónimos, personajes independientes, voces singulares que el poeta fue descubriendo dentro de su propio ser, diferentes incluso a la de aquél que las sintió crecer. Los nombres de los principales heterónimos son: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, y el propio Fernando Pessoa, además del semi-heterónimo Bernardo Soares, personaje de un discurrir vital más cercano al del propio poeta.
Fernando Pessoa es la morada que acoge la tristeza confortable de una existencia múltiple, el clamor de tantas voces que, sin propósito, se reúnen dignificando su vacío, abrochando, universalizando en una obra de literatura la expresión de sensaciones y paradojas, “paz de angustia”, “sosiego hecho de resignación”, pérdida de la inconsciencia, o lo que es lo mismo, conciencia de la irremediable derrota final. Un “saber hacer” mezcla de acción y sueño, manera que tiene su ser de habitar el lenguaje a través de la escritura.
Situándonos en el ámbito del lenguaje, quizá Fernando Pessoa no disponga propiamente de un comienzo y, en consecuencia, de una historia al estilo de la típica novela familiar, es decir, de un entorno que cumpliera la función de abrocharlo a la vida. Posiblemente eso se le sustrajo. No habiendo podido sentir en su exterior el comienzo de nada, sería entonces un poeta del inicio. Encarnó la ausencia en estado puro, el exceso estructural del deseo que partió de su vacío para perderse y renovarse en aconteceres literarios. Su yo diluido se despliega en una problemática vital: “El poeta tiene que crear el medio que lo comprenda” decía en Páginas de literatura y estética. Crear una invención para sostenerse en la vida no podría hacerse sin producir una ruptura. Se compromete con una irrespetuosidad en referencia a los modos habituales de entender la subjetividad, de habitar el ser, y de inventar el conocimiento. Ilustra una refutación de la unidad de lo imaginario como sostén del cuerpo y de la vida, yendo más allá de ello. Su heterónimo Bernardo Soares, autor del Livro do Dessasossego sabe, no la verdad, sino el carácter fantasmático de lo que la vela: “El mundo exterior existe como el actor en un palco. Pero es otra cosa”.
Fernando Pessoa es la expresión nítida de fundamentos universales. Los celebrados heterónimos no son ilusiones de un loco, sino una forma de revelarse la verdad, la irremediable división subjetiva, si acaso acallada, silenciada, velada por el saber tradicional, más no por un poeta de su extraordinaria dimensión. Y son los heterónimos el límite en el que Pessoa sabe vivir como verdadero poeta. ¡Cuán difícil es sostenerse en esa frontera! Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Bernardo Soares, Fernando Pessoa, viven la división de una manera radical. Lejos de anularla se esfuerzan en cultivarla mostrándonos, con toda la fuerza de la trágica belleza, una de las características primordiales de la condición del sujeto de la palabra:
“Creé en mí varias personalidades, creo personalidades constantemente. Cada sueño mío es inmediatamente, después de aparecer soñado, encarnado en otra persona, que pasa a soñarlo, y no yo. Para crear, me destruí; tanto me exterioricé, dentro de mí, que dentro de mí no existo sino exteriormente. Soy la escena viva donde pasan varios actores representando varias piezas”.
Pequeños párrafos como éste, me parece que ilustran la armonía existente entre la singular posición de Fernando Pessoa acerca del ser y el lenguaje, y ciertas vertientes del campo analítico tomadas desde el lugar de la experiencia, también singular y particular, de un psicoanálisis. En esta pequeña y limitada escritura nutriré mi reflexión con palabras del semi-heterónimo Bernardo Soares y del heterónimo Alberto Caeiro.
Abramos pues el Livro do Dessasossego de Bernardo Soares. En una de las primeras páginas de la edición Europa-América nos encontramos con el siguiente párrafo:
“El mal todo del romanticismo es la confusión entre lo que nos es preciso y lo que deseamos. Todos nosotros precisamos de las cosas indispensables para la vida, para su conservación, para su continuación; todos nosotros deseamos una vida más perfecta, una felicidad completa, la realidad de nuestros sueños. Es humano querer lo que nos es preciso y es humano desear lo que no nos es preciso, pero es para nosotros deseable.
Lo que es dolencia es desear con igual intensidad lo que es preciso y lo que es deseable y sufrir por no ser perfecto como si se sufriese por no tener pan. El mal romántico es éste: es querer la luna como si hubiese manera de obtenerla”.
Y aunque la luna ya parece más cercana, no para los románticos, eso no elimina la esencia de este pequeño párrafo en el que se deja ver con claridad el fundamento primero de la condición humana: el deseo. El sujeto con sus necesidades satisfechas pero aún sintiéndose en falta, enfermando y sufriendo por no saber acerca de esa fuerza inconsciente que lo mueve, que lo mortifica tratando de llenar un vacío irremediable. Como él dice al final de este párrafo: no se puede comer un bollo sin perderlo.
El Livro do Dessasossego es un lugar en el que podremos a menudo detener nuestros pasos con la seguridad de que nos ofrecerá, a los que realizamos la experiencia de un análisis, un camino de palabras familiares.
