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miércoles, 30 de mayo de 2012
Los niños y los síntomas del siglo XXI * - Cuarta parte
*Por Graciela Giraldi (
Psicoanalista - Miembro de la EOL y AMP)
Cambios
en la familia
La misma familia del niño ha
cambiado. Lo muestra la obra de teatro de Antonio Gasalla titulada "Más
respeto que soy tu madre". La autoridad paterna caracterizada antiguamente
por su dirección verticalista en la que reinaba el temor de los hijos, pasó a
ser horizontal, donde la pareja de padres está enterada que asumir la autoridad
ante los hijos es lo contrario del autoritarismo.
Dicha metamorfosis de la
autoridad paterna tiene incidencias en el lazo actual de la familia del niño
con el pediatra, el maestro, el psicoanalista. No hay que desesperar, nuestra
civilización es más realista, porque se apoya en la inexistencia del padre
ideal de todo saber y poder, el que nos ordenaría la vida y nos sacaría las
papas del fuego. Ese
mismo agujero llama a la responsabilidad de cada practicante que responde a las
problemáticas infantiles, haciendo uso de la invención en nuestro trabajo
diario. La
subjetividad de nuestra época no sufre porque las cosas no funcionan como
quisiéramos, porque sabe que el malestar cultural es estructural. Nuestra
civilización padece de los impasses generados por las falsas ciencias, cuando
se evalúa, se clasifica y se etiqueta por igual a todos los niños y jóvenes en
base a un protocolo de preguntas y respuestas pre-establecidas: fracasado
escolar, drogadicto.
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miércoles, 23 de mayo de 2012
Los niños y los síntomas del siglo XXI * - Tercera parte
*Por Graciela Giraldi (
Psicoanalista - Miembro de la EOL y AMP)
¿Pero cómo son los chicos y
las familias que hoy nos llegan al consultorio, con qué dificultades del lazo
nos encontramos, y cuáles son las nuevas formas en que se manifiestan los
síntomas de los niños y adolescentes? Observamos que los calladitos y
reprimidos niños de anteriores épocas se transformaron en chicos parlanchines,
sin miedos, desatados y hasta desafiantes muchas veces ante la autoridad de los
adultos, lo que se manifiesta en el lazo con su pediatra y maestro.
El lugar del ideal que antes
ocupaba el niño para sus padres rotó al lugar del niño como objeto de goce de
la madre, de la familia y de la civilización. Estos niños "Amos"
fascinan por un lado a los mayores porque parecen saber lo que quieren, pero
por otro lado inspiran miedo a sus padres, quienes se muestran impotentes para
ponerles límites. Los dejan pasarse de revoluciones en su excitación, y en
ocasiones le piden al neurólogo que los medique por hiperactivo.
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miércoles, 16 de mayo de 2012
Los niños y los síntomas del siglo XXI * - Segunda parte
*Por Graciela Giraldi (
Psicoanalista - Miembro de la EOL y AMP)
Desde las neurociencias y
las psicoterapias cognitivistas y del adiestramiento de la conducta, la salud
mental se organiza excluyendo la subjetividad del paciente. De allí que se
quiera abortar al síntoma: anorexia, bulimia, problemas de aprendizaje escolar,
adicciones tóxicas, fenómenos psicosomáticos, angustia de pánico, autismo
infantil, degradándolo a un trastorno (TDAH, TOC, síndrome de Asperger) a una
disfunción o a alteraciones de la conducta, de la inteligencia, de la alimentación,
etcétera.
Dichos rótulos sobre los
fenómenos disfuncionales, al prescindir de la interrogación al niño sobre su
padecimiento, no son diagnósticos, en tanto el arte de diagnosticar se apoya en
el caso por caso.
Como al niño lo traen sus
padres a la consulta, ellos nos hablan angustiados o desesperados sobre lo que
consideran el síntoma de su hijo. Pero también tendremos que localizar qué dice
el niño sobre cuál es su padecimiento.
La otra cara del buen uso
del síntoma se pone en evidencia, por ejemplo, en el médico que no puede dejar
de atender a sus pacientes, porque su querer curar es más fuerte que él mismo.
O del niño que se traga los libros de cuentos, del joven que practica con
pasión un deporte, etcétera.
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viernes, 11 de mayo de 2012
Los niños y los síntomas del siglo XXI * - Primera parte
*Por Graciela Giraldi (
Psicoanalista - Miembro de la EOL y AMP)
¿Qué es la salud mental? Si
bien la Organización Mundial de la Salud no dispone de una definición oficial
científica, sí opone los términos de la salud mental a las enfermedades
nerviosas. En la perspectiva psicoanalítica la salud mental no existe, en tanto
los humanos estamos marcados en nuestro cuerpo y en nuestros pensamientos por
las palabras, nos sostenemos en la vida con nuestros pequeños delirios, y sin
llegar a ser psicóticos estamos todos un poco locos.
Según se aborde la cuestión
del síntoma en los niños, se puede aliviarlo a cronificarlo. Es común que si un
chico presenta problemas en la escuela se diga apresuradamente: síndrome de
hiperactividad, sin que nadie le pregunte antes al niño: ¿qué te está pasando?
En cambio, se medica y re-educa a todos los niños por igual.
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miércoles, 13 de julio de 2011
El cuerpo de la angustia* - Última Parte
*Por Daniel Aksman (AP- EOL)
La angustia puede presentarse en ciertos momentos del análisis bajo esta forma. Como aquella analizante que relató un sueño que mostraría- luego de una decepción amorosa respecto de su partenaire idealizado- a qué se reduce un cuerpo cuando se corre el velo de la forma, cuando aquello que no tiene representación posible, se presenta en el cuadro fuera del valor fálico, fuera de la barrera que construye la imagen del cuerpo que da sentido a esos objetos. En este caso una mirada que le barría todo semblante posible. El sueño de un cuerpo sin piel, despellejado, recostado en una camilla, a su lado un hombre vestido con un guardapolvo blanco mostrando ese “cuerpo” a un grupo de personas, tal vez alumnos, ubicados detrás de un vidrio, mirando la escena. A su vez una mirada que mira toda la escena pero que no se ve, esa mirada mira pero no se da a ver. Así se veía ella en ese momento, sumergida en un esfuerzo por poner palabras a lo que no entendía y quería entender, representando en su sueño a su analista que se dirigía a un público mostrando ese cuerpo vivo, pero sin piel y sin forma, interrogando el saber de la ciencia pero a la vez marcando su impotencia.
Pero que también permitía ver que detrás del cuerpo hecho para seducir hay un vacío que funciona y que gracias al espejo del Otro, puede funcionar como cuerpo. Vemos así como a partir de la angustia surge la función de este cuerpo Real, identificado al vacío de representación, que se articula a la función del “objeto a”, un Real que el cuerpo imaginario pretende encerrar.
En un análisis, si el analista puede sostener esta pregunta sin su goce y sin su angustia, verá como el sujeto se separa del cuerpo de varias formas, haciendo surgir este “objeto a” para que el sujeto pueda franquear el límite de su angustia y de su goce oscuro y así preguntarse por su deseo.