Veamos como desde ellas, el semi-heterónimo Bernardo Soares nos presenta al sujeto imbuido en la verdad de su desconocimiento, rompiendo con ello ese mito de la emancipación del hombre moderno, para el cual, como sugería al principio, pareciera no haber obstáculos que le impidan llegar a las metas que se propone y que finalmente se constituiría en alguien transparente para sí mismo, en alguien absolutamente dueño de sus actos, es decir, en alguien idéntico a sí mismo. Encontraremos multitud de frases a lo largo del libro que demienten la creencia de ese hombre moderno, frases como las siguientes:
“Ser hombre es no comprender, vivir es ser otro; los sentimientos que más duelen…: el ansia de cosas imposibles, la saudades de lo que nunca hubo, el deseo de lo que podría haber sido, la pena de no ser otro…”
En definitiva: la insatisfacción de la existencia del mundo y del vacío irremediable que nos habita, la división de ser a la vez yo y otro. A esta pequeña constelación de palabras podemos ponerle el siguiente colofón:
“Nadie me conoció bajo la máscara de la igualdad, ni supo nunca que era máscara, porque nadie sabía que en este mundo hay enmascarados. Nadie supo que a mis pies estuviese siempre otro, que al final era yo. Me habían juzgado siempre idéntico a mi”.
Pensemos ahora en el recorrido de un análisis, cuando en principio uno llega con sus ideales inamovibles, con sus leyes, con sus identificaciones, etc. Más tarde o más temprano uno comienza a no sentirse dueño de sus palabras, ellas empiezan a mostrarse colocadas en los lugares más insospechados, en multitud de ocasiones permanecen escondidas, otras veces se fracturan para convocar y exigir el pronunciamiento de nuestro olvido, y acabamos aprendiendo que en realidad no somos sus amos, sino siervos del deseo que vehiculizan. Guiados por ellas, se nos ofrece la posibilidad de un trastocamiento subjetivo que nos permitirá una vez más encontrar en las siguientes palabras de Bernardo Soares la familiaridad de la que antes hablaba:
“Y veo que todo cuanto tengo hecho, todo cuanto tengo pensado, todo cuanto he sido, es una especie de engaño, de locura. Me admiro de lo que conseguí no ver. Extraño cuanto fui y veo que al final no soy. Todos mis gestos más ciertos, mis ideas más claras y mis propósitos más lógicos no fueron al final más que embriaguez nata, locura natural, gran desconocimiento”.
Ilustrativo resulta este párrafo en cuanto muestra el camino que hemos de seguir. En un análisis aprendemos a desaprender, a acercarnos a esas últimas o primeras palabras que a lo largo de nuestra vida fuimos vistiendo con más y más palabras hasta quedar atrapados en una angustia de pasos quietos. Cuánto lastre hemos de soltar para llegar a esas palabras que conforman nuestra verdad subjetiva. Llegar ahí es como entrar en la posada serena del otro heterónimo de Fernando Pessoa: Alberto Caeiro.
Lo esencial es saber ver
Saber ver sin pensar
Saber ver cuando se ve
Y no pensar cuando se ve
Ni ver cuando se piensa.
Pero eso (tristes de nosotros que traemos el alma vestida)
Eso exige un estudio profundo
Un aprendizaje de desaprender.
Desde el balcón de la mirada clara de Caeiro podemos observar como el paisaje natural, inaccesible, es creado como una concreción que pudiera parecer utópica, pero que no lo es tanto si lo pensamos como la verdad de una metáfora. Metáfora que ilustra, plácidamente, esa problemática del ser humano con la cosa a través del lenguaje. En ella podemos ver el límite, la frontera que constituyen esas últimas o primeras palabras a las que podemos llegar en un análisis, después de las cuales nos hallamos ante una dimensión Real que nos resulta inaccesible, por fuera del campo del lenguaje. Con Alberto Caeiro podemos ilustrar ese límite, punto de llegada reposado y calmo donde las cosas se ofrecen nítidas porque derraman todo su único sentido íntimo, el cual es: “No tener sentido íntimo ninguno”.
Se siente que sobre las cosas se sitúa una irremediable palabra, pero sólo una. Ahí sí, se dibuja un horizonte posible como el lugar hacia donde concurren los caminos detumescentes que partieron de aquellos pasos quietos.
Y dicen que las piedras tienen alma
Y que los ríos tienen éxtasis bajo la luna
Pero las flores si sintiesen, no serían flores
Serían gente;
Y si las piedras tuviesen alma, serían cosas vivas, no serían
Piedras;
Y si los ríos tuviesen éxtasis bajo la luna,
Los ríos serían hombres sufrientes.
Es preciso no saber lo que son flores y piedras y ríos
Para hablar de los sentimientos de ellos.
Hablar del alma de las piedras, de las flores, de los ríos,
Es hablar de sí mismo y de sus falsos pensamientos.
Gracias a Dios que las piedras son sólo piedras,
Y que los ríos no son sino ríos,
Y que las flores son solo flores.
Por mí, escribo la prosa de mis versos
Y quedo contento,
Porque sé que comprendo la naturaleza por fuera;
Y no la comprendo por dentro
Porque la naturaleza no tiene dentro;
Si no, no era la naturaleza.
Como colofón deseo que resuene en estas páginas el valor de la ficción, ese verdadero sustento de las vidas, palabras de Jacques Lacan y de Fernando Pessoa evocando formas de la verdad. Las de Jacques Lacan:
“La verdad tiene estructura de ficción”
O las escritas por Pessoa:
El poeta es un fingidor
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que en verdad siente.
Evocar a Fernando Pessoa en el intento de mostrar una articulación de su obra con el psicoanálisis parece congruente. ¿Quién mejor que él expresó la vida como ficción literaria, que hasta construyó en sí ese drama de heterónimos, literalmente, y literariamente, para vestir con elegancia su propio cuerpo? Porque fingir –que no hay que confundir con mentir, como bien observa Ángel Crespo— fingir, en su acepción latina, es amasar, formar, componer, moldear, construir. Si Fernando Pessoa compuso versos, dramas, si amasó en ellos pasiones “que en verdad siente”, podemos tener la certeza de que en su obra literaria no hay más nada que vida –ficción y verdad confundidas, escribiendo sabiduría de incertidumbre. El fingimiento se vuelve entonces valor. La vieja y tantas veces denostada, y hasta peligrosa ficción, se revela como substrato histórico de Vida y Verdad representadas de forma indiferenciada en el escenario excelso del ser poético de Pessoa, en su testimonio escrito, en su memoria construida: literatura. Escenario que se sustenta en su fidelidad al ser, a sus pasiones, a sus afectos, a su vacío, porque sin vacilación y sin temor lo muestra.
Es la hora del poniente para estas palabras, para estos paisajes que acabamos de evocar, creados por ese estado del alma llamado Fernando Pessoa, un encuentro con la belleza trágica de una literatura sin propósito, con la metonimia de un deseo eternamente sin objeto, neblina suave que nos distancia mínimamente de las cosas, el grado cero desde el cual, inconsciente, partió el ser humano hacia su dolor.
Como contrapunto a una sociedad que rechaza con furor inusitado lo subjetivo, en la que se asienta con una fortaleza casi absoluta lo imaginario, impulsada por corazones que laten al ritmo de impulsos tecnológicos, como contrapunto a una sociedad en la que se ofrece todo como alcanzable eliminado la imposibilidad y el vacío que nos habita, se nos ofrece, sugerente, un estado del alma asomado al desconocimiento: Fernando Pessoa.
Es él uno de los poetas portugueses por excelencia. Sus palabras, setenta años después de su fallecimiento, perduran vívidas soportando melancólicas, pero nítidas y serenas, la marca indeleble de la verdad misma del ser humano.
La presentación de Fernando Pessoa sólo puede hacerse a través de sus heterónimos, personajes independientes, voces singulares que el poeta fue descubriendo dentro de su propio ser, diferentes incluso a la de aquél que las sintió crecer. Los nombres de los principales heterónimos son: Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, y el propio Fernando Pessoa, además del semi-heterónimo Bernardo Soares, personaje de un discurrir vital más cercano al del propio poeta.
Fernando Pessoa es la morada que acoge la tristeza confortable de una existencia múltiple, el clamor de tantas voces que, sin propósito, se reúnen dignificando su vacío, abrochando, universalizando en una obra de literatura la expresión de sensaciones y paradojas, “paz de angustia”, “sosiego hecho de resignación”, pérdida de la inconsciencia, o lo que es lo mismo, conciencia de la irremediable derrota final. Un “saber hacer” mezcla de acción y sueño, manera que tiene su ser de habitar el lenguaje a través de la escritura.
Situándonos en el ámbito del lenguaje, quizá Fernando Pessoa no disponga propiamente de un comienzo y, en consecuencia, de una historia al estilo de la típica novela familiar, es decir, de un entorno que cumpliera la función de abrocharlo a la vida. Posiblemente eso se le sustrajo. No habiendo podido sentir en su exterior el comienzo de nada, sería entonces un poeta del inicio. Encarnó la ausencia en estado puro, el exceso estructural del deseo que partió de su vacío para perderse y renovarse en aconteceres literarios. Su yo diluido se despliega en una problemática vital: “El poeta tiene que crear el medio que lo comprenda” decía en Páginas de literatura y estética. Crear una invención para sostenerse en la vida no podría hacerse sin producir una ruptura. Se compromete con una irrespetuosidad en referencia a los modos habituales de entender la subjetividad, de habitar el ser, y de inventar el conocimiento. Ilustra una refutación de la unidad de lo imaginario como sostén del cuerpo y de la vida, yendo más allá de ello. Su heterónimo Bernardo Soares, autor del Livro do Dessasossego sabe, no la verdad, sino el carácter fantasmático de lo que la vela: “El mundo exterior existe como el actor en un palco. Pero es otra cosa”.