(Artículo parcialmente publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
(Artículo parcialmente publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
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miércoles, 6 de julio de 2011
El cuerpo de la angustia* - Quinta Parte
*Por Daniel Aksman (AP- EOL)
El cuerpo Real y la angustia
En el seminario 10 Lacan descompone el nivel especular y construye uno nuevo. Retoma el estadio del espejo complicándolo con el modelo óptico de los dos espejos, cóncavo y plano, donde puede ubicar los puntos de encuentro entre la experiencia orgánica y la imagen. Por efecto del espejo cóncavo la imagen del objeto que se produce es una imagen real, pero la mirada del sujeto no alcanza a ver el objeto, sólo puede ver esa imagen real a partir de un espejo plano, que producirá una imagen virtual de esa imagen real con la cual el sujeto se identificará y le permitirá un cierto dominio imaginario de su cuerpo a partir de identificarse a esa gestalt especular.
Luego Lacan agrega la idea de una ilusión producida por el lenguaje que permite que la relación funcione o no. A continuación toma de Freud la noción de zonas erógenas del cuerpo, localizadas en los agujeros del organismo, de tal manera que son las experiencias de goce las que hacen de bisagra entre el organismo y la imagen. Aparecen los “objetos a” “naturales”, los objetos parciales de la tradición analítica: pecho, heces, falo, y agrega la voz y la mirada. M.H. Brousse[1], subraya que es el espejo plano del lenguaje el que permite que los “objetos a” sean ubicados dentro del hueco del vaso dependiendo de cómo esté situado el espejo. Aparecen como objetos separados, extraídos del cuerpo fragmentado, separados por el lenguaje y ubicados en el Otro. Aquí la dimensión del Ideal, instancia simbólica constitutiva del yo ideal, es fundamental porque instala la ficción de una totalidad desde donde el sujeto puede verse, como visto por el otro, que le permite una satisfacción en tanto los objetos sean vistos como dentro del Otro, en el marco especular. Es la función que permite no reducirse a un cuerpo sino a constituir un cuerpo erotizado.
[1] Marie-Helen Brousse. “Cuerpos lacanianos: novedades contemporáneas sobre el estadio del espejo.” Colofón 29
(Artículo parcialmente publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
(Artículo parcialmente publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
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miércoles, 29 de junio de 2011
El cuerpo de la angustia* - Cuarta Parte
*Por Daniel Aksman (AP- EOL)
El loco y la gallina
Podemos tomar la fábula del loco que creía ser un grano de maíz. Su psiquiatra le da el alta cuando el loco asume que no es un grano de maíz. Pero al salir a la calle y al toparse con una gallina sale espantado con un ataque de angustia y retorna al psiquiátrico. Al verlo a su psiquiatra y luego de narrarle que se topó con una gallina, éste le recuerda que ya está curado, que él ya sabe que no es un grano de maíz. Entonces el loco le responde “Pero ella, ¿lo sabrá?”
Podría responder en la vía del amor, por medio de la cual el sujeto vuelve a introducirse en la dimensión del engaño, mientras que la angustia no engaña. En la vía del amor, que es mediador, el sujeto intentará capturar esa mirada de la gallina por medio de artificios, por medio de semblantes. El amor apunta a ese objeto valioso desde donde se mira, ese punto del Ideal que quiere alcanzar para velar la falta, ese lugar donde se juega su ser. El amor apunta al ser pero solo alcanza semblantes.
El obsesivo intentará controlar esa mirada, o inflará su yo como para hacerse el gallo, pero en su cortejo sólo girará alrededor de la gallina, satisfaciendo su demanda, para seguir gozando de su ser de maíz.
La histérica en cambio, jugará su ser en ese grano de maíz, dejándose embuchar de vez en cuando, para posteriormente quejarse por su ser perdido y victimizarse, denunciando porque nadie aloja su exclusión o su exilio.
En tanto el perverso dirá “adelante, soy tu grano de maíz!” Sabrá hacer de grano de maíz, o de choclo reluciente, ilusionando a la gallina para manipularla, para producir el goce buscado y así sostener su propia ilusión.
Por el contrario la angustia no engaña porque es la falta de representación misma la que se presenta en el campo del sujeto, que no entiende qué le pasa, “es lo que no se deja significantizar…el resto real. Este resto real es el goce en la medida en que no se deja capturar por el significante."[1]
A partir de su indagación sobre “la angustia”[2] Lacan produce un viraje porque él concebía el proceso analítico como la reducción del goce a un funcionamiento del orden significante.
Pero a partir de la angustia el objeto comienza a tener otro estatuto. Eric Laurent[3] observó que ese goce oscuro que se presenta en la experiencia como algo que no llega a representarse, como algo que no tiene forma, es un objeto que no llega a inscribirse en el cuerpo y que se presenta como fuera del cuerpo, que no viene a inscribirse en el cuerpo sino más bien que ese cuerpo se presenta en su dimensión Real, como un objeto Real. Y es precisamente el experimento de los dos espejos que Lacan realiza el que permite mostrar el funcionamiento de ese cuerpo Real.
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miércoles, 22 de junio de 2011
El cuerpo de la angustia* - Tercera Parte
*Por Daniel Aksman (AP- EOL)
En la angustia el sujeto sabe que hay algo Real en juego, que no sabe que es, pero que le da la certeza de que eso está allí, aunque no tenga representación. Si uno no tiene respuesta de por qué se angustia, poco a poco se angustia más y cae en estado de pánico, y eso es lo que trae la gente a analizarse.
Lacan mostró que la angustia en la experiencia analítica es lo que no engaña, y por lo tanto es aquello que escapa a la dimensión significante, un resto inasimilable, que llamó “objeto a”. La angustia no se deja atrapar por el significante y por lo tanto es la vía de acceso a ese “objeto a”. Llega incluso a validar la angustia de nacimiento como prototipo de angustia. El desamparo más radical, allí donde falta toda orientación significante.
La angustia no engaña, porque ella permite introducir la pregunta por el deseo del Otro. Siempre que hay angustia es porque el deseo del Otro está presente, pero el sujeto no sabe que quiere el Otro de él. Esto angustia porque la presencia del deseo del Otro se anticipa a la pregunta posible. Falta la falta. Es la respuesta misma a la pregunta por la causa, por el ¿porqué? y en ese sentido implica una respuesta de lo Real que indica la presencia de la pregunta misma, aún informulada.
Lo cual muestra que la angustia no es sin objeto porque la presencia del Otro aparece como causa. Ubicar esa pregunta por el deseo posibilitará la interpretación y la puesta en forma del síntoma.
Puesta en forma del síntoma, equivale a un acotamiento del volumen de la angustia.
(Artículo parcialmente publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
(Artículo parcialmente publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
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miércoles, 15 de junio de 2011
El cuerpo de la angustia* - Segunda Parte
*Por Daniel Aksman (AP- EOL)
Síntoma y angustia.
El método analítico supone un saber para cada uno, introduciendo así la dimensión del sujeto. Pero también y frente a la objetivación anónima del sujeto, opone la dimensión del objeto singular, que llamamos "objeto a”, en la que ese sujeto puede encontrar su verdadero nombre. Toda conexión posible de causa y efecto depende de entender que la angustia y el síntoma no son deficitarios sino respuestas con función especifica.
En su trabajo “desangustiar”[1], Eric Laurent plantea que en medicina se trata de hacer desaparecer el síntoma. Y la angustia es tomada como un síntoma que hay que hacer desaparecer también.
En cambio en el psicoanálisis no se trata de la eliminación de los síntomas a priori, sino que estos se curan por añadidura una vez que ha sido establecida su función y la economía de goce que encierran. Más allá de que siempre queda un resto con el cual el sujeto tendrá que saber hacer.
Laurent se pregunta si no habría que desangustiar al analizante, pregunta que separa de entrada al psicoanálisis y al tratamiento médico.
El psicoanálisis es ante todo, una experiencia que introduce al sujeto en su articulación con el inconsciente, donde lo que dice y hace, a diferencia de cualquier experimento objetivo cuantificable, es sometido a la interpretación y al acto analítico, que permitirá instalar la transferencia.
Entonces, como lo señala J.A.Miller[2], no se trata de desangustiar al sujeto, no se trata de curar la angustia, sino de atravesarla en la experiencia analítica.
En cambio la clínica del psicofármaco es la aplicación de una química de substancias donde se intenta aliviar en forma pasajera o duradera, la emergencia de la angustia, incluso hasta hacerla desaparecer, obturando de ese modo cualquier pregunta por el deseo. Lacan decía que las píldoras que nos dan pueden calmar nuestro estado de pánico pero no responde al sufrimiento de no entender por qué.
[2] J.A.Miller. “La angustia lacaniana” Paidos. 2008
(Artículo parcialmente publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
(Artículo parcialmente publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
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miércoles, 8 de junio de 2011
El cuerpo de la angustia* - Primera Parte
*Por Daniel Aksman (AP- EOL)
La época actual nos ubica en un contexto donde, en el campo de las neurociencias y las ciencias cognitivas, el problema de la angustia es revisado siguiendo la política de desconectar al sujeto del lenguaje. Es decir que desaparece todo relato posible por parte del sujeto acerca de la causa de ese malestar.
Por otro lado, el inconciente freudiano tiene en la actualidad una traducción en el lenguaje de las neurociencias. Es lo que intentan establecer los partidarios del psicoanálisis cognitivo siguiendo las posturas de Eric Kandel.
Tanto la práctica del DSM como de las TCC forcluyen al sujeto de la experiencia, pero observamos también la paradoja de que es el mismo sujeto quien se autoexcluye de la experiencia de la angustia, haciéndose eco del lenguaje de moda. La pasión por encasillarse en una clase, nos indica la presencia de una responsabilidad que le cabe al propio sujeto al no querer saber nada de aquello que le causa malestar o sufrimiento.
Por supuesto que esto no ocurre en todos los casos pero la clínica nos obliga a actualizar los modos de presentación de la angustia y también del síntoma.
Una primera aproximación al contexto muestra el surgimiento de una nueva semántica que impone clases y nombres a los individuos que se acercan a la consulta por algún sufrimiento. Se medicaliza la vida misma.
Por otro lado, asistimos a la reducción de la angustia a un trastorno, a un disfuncionamiento que requiere ser tratado, movimiento acompañado de un imperativo voraz de protocolos y cuantificaciones, haciendo desaparecer el síntoma a pesar de su retorno.
Pero una tercera cuestión justifica la indagación del tema de la angustia: es la propia angustia del analista ante el horror del real con el que trata, que lo lleva a dimitir de su deseo del analista: me refiero a aquellos analistas que buscan la sede y la verificación científica de sus conceptos en el sistema de las neurociencias. Se trata de la tentación de retroceder frente a la angustia y dejar caer el psicoanálisis.
Por nuestra parte no aceptamos reducir la angustia a un sentimiento o emoción más, o a un puro funcionamiento neuronal, no aceptamos perder la especificidad de la angustia, que funciona como una brújula en nuestra clínica, y que funciona como la señal de que hay un Real en juego en la realidad del sujeto, un Real al cual se puede responder de manera auténtica. La angustia es el correlato de la relación a lo Real que tiene nuestra especie por el hecho de ser hablantes.
(Artículo parcialmente publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
(Artículo parcialmente publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico")
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miércoles, 1 de junio de 2011
Lo singular en el síntoma: un principio clínico.* - Sexta parte
*por Samuel Basz - Docente del Instituto Clínico de Buenos Aires y del Instituto Oscar Masotta. (Artículo publicado en el “Aperiódico Psiconalítico”)
Lo que se verifica como resultado en el fin se eleva, en la clínica, a la dignidad de un principio.
El sujeto que está en cuestión en el análisis no toma su singularidad por su indiferencia respecto a una propiedad común (a un concepto, por ejemplo: ser neurótico, perverso, psicótico), sino que toma su singularidad en su ser de goce.
Con ello la singularidad se libera del falso dilema que obliga a elegir entre la particularidad del individuo y la inteligibilidad del universal.
Pues en el psicoanálisis, en tanto se trata de lo textual como enunciación, lo que se escucha se hace lectura de un texto que no es ni el universal ni el individual en cuanto comprendido en una serie, sino la singularidad del síntoma cualquiera sea como modo de gozar del inconciente.
Es en esto, en la marca de lo singular, que el cualquiera del que se trata aquí no quiere decir que no importa cual sea el síntoma; sino que sea cual sea, importa.
En esta singularidad cualquiera, el ser como ser de goce esta recobrado fuera de su tener ésta o aquella propiedad, que identifique su pertenencia a éste o aquel conjunto,( los neuróticos, los psicóticos, los perversos); el ser retomado en el síntoma no lo es respecto de otra clase (tal o cual de los discursos), ni lo es respecto de la ausencia genérica de toda pertenencia (fuera de discurso); sino que el ser retomado en el síntoma lo es respecto de su ser cualquiera como ser del lenguaje.
El sujeto formado en psicoanálisis es esencialmente un sujeto que consiente al síntoma cualquiera sea como resultado de su propio análisis y por eso está preparado para ubicarse como objeto. Consentir al síntoma como resultado de su análisis es entender la identificación al síntoma como una nueva posición subjetiva, en este caso una posición subjetiva propia del fin de análisis. Se puede ver la diferencia con la otra posición subjetiva, la del analizante, que es la de la creencia. En este caso la creencia en el síntoma como significación necesaria a venir. El procedimiento del pase es la invención de Lacan que permite explorar el alcance de este cambio subjetivo en relación al síntoma. Es decir el pasaje de la creencia en el síntoma a la certeza propia de la identificación al síntoma.
La identificación al síntoma entendida como posición subjetiva predispone a situar, más radicalmente a provocar la contingencia: el que está concernido por la formación analítica sabrá hacer precisamente donde el sufrimiento del sujeto quiere hacerse escuchar.
Es propio de su acto provocar una doble operación por la que, al tiempo que se liberan del sujeto los significantes por los que se encarnan sus desgracias del ser, se efectúa un sentido que le concierne, es decir se deposita un saber en disyunción del significante amo.
Por eso puede actuar limando el sentido repetidamente necesario del síntoma y abrir las condiciones de su posible consentimiento al sinsentido radical del goce que encierra.
La caracterización diferencial del síntoma en la perspectiva del diagnóstico -terreno de lo universal y lo particular- no tiene porqué impedir la distinción con lo singular del síntoma resultado del análisis. Se podrá advertir que este último está íntimamente implicado en la noción de Sinthome, aunque el Sinthome no se refiere necesariamente a un resultado del análisis.
Siguiendo esta lógica se ve bien porqué es lo singular el rasgo que se demuestra en el síntoma producto de la cura. Pero también que lo singular es lo específico a verificar de todo síntoma del parletre. Se entiende así como algo que se obtiene en el fin de la cura justifica su deslizamiento moebiano a la condición de principio clínico. Principio que como tal orienta desde el comienzo de la cura el tratamiento analítico del síntoma.