Fernando Pessoa es la expresión nítida de fundamentos universales. Los celebrados heterónimos no son ilusiones de un loco, sino una forma de revelarse la verdad, la irremediable división subjetiva, si acaso acallada, silenciada, velada por el saber tradicional, más no por un poeta de su extraordinaria dimensión. Y son los heterónimos el límite en el que Pessoa sabe vivir como verdadero poeta. ¡Cuán difícil es sostenerse en esa frontera! Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Bernardo Soares, Fernando Pessoa, viven la división de una manera radical. Lejos de anularla se esfuerzan en cultivarla mostrándonos, con toda la fuerza de la trágica belleza, una de las características primordiales de la condición del sujeto de la palabra:
“Creé en mí varias personalidades, creo personalidades constantemente. Cada sueño mío es inmediatamente, después de aparecer soñado, encarnado en otra persona, que pasa a soñarlo, y no yo. Para crear, me destruí; tanto me exterioricé, dentro de mí, que dentro de mí no existo sino exteriormente. Soy la escena viva donde pasan varios actores representando varias piezas”.
Pequeños párrafos como éste, me parece que ilustran la armonía existente entre la singular posición de Fernando Pessoa acerca del ser y el lenguaje, y ciertas vertientes del campo analítico tomadas desde el lugar de la experiencia, también singular y particular, de un psicoanálisis. En esta pequeña y limitada escritura nutriré mi reflexión con palabras del semi-heterónimo Bernardo Soares y del heterónimo Alberto Caeiro.
Abramos pues el Livro do Dessasossego de Bernardo Soares. En una de las primeras páginas de la edición Europa-América nos encontramos con el siguiente párrafo:
“El mal todo del romanticismo es la confusión entre lo que nos es preciso y lo que deseamos. Todos nosotros precisamos de las cosas indispensables para la vida, para su conservación, para su continuación; todos nosotros deseamos una vida más perfecta, una felicidad completa, la realidad de nuestros sueños. Es humano querer lo que nos es preciso y es humano desear lo que no nos es preciso, pero es para nosotros deseable.
Lo que es dolencia es desear con igual intensidad lo que es preciso y lo que es deseable y sufrir por no ser perfecto como si se sufriese por no tener pan. El mal romántico es éste: es querer la luna como si hubiese manera de obtenerla”.
Y aunque la luna ya parece más cercana, no para los románticos, eso no elimina la esencia de este pequeño párrafo en el que se deja ver con claridad el fundamento primero de la condición humana: el deseo. El sujeto con sus necesidades satisfechas pero aún sintiéndose en falta, enfermando y sufriendo por no saber acerca de esa fuerza inconsciente que lo mueve, que lo mortifica tratando de llenar un vacío irremediable. Como él dice al final de este párrafo: no se puede comer un bollo sin perderlo.
El Livro do Dessasossego es un lugar en el que podremos a menudo detener nuestros pasos con la seguridad de que nos ofrecerá, a los que realizamos la experiencia de un análisis, un camino de palabras familiares.
Veamos como desde ellas, el semi-heterónimo Bernardo Soares nos presenta al sujeto imbuido en la verdad de su desconocimiento, rompiendo con ello ese mito de la emancipación del hombre moderno, para el cual, como sugería al principio, pareciera no haber obstáculos que le impidan llegar a las metas que se propone y que finalmente se constituiría en alguien transparente para sí mismo, en alguien absolutamente dueño de sus actos, es decir, en alguien idéntico a sí mismo. Encontraremos multitud de frases a lo largo del libro que demienten la creencia de ese hombre moderno, frases como las siguientes:
“Ser hombre es no comprender, vivir es ser otro; los sentimientos que más duelen…: el ansia de cosas imposibles, la saudades de lo que nunca hubo, el deseo de lo que podría haber sido, la pena de no ser otro…”
En definitiva: la insatisfacción de la existencia del mundo y del vacío irremediable que nos habita, la división de ser a la vez yo y otro. A esta pequeña constelación de palabras podemos ponerle el siguiente colofón:
“Nadie me conoció bajo la máscara de la igualdad, ni supo nunca que era máscara, porque nadie sabía que en este mundo hay enmascarados. Nadie supo que a mis pies estuviese siempre otro, que al final era yo. Me habían juzgado siempre idéntico a mi”.
Pensemos ahora en el recorrido de un análisis, cuando en principio uno llega con sus ideales inamovibles, con sus leyes, con sus identificaciones, etc. Más tarde o más temprano uno comienza a no sentirse dueño de sus palabras, ellas empiezan a mostrarse colocadas en los lugares más insospechados, en multitud de ocasiones permanecen escondidas, otras veces se fracturan para convocar y exigir el pronunciamiento de nuestro olvido, y acabamos aprendiendo que en realidad no somos sus amos, sino siervos del deseo que vehiculizan. Guiados por ellas, se nos ofrece la posibilidad de un trastocamiento subjetivo que nos permitirá una vez más encontrar en las siguientes palabras de Bernardo Soares la familiaridad de la que antes hablaba:
“Y veo que todo cuanto tengo hecho, todo cuanto tengo pensado, todo cuanto he sido, es una especie de engaño, de locura. Me admiro de lo que conseguí no ver. Extraño cuanto fui y veo que al final no soy. Todos mis gestos más ciertos, mis ideas más claras y mis propósitos más lógicos no fueron al final más que embriaguez nata, locura natural, gran desconocimiento”.