Referencias:
(1) Sigmund Freud, Obras completas, TomoXX, Amorrortu, Buenos Aires, 1979, p.225
(2) Jacques-Alain Miller, Bref 5 del 2-10-96.
(3) Jacques Lacan, en “Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos”. Uno por Uno N° 42, editorial Eolia, Buenos Aires 1995. Pág.:14.
(4) Jacques-Alain Miller, Bref 6 del 9-10-96.
(5) Jacques Lacan, en “Introducción a la edición alemana de un primer volumen de los Escritos”. Uno por Uno N° 42, editorial Eolia, Buenos Aires 1995. Pág.:15.
(6) Idem anterior, pág.:12.
(7) Idem anterior, pág.:12.
(*) En la revista “La Cause freudienne” N° 26, en el artículo de J-A Miller “L´ homologue de Malaga”, podrá seguirse un desarrollo muy esclarecedor respecto del alcance del no-todo “lacaniano” en términos de indecidible.
miércoles, 25 de mayo de 2011
Lo singular en el síntoma: un principio clínico.* - Quinta parte
*por Samuel Basz - Docente del Instituto Clínico de Buenos Aires y del Instituto Oscar Masotta. (Artículo publicado en el “Aperiódico Psiconalítico”)
Una comunidad epistémica referida a la clínica.
El valor del diagnóstico diferencial, sin embargo, persiste en el psicoanálisis. Entre nosotros, por ejemplo, se han hecho encuentros internacionales sobre histeria y obsesión, y sobre las psicosis, que han permitido esclarecer el estatuto del síntoma, del deseo, de la constelación fantasmática, de las atribuciones al Otro, y de las exploraciones y maniobras que “ Y que de ahí se dé testimonio de un real que por no tener mejor fundamento, sea transmisible por la fuga a la cual responde todo discurso” (4).
Pero ¿qué real?, el único propio del inconciente, el que se implica en la fórmula “no hay relación sexual”. Es decir que lo imposible demostrado por la contingencia es lo imposible de la relación sexual demostrada por la contingencia de las relaciones sexuales, de los encuentros, porque “entre los seres que, sexuados, lo son (aunque el sexo no se inscriba sino por la no razón) hay encuentros” (5).
Y este real es transmitido por la fuga del discurso, no por la escritura, no por medio de las formalizaciones, sino por la fuga…, ese real es transmitido no por lo que no se mueve, no por lo que no cambia de sitio, sí por la fuga…
“ Pues bien, planteo que las experiencias de los análisis no podrían sumarse. Freud lo dijo antes que yo: todo en un análisis ha de ser recogido –donde se ve que el analista no puede salirse de esa dependencia-, ha de ser recogido como si nada hubiera quedado establecido en ninguna parte. Esto quiere decir , ni más ni menos, que la fuga del tonel siempre ha de ser abierta de nuevo” (6).
Este no todo que supone la fuga del discurso no debe ser confundido con el no todo de la la acompañan en las estructuras clínicas clásicas; eso pone a prueba al conjunto de la teoría, exige su fundamentación, define, en el sentido de que precisa, un eje teórico; da las bases mínimas para una comunidad epistémica en refererencia a la clínica; forma parte de los instrumentos necesarios para avanzar hacia una teoría unificada del campo freudiano.
El diagnóstico diferencial es freudiano, lo retoma Lacan, y si se puede concebir su atravesamieto, su más allá, hay que precisar en principio que la condición es admitirlo como fundante: sin Bejahung de lo particular en el diagnóstico diferencial no hay más allá del diagnóstico diferencial. Si se debe ir más allá del diagnóstico diferencial es a condición de saber servirse de él.
La noción de diagnóstico diferencial presupone la de estructuras clínicas, es decir que se admite de principio que cada estructura tiene límites inherentes a su estatuto en tanto tal; límites propios, límites internos. Los límites entre distintas estructuras, los límites diferenciales serían en todo caso secundarios a esta determinación primaria.
Estas consideraciones ya implican un desplazamiento de la topografía del límite hacia una topología del límite: el límite, como el espacio interior de un toro, adquiere su valor por lo que esta adentro y afuera a la vez (no es el caso topográfico de la frontera que delimita dos áreas en un mismo plano). Del mismo modo como el límite del cuerpo es más el borde libidinal del espacio enterológico que la superficie dermatológica.
Admitiendo una epistemología basada en la clínica psicoanalítica podemos decir que el diagnóstico diferencial es -para nosotros- el modo de ordenar las repeticiones que se justifican por las formas de exploración, por parte del sujeto, del Otro goce.
miércoles, 18 de mayo de 2011
Lo singular en el síntoma: un principio clínico.* - Cuarta parte
*por Samuel Basz - Docente del Instituto Clínico de Buenos Aires y del Instituto Oscar Masotta. (Artículo publicado en el “Aperiódico Psiconalítico”)
Lo que hay que demostrar es que el inconciente da testimonio de un real que le es propio; distinto del real propio de la ciencia que es lo real del número del que el lenguaje es vehículo para elaborar la ciencia. Y lo real propio del psicoanálisis esta correlacionado a un tipo de certeza que es el de la demostración y la transmisión.
Tanto en la ciencia como en el psicoanálisis se accede a lo real por lo imposible. “En la ciencia es la lógica quien lo pone en valor”. “En el psicoanálisis también se accede a lo real por lo imposible, pero por un imposible muy singular, que se demuestra por la contingencia y no por la necesidad” (4).
Por lo tanto una demostración diferente: se demuestra lo imposible precisamente allí donde no hay necesidad.
“Y de ahí que se dé testimonio de un real que por no tener mejor fundamento, sea transmisible por la fuga a la cual responde todo discurso”. (5)
Pero, ¿qué real?, el único propio del inconciente, el que se implica en la fórmula “no hay relación sexual”. Es decir que lo imposible demostrado por la contingencia es lo imposible de la relación sexual demostrado por la contingencia de las relaciones sexuales, de los encuentros, porque “entre los seres que sexuados los son(aunque el sexo se inscriba por la no razón) hay encuentros.” (6)
Y en este real es transmitido por la fuga del discurso, no por la escritura, no por medio de las formalizaciones, sino por la fuga..., ese real es transmitido no por lo que no cambia de sitio, sí por la fuga...
“pues bien, planteo que las experiencias de los análisis no podrían sumarse. Freud lo dijo antes que yo: todo en un análisis ha ser recogido –donde se ve que el analista no puede salirse de esa dependencia- , ha de ser recogido como si nada hubiese quedado establecido en ninguna parte. Esto quiere decir , ni más ni menos, que la fuga del tonel siempre ha de ser abierta de nuevo.” (7)
Este no todo que supone la fuga del discurso no debe ser confundido con el no todo de la incompletad, ya que se trata de que no todo es decible (*).
miércoles, 11 de mayo de 2011
Lo singular en el síntoma: un principio clínico.* - Tercera parte
*por Samuel Basz - Docente del Instituto Clínico de Buenos Aires y del Instituto Oscar Masotta. (Artículo publicado en el “Aperiódico Psiconalítico”)
La demostración de lo imposible en psicoanálisis pasa por lo singular de la contingencia, y es por esa vía que se define "nuestro real".
Hay que admitir que toda consideración clínica implica que el caso clínico se pone en serie con los paradigmas admitidos en una determinada comunidad epistémica, de modo tal que aspira a representar una variación estructural pertinente. En este sentido no puede escapar a la confrontación con cierta generalización, con algo que está del lado de lo universal, ya que el caso está del lado de lo particular. Particularidad que trataremos de demostrar que en el psicoanálisis solo se obtiene por la vía de lo singular.
Si se trata de ubicar lo singular como variación en la estructura es precisamente porque lo singular del caso no es deducible de la estructura en tanto constituida, en tanto dada. De ahí el valor de lo contingente, de la intuición clínica, incluso del talento enunciativo, y por supuesto de la posición subjetiva que implica una enunciación.
También debemos contar con el valor inercial del saber supuesto y admitir que es consustancial al estatuto epistemológico del psicoanálisis. Miller nos recuerda que la marca de los ideales de la ciencia en el psicoanálisis no impide que el común de la actividad se despliegue en un marco en que tienen su lugar “ el valor de la experiencia”, la “función de la prestancia, incluso de la suficiencia”, el “gusto de la aproximación”, el “culto de la experiencia casual adquirida”, etc. Todo el peso de la práctica analítica lo empuja en esa dirección, por eso “parte de la formación pasa por el control”, “ es decir por el estudio caso por caso: se aprende por ejemplos, cada ejemplo es diferente de otro”, uno se encuentra con una especie de “formación razonada de la intuición”(2).
La clínica parece ser una buena solución a este impasse propio del psicoanálisis como saber, por eso tiene importancia examinar las condiciones que intervienen en lo que se produce en un análisis para que no se trate de una singularidad sin valor científico alguno, sino, por el contrario para que tenga una dimensión paradigmática.
Lo que pertenece a una clínica de antes del discurso analítico, organizada a partir de los tipos de síntoma, se compadece bien de la observación clasificatoria y de la mostración propedéutica. Pero lo específicamente analítico, incluso la luz que el discurso analítico aporta con seguridad a esa clínica exige la certeza, pues sólo ella puede transmitirse porque se demuestra.
Y esto indica de que real se trata.
Lacan concluye la “Introducción a la edición alemana de los Escritos” con una frase que da cuenta del carácter propio de nuestra demostración de lo imposible, y de cómo se transmite la certeza que se obtiene de esa demostración.
“ ¿Cómo no considerar que la contingencia –o lo que cesa de no escribirse-, no sea el lugar a través del cual la imposibilidad –o lo que no cesa de no escribirse- se demuestra?” ¿Pero que hay que demostrar que sea propiamente analítico?. Lo que hay que demostrar no es “el único punto mediante el cual al discurso analítico le toca entroncar con la ciencia”, es decir “lo que es el sentido a partir del cual la lingüística fundó su objeto aislándolo”, esto es el “significante” (3).
miércoles, 4 de mayo de 2011
Lo singular en el síntoma: un principio clínico.* - Segunda parte
*por Samuel Basz - Docente del Instituto Clínico de Buenos Aires y del Instituto Oscar Masotta. (Artículo publicado en el “Aperiódico Psiconalítico”)
Freud o la clínica como teorema.
Pero es muy notable lo que ocurre cuando el psicoanálisis despliega su propia lógica sobre el clásico agrupamiento de síntomas típicos con fines de diagnóstico, pronóstico y tratamiento o con fines solamente propedéuticos ( esto es como enseñanza preparatoria para el estudio y ejercicio del psicoanálisis como disciplina). Se pasa de una clínica de lo descriptivo a una clínica de lo demostrativo: los casos freudianos inauguran desde el comienzo - aún antes de los historiales - esta radical transformación en el carácter de la diagnosis. Es decir la diagnosis es ante todo demostrativa de la radicalidad del inconciente freudiano.
A punto tal que uno tiene la evidencia de que es desde la cura que se aporta al saber constituido de la diagnosis, que la clínica es instituyente del tipo que define el diagnóstico. Y que al revés, lo que aporta el diagnóstico a la cura, una vez que ésta despliega su eficacia en el caso por caso, está limitado a lo preliminar: el paciente, en tanto analizante, se inscribe siempre en el Discurso de la Histérica.
Es muy diferente al modus operandi de la medicina, que deduce a partir del diagnóstico el tratamiento que corresponde, haciéndolo además en sus pormenores cada vez más estandarizados - ese es su ideal - por el progreso del saber científico.
miércoles, 27 de abril de 2011
Lo singular en el síntoma: un principio clínico.* - Primera parte
*por Samuel Basz - Docente del Instituto Clínico de Buenos Aires y del Instituto Oscar Masotta. (Artículo publicado en el “Aperiódico Psiconalítico”)
Los avances clínicos y teóricos de la orientación lacaniana, así como las consecuencias del pase - su principal apuesta política-, al iluminar el estatuto del síntoma en el fin del análisis, no sólo permiten precisar su estructura general, sino que instituyen un principio clínico. Ese principio, que rige desde el comienzo todo tratamiento, puede enunciarse así: La modalidad de lo singular, propia del síntoma analítico, define la cura y constituye uno de sus rasgos diferenciales.
Énfasis estructuralista y oscurecimiento de lo singular del Síntoma
En la parte final del curso del 7 de Marzo de 2001, J.A. Miller se ocupa de distinguir lo singular de lo particular y lo universal.
Esta distinción, de vastas consecuencias en el psicoanálisis es ilustrada por Miller en relación a la clínica de la sexuación, pero su lógica arroja luz sobre otras cuestiones donde ese trípode es pertinente. Una de ellas es la del estatuto del síntoma, desde su relación original con el diagnóstico diferencial, a su lugar central en la teoría del fin de análisis.
El énfasis que la sensibilidad estructuralista puso en la determinación de las estructuras clínicas arrinconó al síntoma en la dialéctica de lo universal y lo particular, oscureciendo el valor de lo singular que le concierne a favor de las exigencias lógicas propias del diagnóstico diferencial.
Trataremos de subrayar como, a partir de Freud, se define el carácter específicamente psicoanalítico del diagnóstico en relación con los síntomas, y como se pueden considerar sus posibles transformaciones en el curso de un análisis.
En un texto de 1926, conocido entre nosotros por dos títulos distintos según el traductor -"Análisis profano", para López Ballesteros; "¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?", para Etcheverry - Freud plantea el valor del diagnóstico diferencial desde el punto de vista de la lógica de la semiología médica. Se parte de un diagnóstico presuntivo, luego se elaboran las relaciones sindrómicas posibles en el diagnóstico diferencial y por fin se arriba al diagnóstico propiamente dicho, con todas sus consecuencias de pronóstico y de indicaciones terapéuticas.
Dice Freud:" En primer lugar, está el problema del diagnóstico. Cuando se toma bajo tratamiento analítico a un enfermo que padece de las llamadas "perturbaciones neuróticas", se querrá tener antes la certeza -en la medida que es alcanzable- de que es apto para esa terapia y se lo puede ayudar por ese camino. Ahora bien, solo es así cuando tiene efectivamente una neurosis." (1)
El interlocutor de Freud, en este diálogo imaginario, le dice que el supondría que se lo "discierne con precisión por los fenómenos, los síntomas de que se queja."
A lo que Freud contesta: "Es justamente el lugar en que surge una nueva complicación. No siempre se lo discierne con certeza plena. El enfermo puede exhibir el cuadro externo de una neurosis, y sin embargo tratarse de otra cosa: el comienzo de una enfermedad mental incurable, los pródromos de un proceso destructivo del encéfalo. El distingo - diagnóstico diferencial - no siempre es fácil ni puede hacerse de primera intención en cada fase." "El caso... puede llevar por largo tiempo su sello inofensivo, hasta que por fin saque a relucir su naturaleza maligna".