Ilustrativo resulta este párrafo en cuanto muestra el camino que hemos de seguir. En un análisis aprendemos a desaprender, a acercarnos a esas últimas o primeras palabras que a lo largo de nuestra vida fuimos vistiendo con más y más palabras hasta quedar atrapados en una angustia de pasos quietos. Cuánto lastre hemos de soltar para llegar a esas palabras que conforman nuestra verdad subjetiva. Llegar ahí es como entrar en la posada serena del otro heterónimo de Fernando Pessoa: Alberto Caeiro.
Lo esencial es saber ver
Saber ver sin pensar
Saber ver cuando se ve
Y no pensar cuando se ve
Ni ver cuando se piensa.
Pero eso (tristes de nosotros que traemos el alma vestida)
Eso exige un estudio profundo
Un aprendizaje de desaprender.
Desde el balcón de la mirada clara de Caeiro podemos observar como el paisaje natural, inaccesible, es creado como una concreción que pudiera parecer utópica, pero que no lo es tanto si lo pensamos como la verdad de una metáfora. Metáfora que ilustra, plácidamente, esa problemática del ser humano con la cosa a través del lenguaje. En ella podemos ver el límite, la frontera que constituyen esas últimas o primeras palabras a las que podemos llegar en un análisis, después de las cuales nos hallamos ante una dimensión Real que nos resulta inaccesible, por fuera del campo del lenguaje. Con Alberto Caeiro podemos ilustrar ese límite, punto de llegada reposado y calmo donde las cosas se ofrecen nítidas porque derraman todo su único sentido íntimo, el cual es: “No tener sentido íntimo ninguno”.
Se siente que sobre las cosas se sitúa una irremediable palabra, pero sólo una. Ahí sí, se dibuja un horizonte posible como el lugar hacia donde concurren los caminos detumescentes que partieron de aquellos pasos quietos.
Y dicen que las piedras tienen alma
Y que los ríos tienen éxtasis bajo la luna
Pero las flores si sintiesen, no serían flores
Serían gente;
Y si las piedras tuviesen alma, serían cosas vivas, no serían
Piedras;
Y si los ríos tuviesen éxtasis bajo la luna,
Los ríos serían hombres sufrientes.
Es preciso no saber lo que son flores y piedras y ríos
Para hablar de los sentimientos de ellos.
Hablar del alma de las piedras, de las flores, de los ríos,
Es hablar de sí mismo y de sus falsos pensamientos.
Gracias a Dios que las piedras son sólo piedras,
Y que los ríos no son sino ríos,
Y que las flores son solo flores.
Por mí, escribo la prosa de mis versos
Y quedo contento,
Porque sé que comprendo la naturaleza por fuera;
Y no la comprendo por dentro
Porque la naturaleza no tiene dentro;
Si no, no era la naturaleza.
Como colofón deseo que resuene en estas páginas el valor de la ficción, ese verdadero sustento de las vidas, palabras de Jacques Lacan y de Fernando Pessoa evocando formas de la verdad. Las de Jacques Lacan:
“La verdad tiene estructura de ficción”
O las escritas por Pessoa:
El poeta es un fingidor
Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que en verdad siente.
Evocar a Fernando Pessoa en el intento de mostrar una articulación de su obra con el psicoanálisis parece congruente. ¿Quién mejor que él expresó la vida como ficción literaria, que hasta construyó en sí ese drama de heterónimos, literalmente, y literariamente, para vestir con elegancia su propio cuerpo? Porque fingir –que no hay que confundir con mentir, como bien observa Ángel Crespo— fingir, en su acepción latina, es amasar, formar, componer, moldear, construir. Si Fernando Pessoa compuso versos, dramas, si amasó en ellos pasiones “que en verdad siente”, podemos tener la certeza de que en su obra literaria no hay más nada que vida –ficción y verdad confundidas, escribiendo sabiduría de incertidumbre. El fingimiento se vuelve entonces valor. La vieja y tantas veces denostada, y hasta peligrosa ficción, se revela como substrato histórico de Vida y Verdad representadas de forma indiferenciada en el escenario excelso del ser poético de Pessoa, en su testimonio escrito, en su memoria construida: literatura. Escenario que se sustenta en su fidelidad al ser, a sus pasiones, a sus afectos, a su vacío, porque sin vacilación y sin temor lo muestra.
Es la hora del poniente para estas palabras, para estos paisajes que acabamos de evocar, creados por ese estado del alma llamado Fernando Pessoa, un encuentro con la belleza trágica de una literatura sin propósito, con la metonimia de un deseo eternamente sin objeto, neblina suave que nos distancia mínimamente de las cosas, el grado cero desde el cual, inconsciente, partió el ser humano hacia su dolor.