Como vemos, se trata no solo de orientarse convenientemente en la cura, sino de asegurar su pertinencia al dispositivo analítico en tanto método terapéutico de elección para las neurosis (se deduce que no lo es para una "enfermedad mental incurable", ni, obviamente para una que implicara un "proceso destructivo" del cerebro).
miércoles, 20 de abril de 2011
EL CASO DE LOS EMBRIONES CRIO-PRESERVADOS* - Segunda Parte
*Por Vera Gorali
Esperaba la ocasión de intervenir, según Jacques Alain Miller, desde la posición del analista que parte de la noción de que lo real es contingente. En una sesión se presenta visiblemente angustiada: venía de su visita anual al instituto donde se había realizado la fertilización de los embriones. Relata entonces por primera vez que desde que le habían practicado la transferencia que diera lugar a su embarazo, el resto de los embriones crío-preservados habían quedado allí, en custodia. Hasta entonces, de esto hacían ya siete años, la cuestión se limitaba al pago de una cuota anual de mantenimiento. Pero se había cumplido el plazo máximo de conservación según la normativa de dicho establecimiento y se veía enfrentada a determinar el destino de los embriones.
Al consultar al exmarido y genitor, recibió por respuesta que los donara. La idea de tener hijos anónimos en el mundo le resultaba insoportable. Pero tampoco podía destruirlos sin más.
Cualquier opción era imposible. Mientras se debatía en estos pensamientos angustiosos repitió una frase que solía emplear y a la que hasta entonces no le había dado valor significante: “Necesito un envión”, dijo. “Necesito un embrión”, afirmé. “No me entendiste. Dije que necesito un empujón para resolverlo ya.”, repitió ella. “Necesito un embrión”, repetí .
La angustia fue cediendo pero el estado de “congelamiento” en que ella se refugiaba como una suerte de inhibición del acto frente a lo indecidible, persistió un tiempo más. Sin embargo y poco después, vino con la noticia de que una amiga arquitecta le había comprado un par de esculturas que le quedaban para el lobby del edificio que estaba terminando. Hasta ese momento no había podido separarse de dichas esculturas pues, según decía, era como vender un hijo. “Un escultura no es una criatura!” exclamé.
Logró venderlas y poco después le encargaron una obra de gran tamaño para el jardín de otro edificio en construcción.
Poco a poco fue modificando la economía de goce, fijado en la conservación estática para realizar un por ahora mínimo intercambio.
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miércoles, 13 de abril de 2011
EL CASO DE LOS EMBRIONES CRIO-PRESERVADOS* - Primera Parte
*Por Vera Gorali
María Clara llega derivada por una amiga psicóloga. Esta le sugiere que consulte por una pregunta que ella misma se hace sin demasiada pasión: María no entiende por qué está tan paralizada, por qué se siente incapaz de emprender un trabajo o retomar su actividad artística; aún siendo así, fue muy decidida a la hora de separarse de su marido, por haberse enamorado de otro hombre, hace ya un par de años.
Repite que la inercia la puede, a pesar de que se ve obligada a vivir muy frugalmente luego del divorcio, en comparación con el nivel de vida que había mantenido estando casada. El ex-marido le entrega una cuota mensual exigua que le alcanza justo para cubrir los gastos fijos de sus hijos y del departamento que le quedó después de la separación de bienes.
Pero se muestra feliz de su decisión, tiene la certidumbre que alcanza cuando se realiza un acto: ese que también produce una modificación en lo real. En su pareja actual, bastante mayor que ella, ha encontrado una combinación perfecta de afecto y sensualidad. El amor la compensa ampliamente de la pérdida de comodidades materiales y siempre que se refiere a él lo hace con gran admiración.
La relación había comenzado durante su embarazo, en un plano de amistad que luego fue evolucionando hacia el romántico. Esa gestación había sido producto de un tratamiento de fertilización in vitro, largamente planeada y consensuada. Pero ella vivía preocupada por la clase de padre que le daba a sus hijos, pues el marido era adicto al alcohol y a la cocaína.
Su nueva pareja le enseñaba a vivir y vivía él mismo según los preceptos del equilibrio y la armonía mente –cuerpo. Solía escucharla con tranquilidad y la contenía cuando la angustia era muy intensa.
Cuando empezó con las entrevistas, a sus angustias se le sumaban los problemas con su familia de origen -especialmente su madre- que no aceptaba y le reprochaba su separación.
Pero en realidad nada la conmovía demasiado, más allá de sus hijos y esta pareja, de los que hablaba con alegría. Todo lo demás quedaba subsumido en un tono monocorde, desafectivizado, con el que traía un relato tranquilo de los acontecimientos de su vida cotidiana y algunos pocos sueños. Su estrategia explícita para resolver dificultades es no confrontar, esperar el momento oportuno; es lo que llama su “estilo”, que siempre le sirvió para mediar entre sus padres, separados desde que era chica, o entre sus hermanos y sus padres.
Conceptualmente, esta suerte de desinvestidura de los objetos del mundo exterior, responde a lo que Lacan describe en el Seminario X como “turbación”: Es la caída de la potencia que lleva a la máxima detención en el movimiento. Ella insiste en que reconoce en esta inercia sin razones su auténtico motivo de análisis, pues antes de casarse había viajado sin dinero y se las había arreglado, y se había ganado la vida fabricando ropa. Más tarde se había volcado a la pintura y escultura, estudiando en diferentes talleres siguiendo una verdadera vocación desde la adolescencia. Pero de todo eso en la actualidad parecía no quedar nada de nada.
Mi estrategia consistió en darle suma importancia a los términos que utilizaba, a los sueños que traía cada tanto, subrayando los equívocos que surgían. En algunos momentos cortaba bruscamente la sesión con un “¡Eso es!”
Con lo cual conseguía conmover un poco su semblante de “todo bien” y se iba con un “¡Sos tremenda! Me dejás así, ¡ping! Pensando ….”
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martes, 20 de julio de 2010
UNO U OTRO* - Tercera parte
*por J. Ventoso - Artículo publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico"
Una verdad que resiste al saber
Hay sujetos para quienes se abre otra instancia: a la satisfacción que brinda una sustancia tóxica se “suma” (o mejor dicho, se resta) aquella otra, opaca, de un síntoma. Para un hombre, fue la perturbadora necesidad de un ritual nocturno, que enmarcaba el consumo de la droga, y que acompañaba años atrás sus prácticas masturbatorias. Con el análisis fue cobrando relieve su papel de muralla contra los encuentros con el otro sexo, al que procuraba mantener dormido.
Para otro, el síntoma se encarnó en un significante: picarse, que enlazó con su compulsión a comer, según una modalidad propia de su padre: “picar” de los platos de otros comensales. Su obesidad, la vergüenza que le ocasionaba, los efectos de segregación, sólo entonces se le hicieron entonces patentes. “Picar en el plato de otro” fue más adelante una referencia a las infidelidades del padre, un secreto guardado por este sujeto durante años. A partir de allí, se abrieron sus interrogantes por la relación matrimonial entre sus padres... y la suya propia.
Como podemos notar, en ninguno de estos casos se sintomatiza el consumo de droga en sí mismo, sino que se lo enlaza metonímicamente con alguna otra compulsión, que lleva a una pregunta por la sexualidad. La precipitación del síntoma efectúa el pasaje de una satisfacción sabida, a otra no sabida. De ahí el título de este apartado, tomado de un texto de Lacan (4), donde da esta definición de síntoma:
“Así, la verdad halla en el goce cómo resistir al saber”.
Se trata de la división misma del sujeto entre verdad y saber. Pero es preciso añadir el goce: el síntoma es una verdad gozada en la ignorancia.
De este modo, volvemos a la distinción entre el uso de drogas y el síntoma. Ambos implican una satisfacción, y una suplencia de la relación sexual que no existe. Pero el síntoma se presenta como división subjetiva -al menos en tanto haya habido "histerización" del discurso, anudamiento de ese síntoma al analista.
Esta diferencia no depende de la "naturaleza" del síntoma: los hay que satisfacen y no dividen, no implican un cuestionamiento para su portador, que parece arreglárselas muy bien con eso. Incluso Lacan plantea, ya en los años '60 (5), que el estado “natural” del síntoma sería el de un goce cerrado en sí mismo, oponiéndolo precisamente al acting-out, que llama al Otro. De modo que es necesario un artificio, el de la transferencia. En otras palabras, al síntoma como puro goce ha de añadirse el amor, un amor inédito, ligado a la invención del dispositivo analítico: el amor al saber inconsciente.1
BIBLIOGRAFÍA
1- Freud, Sigmund, Los orígenes del psicoanálisis (correspondencia con W. Fliess), Carta N 79 (22-12-97 ), en Obras Completas, Biblioteca Nueva.
2- Freud, Sigmund, Dosteievsky y el parricidio, Ídem.
3- Laurent, Eric, “Tres observaciones sobre la toxicomanía”, en Sujeto, goce y modernidad II, Atuel - TyA.
4- Lacan, Jacques, “Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad”, en Intervenciones y textos, N 2, Manantial.
5- Lacan, Jacques, El seminario, Libro X: La angustia (inédito).
Una verdad que resiste al saber
Hay sujetos para quienes se abre otra instancia: a la satisfacción que brinda una sustancia tóxica se “suma” (o mejor dicho, se resta) aquella otra, opaca, de un síntoma. Para un hombre, fue la perturbadora necesidad de un ritual nocturno, que enmarcaba el consumo de la droga, y que acompañaba años atrás sus prácticas masturbatorias. Con el análisis fue cobrando relieve su papel de muralla contra los encuentros con el otro sexo, al que procuraba mantener dormido.
Para otro, el síntoma se encarnó en un significante: picarse, que enlazó con su compulsión a comer, según una modalidad propia de su padre: “picar” de los platos de otros comensales. Su obesidad, la vergüenza que le ocasionaba, los efectos de segregación, sólo entonces se le hicieron entonces patentes. “Picar en el plato de otro” fue más adelante una referencia a las infidelidades del padre, un secreto guardado por este sujeto durante años. A partir de allí, se abrieron sus interrogantes por la relación matrimonial entre sus padres... y la suya propia.
Como podemos notar, en ninguno de estos casos se sintomatiza el consumo de droga en sí mismo, sino que se lo enlaza metonímicamente con alguna otra compulsión, que lleva a una pregunta por la sexualidad. La precipitación del síntoma efectúa el pasaje de una satisfacción sabida, a otra no sabida. De ahí el título de este apartado, tomado de un texto de Lacan (4), donde da esta definición de síntoma:
“Así, la verdad halla en el goce cómo resistir al saber”.
Se trata de la división misma del sujeto entre verdad y saber. Pero es preciso añadir el goce: el síntoma es una verdad gozada en la ignorancia.
De este modo, volvemos a la distinción entre el uso de drogas y el síntoma. Ambos implican una satisfacción, y una suplencia de la relación sexual que no existe. Pero el síntoma se presenta como división subjetiva -al menos en tanto haya habido "histerización" del discurso, anudamiento de ese síntoma al analista.
Esta diferencia no depende de la "naturaleza" del síntoma: los hay que satisfacen y no dividen, no implican un cuestionamiento para su portador, que parece arreglárselas muy bien con eso. Incluso Lacan plantea, ya en los años '60 (5), que el estado “natural” del síntoma sería el de un goce cerrado en sí mismo, oponiéndolo precisamente al acting-out, que llama al Otro. De modo que es necesario un artificio, el de la transferencia. En otras palabras, al síntoma como puro goce ha de añadirse el amor, un amor inédito, ligado a la invención del dispositivo analítico: el amor al saber inconsciente.1
BIBLIOGRAFÍA
1- Freud, Sigmund, Los orígenes del psicoanálisis (correspondencia con W. Fliess), Carta N 79 (22-12-97 ), en Obras Completas, Biblioteca Nueva.
2- Freud, Sigmund, Dosteievsky y el parricidio, Ídem.
3- Laurent, Eric, “Tres observaciones sobre la toxicomanía”, en Sujeto, goce y modernidad II, Atuel - TyA.
4- Lacan, Jacques, “Del psicoanálisis en sus relaciones con la realidad”, en Intervenciones y textos, N 2, Manantial.
5- Lacan, Jacques, El seminario, Libro X: La angustia (inédito).
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"A-dicciones",
Psicoanálisis y psicoterapias
martes, 13 de julio de 2010
UNO U OTRO* - Segunda parte
*por J. Ventoso - Artículo publicado en el "Aperiódico Psicoanalítico"
Transferencia salvaje
El acting-out es definido, en la orientación de Lacan, por su dirección hacia el Otro. Muestra aquello que no pudo ser articulado en la palabra; en este sentido, el acting-out es un llamado a la interpretación. Lo cual no implica que ella sea posible, que estén dadas las condiciones favorables; pero en tanto es portador de esa dirección hacia el Otro, puede ser definido como “transferencia salvaje”.
Por otra parte, si bien pone en juego el ser objetal, implica una salida de la elección del "no pienso". No es la identificación masiva y ciega al objeto de goce, como ocurre en el pasaje al acto, sino mostración de la verdad de ese objeto, y tentativa de reintroducirlo en una escena simbólica. En este sentido, es crucial distinguir la vertiente del pasaje al acto, la salida fuera de la escena (incluso en una vertiente suicida), del consumo bajo la modalidad del acting-out, cuando aún tiene posibilidades de ser traducido como un llamado.
Por otra parte, hay en esa mostración un acento cuestionador. Recordemos el ejemplo tomado por Lacan entre los casos de Freud: la joven homosexual, que se dedica a cortejar a una dama de dudosa reputación ante las narices mismas de su padre, despertando su ira, y haciendo que él la lleve a la consulta del analista. La elección de la homosexualidad era para esa muchacha un estandarte que esgrimía contra el padre, demasiado ciego para lo que está en juego en el amor.
El uso de drogas cumple muchas veces un papel similar. Tiene en común con la posición de la joven homosexual el ser una elección de goce que se aparta de la norma-lidad establecida por el Amo. Es la rebelión de la particularidad, contra las imposiciones de lo que debe ser para todos. Pero adquiere además un cariz "cínico": no cree en los semblantes -los ideales, las costumbres, las tradiciones, todos los artificios simbólicos, culturales y sociales que regulan la circulación y la distribución del goce en una comunidad. Vistos desde lo real de la satisfacción pulsional, corporal, son semblants (término francés que sólo muy aproximadamente puede ser traducido como "apariencias"), aunque son inherentes al funcionamiento del discurso, del lazo social.