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Subjetividad y literatura
jueves, 4 de febrero de 2010
"Adelina" por Gustavo Dessal*
*Nacido en la Argentina, reside en Madrid desde 1982, donde ejerce una práctica analítica privada. Es AME de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y coordinador del Nuevo Centro de Estudios de Psicoanálisis del Instituto del Campo Freudiano. Ha publicado más de un centenar de articulos en España, Inglaterra, Francia, Argentina y Brasil.)Todas las tardes del verano, cuando el suplicio del sol aflojaba un poco, a Adelina la sacaban de paseo. Primero asomaba la cabeza, luego parpadeaba unos instantes con sus ojillos miopes de alfiler, y por fin, asida a la cansada mano de su madre, se aventuraba fuera. El médico había dicho que Adelina tenía que moverse un poco, porque últimamente estaba engordando demasiado, y de seguir así sus músculos acabarían por atrofiarse.
A Adelina nunca le gustó caminar. En la niñez había tardado mucho hasta aprender a ponerse de pie, tanto que sus padres llegaron a pensar que no lograría andar, una desgracia más para añadir a la larga lista de defectos con los que Adelina llegó al mundo. Pero al fin, cuando estaba por cumplir los cinco años y tenía ya su definitiva cara de vieja, sorprendió a todos echándose a caminar, terca y torpe como lo era para todo.
Sordomuda, con los años aprendió a hacerse entender algo a través de unos extraños sonidos que arrancaba de su garganta, y cuando no la comprendían, o cuando se enfadaba por alguna contrariedad, cosa que sucedía con bastante frecuencia, soltaba unos lloros y unos alaridos que daban miedo, como si la estuvieran descuartizando viva. Sus padres, aplastados por todos esos problemas que jamás pudieron asumir, albergaron la atroz e inconfesable esperanza de que Adelina no viviría mucho tiempo. Pero el tiempo los defraudó, porque Adelina creció fuerte y vigorosa, aunque nunca dejó de hacerse caca encima, ni de caminar como un pato, ni de chillar como una posesa en la mitad de la noche. Era un trozo de materia bruta, informe y puro, en el que casi ninguna marca humana se había escrito, sin otra ley que la primitiva y ciega naturaleza del cuerpo vivo.
En invierno era aún más difícil convencerla para que saliese. La lluvia le infundía pavor, no se dejaba vestir, se quitaba el abrigo a cada rato, y había que sacarla a rastras, lo que significaba soportar todo el camino ráfagas intermitentes de aullidos que aterrorizaban a los transeúntes y los hacían huir espantados. Esto no podrá durar siempre, se consolaban sus padres en la intimidad de sus pensamientos, pero la realidad no les hacía caso, y el día en que cumplió veinte años Adelina asistió al entierro de su padre, que prefirió morirse antes que soportar el martirio de seguir viviendo. Madre e hija se quedaron solas, la madre hundida en su aneblada tristeza, la hija rabiando y persiguiendo moscas con su trote de pato.
Adelina odiaba las moscas. Sentía hacia ellas una furia implacable, y a fin de evitar los estropicios que solían producirse como consecuencia de sus desaforadas cacerías, todas las mañanas la madre rociaba el aire con insecticida. El médico era incapaz de explicar por qué Adelina se comportaba de ese modo, aunque la razón era bastante sencilla. Para Adelina el mundo era algo totalmente incomprensible, un agitado caos en el que las personas, los objetos y los animales se mezclaban en un torbellino que daba vueltas sin principio ni fin. En esa terrible confusión, Adelina había introducido un mínimo principio de orden, consistente en separar las cosas que se movían de aquellas que permanecían quietas. Las segundas eran más soportables, las primeras le causaban una inquietud y una ferocidad que aumentaba según la velocidad del objeto. Las moscas eran demasiado rápidas para su gusto.
Del mismo modo en que odiaba las moscas con toda la intensidad de su misterioso ser, su madre la odiaba a ella. Adelina representaba su dolorido fracaso, la derrota de todos sus sueños de juventud, el naufragio de lo bello y lo bueno que la vida es capaz de ofrecer. Toda la injusticia que puede caber en la existencia se había derramado sobre ella como un torrente sin pausa, un espeso alud que acabó enterrándola viva. Aún así, jamás dejó de atender a su hija en todo lo necesario, puesto que la amargura y el resentimiento no interferían para nada el ejercicio de sus obligaciones maternas. Lo que no conocía, lo que nadie habría podido exigirle, era ese sentimiento inmenso y dichoso que suelen experimentar los padres hacia sus hijos, esa paradójica forma del amor que en su extremado egoísmo no duda en realizar los mayores sacrificios. También esta madre llevaba a cabo los suyos, pero con la diferencia de que el impulso motor lo extraía del amargo pozo de su encono. Cuántas noches no se acostó sumida en el llanto, ahogada por el odio que le revolvía las entrañas, cubriéndose los oídos con las manos para no escuchar los alaridos de Adelina, y la propia voz de su conciencia remordiéndole los sesos.
Algún día no podré más, se decía, y acababa por dormirse de puro asco y agotamiento, harta de limpiar tanto moco y tanta regla inútil.
Cuando Adelina cumplió los cuarenta años, su madre resolvió matarla. No fue una decisión súbita ni fácil, pero tampoco habría sido fácil seguir como estaban, muerta ya la una en la oscuridad de su idiotez, la otra en la tumba de su agria desesperanza. Matarla, eso era, cumplir el silencioso deseo que había enhebrado cada uno de sus días y sus años en un siniestro collar, aniquilar aquella cosa que le había arrebatado la sangre, la risa, su vida. La cuestión era cómo hacerlo. Adelina era fuerte como una mula, por ende habría sido imposible estrangularla, ni siquiera mientras dormía. Quizás fuese más sencillo apuñalarla en la cerviz, cuando agachaba la cabeza de cepillo para sorber el plato, pero la madre no tenía suficiente coraje para empuñar un arma. Durante varias noches dio vueltas en la cama y en la cocina, tratando de encontrar un método, mientras Adelina dormía a pata suelta, la boca abierta, como siempre, soltando unos ronquidos que atronaban en el silencio de la casa. Por fin, después de trazar desesperados planes y cábalas, dio con la solución.
Si algo bueno tenía Adelina era su apetito. No bien nació, de poco sirvieron los pechos de su madre y los refuerzos de biberones y sopitas. Su voracidad no tenía límites, toda ella era un inmenso agujero en el que podían echarse paletadas de comida sin lograr que se saciara. A nada le hacía asco, y cuando le salieron los dientes había que vigilar para que no masticase trapos, papeles de periódico, o la pata de una silla. Devorando, aullando como una maníaca o rebuznando durante el sueño, Adelina era la viva representación de una boca desmesuradamente abierta, un insondable abismo en cuyo fondo se agitaba el enigma de lo que faltó para hacer de ella el ser humano con el que su madre había soñado alguna vez.
El apetito de Adelina. Esa era la respuesta. Le daría de comer cuanto quisiera sin parar, hasta conseguir que reventase como un sapo y, si fuera posible, que lo hiciese al menos un día antes de morir ella misma, para poder asistir al funeral y gozar aunque más no fuera de un único día en toda su asquerosa vida.
Decidió aplicar sus escasas fuerzas a la preparación diaria de ingentes cantidades de comida. Por la mañana se levantaba temprano antes de que Adelina se despertase, y se iba al mercado a comprar. Regresaba con el carro repleto y empleaba el resto del día en guisar con grandes peroles de hierro que había adquirido para ese propósito. Entretanto, Adelina se despertaba, se comía los panes remojados en leche que ya estaban dispuestos para ella, y daba vueltas por la casa, entraba en la cocina a olfatear los vapores de las cacerolas y, sin dejar de chillar, pateaba las puertas o rompía a llorar con furioso desconsuelo. Algunas veces los platos llegaban a la mesa a medio hacer, pues era preferible dárselos un poco crudos que soportar sus ataques de voraz impaciencia, lo que por otra parte importaba poco, ya que su paladar era insensible a cualquier diferencia entre un filete o un zapato viejo.
Al cabo de una semana, la madre comprendió que algo en sus planes no marchaba bien. Adelina había engordado un poco, sin duda, pero era inevitable que todo lo que cargaba por la boca tarde o temprano habría de desagotarlo por abajo, de modo que el cambio de pañales, el hedor pestilente, los lavados y los baños forzosos, aumentaron de forma espantosa. Transcurrido un mes la situación se agravó hasta alcanzar el límite de lo insoportable. Adelina había aumentado quince kilos, sus deposiciones, siempre abundantes, podían competir ahora con las de una elefanta, su violento apetito creció desmesuradamente y su madre, al borde de la extenuación irreversible, empezaba a experimentar de modo cada vez más acuciante el impulso de arrojarse por la ventana, pero no llegó a hacerlo porque en su enloquecida desesperación ideó una fórmula nueva para rectificar el curso de los acontecimientos.
Una de las grandes ventajas de los supermercados, en oposición a quienes sostienen que el progreso ha matado el encanto del pequeño comercio, es que en ellos uno puede comprar lo que le de la gana sin despertar sospechas o verse asediado por preguntas indiscretas. Mientras leía la etiqueta de la caja de raticida, la madre imaginó el diálogo que podría haberse desarrollado en el local de don Martín, que no se mordía la lengua y querría saber, y usted para qué quiere este producto, no me dirá que tiene ratas en el piso, no, ratas no, entonces, me pareció oír un ratón por las noches, para ratones tengo algo menos fuerte e igual de efectivo, que esto es muy peligroso, mujer, sí, ya lo veo en la etiqueta, pero a lo mejor es un ratón muy grande, cómo de grande, señora, que no va a ser como un cocodrilo, tendrá que ser un ratoncillo de nada, no irá a matarlo con una bomba. Una bomba, pensó la madre. Una bomba.