El toxicómano, en su "cinismo", esgrime lo real del goce como argumento contra esos semblantes. Al modo del protagonista del film Trainspotting, los toma uno por uno: casarse, trabajar, tener hijos, ganar dinero, etcétera, y los interroga: “¿por qué tengo que hacerlo?” No es una posición basada en una crítica ideológica, sino en su goce: sabe que no es necesario hacer todo ese rodeo por el Otro para obtenerlo.
El goce es ante todo goce del Uno; el pasaje por el Otro, por las complicaciones del deseo y el amor, es un circuito secundario, sobreagregado. En esto, el toxicómano se parece al retrato que nos da Freud del alcohólico, quien se preguntaría: “¿por qué reemplazar a la botella por la mujer?” A tal pregunta, quizá sólo el recorrido de un análisis podría responder, pero de una forma invertida: “prefieres la botella porque La mujer no existe...” Es un modo de rechazar la elección de una mujer, que implica atravesar la castración, la inexistencia de una complementariedad ideal de los goces del varón y de la mujer.
El imperativo cínico de nuestros tiempos se articula así: la única verdad es el goce, como goce del Uno, y has de obtenerlo bajo la forma de un objeto del mercado. Si algo ocupa el sitio del Otro universal, es el mercado, cuyo mecanismo es fundamentalmente diferente de otras regulaciones simbólicas. De esa máxima, en el sentido kantiano del término, el toxicómano se hace portavoz. Pero él agrega un matiz, contrario a los designios del Amo moderno: el goce no podría ser capturado totalmente por lo universal del mercado; es preciso introducir una condición de segregación, para buscar eso que escapa, que se sustrae al imperativo del “para todos igual”. Por eso la propuesta de que la droga salga de esa condición segregativa, que su consumo sea legalizado -que se la pueda adquirir en el mercado como un producto más- es una falsa solución, pues permanece dentro de la misma lógica colectiva.
En semejante encrucijada, lo que golpea a los sujetos es la angustia de verse reducidos también ellos a objetos, especialmente cuando no hay coordenadas simbólicas que regulen la inserción en la producción y en el intercambio, incluida la elección del partenaire sexual. De ahí el momento crítico que es la adolescencia. El acting-out suele ser, en estos casos, un modo de mostrar esa verdad del objeto al que se ven reducidos, en tal "odioso cambalache", cuando fracasan los semblantes.
Al mismo tiempo, llaman a la puerta del Otro, encarnado por la familia o por otras instituciones; buscan hacerle falta. Puede ser una oportunidad, y no debemos desperdiciarla. La jugada es hacer lugar a ese llamado a la interpretación; pero no “interpretando” en el sentido vulgar que ha tomado ese término, sino leyéndolo como signo de un sujeto.
Transferencia salvaje
El acting-out es definido, en la orientación de Lacan, por su dirección hacia el Otro. Muestra aquello que no pudo ser articulado en la palabra; en este sentido, el acting-out es un llamado a la interpretación. Lo cual no implica que ella sea posible, que estén dadas las condiciones favorables; pero en tanto es portador de esa dirección hacia el Otro, puede ser definido como “transferencia salvaje”.
Por otra parte, si bien pone en juego el ser objetal, implica una salida de la elección del "no pienso". No es la identificación masiva y ciega al objeto de goce, como ocurre en el pasaje al acto, sino mostración de la verdad de ese objeto, y tentativa de reintroducirlo en una escena simbólica. En este sentido, es crucial distinguir la vertiente del pasaje al acto, la salida fuera de la escena (incluso en una vertiente suicida), del consumo bajo la modalidad del acting-out, cuando aún tiene posibilidades de ser traducido como un llamado.
Por otra parte, hay en esa mostración un acento cuestionador. Recordemos el ejemplo tomado por Lacan entre los casos de Freud: la joven homosexual, que se dedica a cortejar a una dama de dudosa reputación ante las narices mismas de su padre, despertando su ira, y haciendo que él la lleve a la consulta del analista. La elección de la homosexualidad era para esa muchacha un estandarte que esgrimía contra el padre, demasiado ciego para lo que está en juego en el amor.
El uso de drogas cumple muchas veces un papel similar. Tiene en común con la posición de la joven homosexual el ser una elección de goce que se aparta de la norma-lidad establecida por el Amo. Es la rebelión de la particularidad, contra las imposiciones de lo que debe ser para todos. Pero adquiere además un cariz "cínico": no cree en los semblantes -los ideales, las costumbres, las tradiciones, todos los artificios simbólicos, culturales y sociales que regulan la circulación y la distribución del goce en una comunidad. Vistos desde lo real de la satisfacción pulsional, corporal, son semblants (término francés que sólo muy aproximadamente puede ser traducido como "apariencias"), aunque son inherentes al funcionamiento del discurso, del lazo social.
El toxicómano, en su "cinismo", esgrime lo real del goce como argumento contra esos semblantes. Al modo del protagonista del film Trainspotting, los toma uno por uno: casarse, trabajar, tener hijos, ganar dinero, etcétera, y los interroga: “¿por qué tengo que hacerlo?” No es una posición basada en una crítica ideológica, sino en su goce: sabe que no es necesario hacer todo ese rodeo por el Otro para obtenerlo.
El goce es ante todo goce del Uno; el pasaje por el Otro, por las complicaciones del deseo y el amor, es un circuito secundario, sobreagregado. En esto, el toxicómano se parece al retrato que nos da Freud del alcohólico, quien se preguntaría: “¿por qué reemplazar a la botella por la mujer?” A tal pregunta, quizá sólo el recorrido de un análisis podría responder, pero de una forma invertida: “prefieres la botella porque La mujer no existe...” Es un modo de rechazar la elección de una mujer, que implica atravesar la castración, la inexistencia de una complementariedad ideal de los goces del varón y de la mujer.
El imperativo cínico de nuestros tiempos se articula así: la única verdad es el goce, como goce del Uno, y has de obtenerlo bajo la forma de un objeto del mercado. Si algo ocupa el sitio del Otro universal, es el mercado, cuyo mecanismo es fundamentalmente diferente de otras regulaciones simbólicas. De esa máxima, en el sentido kantiano del término, el toxicómano se hace portavoz. Pero él agrega un matiz, contrario a los designios del Amo moderno: el goce no podría ser capturado totalmente por lo universal del mercado; es preciso introducir una condición de segregación, para buscar eso que escapa, que se sustrae al imperativo del “para todos igual”. Por eso la propuesta de que la droga salga de esa condición segregativa, que su consumo sea legalizado -que se la pueda adquirir en el mercado como un producto más- es una falsa solución, pues permanece dentro de la misma lógica colectiva.
En semejante encrucijada, lo que golpea a los sujetos es la angustia de verse reducidos también ellos a objetos, especialmente cuando no hay coordenadas simbólicas que regulen la inserción en la producción y en el intercambio, incluida la elección del partenaire sexual. De ahí el momento crítico que es la adolescencia. El acting-out suele ser, en estos casos, un modo de mostrar esa verdad del objeto al que se ven reducidos, en tal "odioso cambalache", cuando fracasan los semblantes.
Al mismo tiempo, llaman a la puerta del Otro, encarnado por la familia o por otras instituciones; buscan hacerle falta. Puede ser una oportunidad, y no debemos desperdiciarla. La jugada es hacer lugar a ese llamado a la interpretación; pero no “interpretando” en el sentido vulgar que ha tomado ese término, sino leyéndolo como signo de un sujeto.
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