Y volvió a su casa con el paquete metido en el fondo del carro de la compra.
Desde ese día puso una bolita de matarratas en cada plato de comida. Adelina lo devoraba y lo rechupaba todo sin inmutarse, abriendo grande la boca como la gruta del Averno.
Así pasaron algunos meses. La madre fue aumentando la dosis gradualmente, a fin de que el médico que certificase la defunción no frunciera el ceño y empezara a hacer preguntas molestas, como don Martín. Pero no daba la impresión de que el médico fuera a preguntar nada, al menos de momento, puesto que Adelina no mostraba el menor signo de enfermedad, molestia o descomposición. El raticida parecía abrirle aún más el apetito, la mantenía más horas despierta, y sin duda intensificaba la hediondez de sus evacuaciones, que hasta la orina olía ahora a caballo muerto.
Al cabo de un año Adelina había consumido cuatro cajas de raticida, que hubieran sido suficientes para envenenar a una manada de hipopótamos, pesaba cuarenta y cinco kilos más, y como no se fabricaban tallas tan grandes su madre tuvo que improvisar los pañales con sábanas, al principio viejas, luego compradas diariamente en el mismo supermercado en el que se proveía del raticida. La madre no podía admitir la infructuosidad de su acción, y comenzó a dudar si el producto no estaría defectuoso o caducado. Para cerciorarse decidió probar ella misma, molió una bolita con cuidado, mezcló la mitad del polvo en un vaso de leche, y lo bebió de un trago. Media hora más tarde los espasmos y los vómitos la arrojaron al suelo, y tuvo que guardar cama dos días, aquejada de horribles dolores en el vientre.
Adelina seguía indiferente a todo. Ahora resultaba imposible sacarla a la calle, y al más mínimo intento espantaba a su madre con alaridos y flatulencias. Por fortuna, seguía aceptando el baño. La ducha le horrorizaba, sentía ahogarse, por lo que sólo admitía los baños de inmersión. En la bañera no podía estarse quieta, agitaba los brazos y las piernas, chapoteaba con energía, y desalojaba tanta agua que el vecino de abajo solía tener perfecta noticia del día en que Adelina se bañaba, pero el hombre no protestaba, sabiendo cuánta desgracia se juntaba allá arriba.
Viendo que el veneno sólo conseguía aumentar la vigorosa brutalidad de Adelina, la madre intentó un par de veces ahogarla en la bañera, pero fue inútil. Al sentir que le presionaban la cabeza hacia abajo, Adelina lo tomó como un juego y tiró de su madre con tal fuerza que la mujer terminó patas arriba dentro del agua, a punto de partirse el cráneo.
Era preciso idear otros modos de matarla, pero la falta de práctica en el oficio de asesina no contribuían a perfeccionar su imaginación. Probó electrocutarla mientras dormía, acercándole a los pies un cable pelado, pero no obtuvo ningún resultado. Por algún motivo la electricidad no pasaba y el contacto de los hilos de cobre con la planta de los pies despertaba a Adelina, que la emprendía a manotazos y escupidas con lo primero que se le ponía a tiro.
Una noche, mientras encendía el fuego para preparar el segundo quintal de arroz en la jornada, tuvo una iluminación. El gas. La bomba. Una gran explosión de gas y que todo vuele por los aires. La casa convertida en una bomba y Adelina dentro, reventando en mil pedazos.
El supermercado tenía de todo. Encontró cinta adhesiva y compró una docena de rollos. En el camino de vuelta se imaginó comprando la cinta en la tienda de don Martín, no me va contar para qué quiere tanta cinta, es que se va a mudar o piensa forrar el techo para que quede todo de plástico, qué exageración, se lleva toda la cinta y no me deja ni un rollo para otro cliente, para qué quiere tanta, y otros comentarios igual de estúpidos.
Al llegar la noche, cuando Adelina llevaba más de dos horas dormida, la madre se puso a trabajar y tuvo el minucioso cuidado de no dejar ni un solo hueco ni rendija de ventanas y puertas sin cubrir con la cinta adhesiva. Sólo faltaba abrir el gas, salir del piso, y tapar las juntas de la puerta desde afuera con otro poco de cinta, pero Adelina se adelantó, porque una mosca le cosquilleaba la nariz. Gruñendo bajito se levantó de la cama e intentó a tientas perseguir a la mosca. Alertada por los ruidos, su madre acudió a la habitación justo en el momento en que Adelina asía una banqueta y la estrellaba con todas sus fuerzas, pretendiendo aplastar a la mosca. La muerte fue instantánea. No sabiendo qué hacer, Adelina sacudió el cadáver de su madre y se sentó a su lado. Permaneció así un día entero, hasta que las punzadas del hambre la obligaron a incorporarse. Dio vueltas por toda la casa, pero no quedaba ya nada para comer.
Entonces regresó junto a su madre y la olisqueó un poquito.
(Cuento publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
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